A mediodía, en Maracaibo, Venezuela, el asfalto se traga los pasos. Es el sol, el vaho, el diabólico subsuelo petrolero. Un incendio venido de quién sabe dónde.
María Calcaño hizo propio ese ardor. Lo llevó a carne, gozo y palabras. Hilvanó desde ahí una poesía que desafió la moralina de su época, costándole estigmas y exilio. Solo mucho después de su muerte, la literatura venezolana le concedió una porción del lugar que merece. La hispanoamericana tiene esa deuda pendiente.
María Encarnación del Corazón de Jesús Calcaño Ortega nació el 12 de diciembre de 1906.
Su vida fue un socavón: a los catorce años fue entregada en matrimonio a un hombre que le doblaba la edad y a los veinticuatro había parido ya seis hijos. Vivía aislada en las afueras de la ciudad. No se codeó con grupos literarios ni persiguió cánones. No completó sus estudios escolares, pero leyó a Alejandro Dumas, Anatole France, Goethe, Victor Hugo, Ernest Renan, Guido da Verona y Voltaire. Dijo que la mejor obra, a su entender, era Los cantos de Maldoror de Isidore Ducasse.
En 1935 publicó su primer libro, Alas fatales, con la editorial chilena Nascimento, que también cobijó a Gabriela Mistral y a Pablo Neruda. El poemario encaró una tradición desacostumbrada a la libertad del lenguaje, lo cotidiano, la sensualidad y el ímpetu femenino traducido a eros, muerte, hijos e incluso aborto. Por eso tuvo una acogida timorata y provinciana: no podía esperarse otra cosa.
En 1939 emprendió el transtierro –forzado y deseado– por ciudades de Colombia hasta llegar a Quito. Iba con sus hijos. En 1944 se instaló en Lima, pero debió volver a las orillas del lago de Maracaibo cuatro años después para atender el adiós del alcohólico marido. Retomó entonces un viejo amor, volvió a casarse en 1953 y consagró sus últimos soplidos a escribir y a embestir un cáncer de pulmón.
Murió en Caracas en 1956 a los cincuenta años. El resto de su breve obra se publicó de manera póstuma, entre mezquindades de supuestos custodios y controversias sucesorias: Canciones que oyeron mis últimas muñecas, aquel mismo año, y Entre la luna y los hombres en 1960. En 2008 aparecieron dos poemarios inéditos en su obra reunida: La hermética maravillada y Poesía. Se dice que habría otros libros engavetados.
Sus paisanos volvieron a leerla en 1976 por fragmentos en las páginas del diario Panorama gracias al crítico y editor Néstor Leal. Mi generación tuvo, por fin, su nombre impreso en una portada en 1983, con su primera Antología poética. Justo en este punto arranca mi historia con ella.
Yo andaba entre comienzos: acababa de cumplir diecisiete años, cursaba el primer semestre en la Universidad del Zulia y participaba en mi primer taller literario, dirigido por el mismo Néstor Leal que rescató los versos de Calcaño. Compré la antología recién salida de imprenta. Cósimo Mandrillo, el recopilador, era cliente de la óptica de mi padre y sería mi profesor.
María Calcaño produjo contorsiones feroces en mi poesía. Mi escritura de esos días se hilaba entre un cuerpo interrogado por mi discapacidad y el despertar de un deseo que a mi primer novio le acobardaba sudar. En enero de 1984, volví al taller con poemas de una entredicha carga erótica, por lo que Leal, aún parco y respetuoso como era, preguntó:
–¿Qué hizo usted en Navidad, Jacqueline?
Por aquellos días todo me ruborizaba. Todo me hacía temblar más de lo que auguraba mi distonía mioclónica. Nada pude explicar. Yo solo había estado inventando estremecimientos amatorios y leía a María Calcaño. La leía a todas horas. Me maravillaba que hubiese escrito en mi ciudad, a la misma edad que yo tenía entonces, que fuera mujer. Me seducían sus versos comprimidos, tan ajenos a todo lo que estaba leyendo. Abría al azar aquel libro pequeñito, que cabía entero en mi mano. Lo consultaba con fe de oráculo. Me paralizaban algunos versos por lo que decían y por cómo lo decían: “El aire me hastía. / Los deseos me apresan. Yo soy la tarde linda…”; “Cómo van a verme buena / si me truena / la vida en las venas”; “Había olvidado las muñecas / por venirme con él”; “Si no sumo nada! / solo un amasijo / de palabras locas”.
La hice epígrafe en mis libros. Luego, la olvidé.
Hace unos años volví a ella para escribir un ensayo. No hallé sus poemas tan impúdicos ni transgresores: mis edades habían hecho lo suyo. Me los sabía de memoria, eso sí. Estaban ya publicadas sus obras completas. Reconocí que su biografía siempre estorbó a sus textos. Admití que no hay retorno limpio a las lecturas fundacionales, que serles fiel es otra manera de cicatrizar.
En medio del desencanto, tuve la serendipia de acceder a sus diarios y cartas, en ese momento inéditos, y me topé con una confesión: a María Calcaño le sobrevenían orgasmos sin que mediase roce humano ni malos pensamientos. Ocurrieron a los nueve años por primera vez, sin más, mientras esperaba a su madre: “Era delicioso, pero espantoso a la vez. Sentí vergüenza de aquello […] Me quedé quietecita hasta que pasara y pasó. Pude caminar y hasta correr, alcanzándolas al cruzar la esquina. A nadie dije nada. Pero me ha seguido sucediendo tantas veces. La mujer con hijos que he sido, cuando menos pienso me sucede esto. Y ahora es peor, tengo que ayudarme, me bajo el vestido, como si estuviera desnuda o lo llevara levantado por una sed desconocida.”
Aún adulta, seguía experimentando aquellas súbitas “crisis”: “Como si me tomara yo misma. Pero sin rozar nada. Todo un crecer interno. Un desfallecer, un gran desfallecer […] Tengo que entregarme a ‘eso’ que no sé de dónde viene ni por qué me da. De lo contrario, si me muevo un poquito, sigue, no se acaba nunca. Es un coito interminable, digo con todo fervor, de no suceder esto, acabaría por matarme.”
Esa envidiable autarquía echa por tierra cualquier enfoque de María Calcaño como poeta sufrida, marginal y victimizada.
En 1983 las amigas hablábamos poquísimo de orgasmos. Escribirlos, menos aún. Ser hembra era ya suficiente madeja que defender.
Lástima no haber tenido a mano esos diarios a mis diecisiete años. Me habrían advertido de mi combustión contenida, ahorrándome lágrimas, soterrados jadeos y pésimos poemas. Y, desde luego, habría despachado a aquel novio sin misericordia. ~