Beatriz de Moura. In memoriam. Barcelona ciudad

Fundadora de Tusquets junto a Antonio López Lamadrid, editora de Marguerite Duras, Milan Kundera, Cristina Fernández Cubas o Fernando Aramburu, Beatriz de Moura (1939-2026) ha sido una figura decisiva en la edición en castellano y en la cultura española de las últimas décadas.
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La reciente publicación en la editorial Arpa de un ensayo de título provocador, Madrid df, del arquitecto y urbanista Fernando Caballero, ha generado un encendido debate en Barcelona. Resumido burdamente, el libro plantea la hipótesis de que en un mundo en el que las grandes ciudades cada vez pesan más, España necesita apostar por un hiperdesarrollo de la capital, del que se beneficiaría el conjunto. Sin un Madrid df que compita con Londres, París, Miami o Ciudad de México, España no logrará un espacio propio en el concierto internacional.

Frente a ese relato aparentemente coherente y sin fisuras, la Barcelona posprocés se siente inerme, incapaz de articular un discurso que ponga en valor la importancia de la pluralidad, el equilibrio, las redes descentralizadas, el federalismo y demás contraargumentos a la hegemonía madrileña que no pase por ganar tres ligas en cuatro años tirando de Masía y parches. ¿Qué hacer ante un Madrid en auge, que ata los perros con la proverbial longaniza y acoge con brazos abiertos a gentes y dineros de cualquier procedencia?

Más allá de relatos y contrarrelatos, de spin doctors y genios de la compol, cabe preguntarse si las ciudades tienen estados de ánimo. ¿Se puede hablar de una euforia madrileña actual? ¿De un subidón desbocado de final incierto? ¿De una Barcelona aún resacosa tras un atracón de emociones en los años locos del procés? Si fuera así, quizá sea conveniente repasar momentos recientes en que Barcelona aún se gustaba y podía reclamar una aparente superioridad cultural cuyos dañinos ecos resonaron hasta hace poco.

Quizá por la cercanía con la frontera francesa y su porosidad, quizá por el peso del Estado en Madrid, la acumulación de instituciones, ministerios, funcionarios y burócratas, quizá por el aleteo de una mariposa en algún lugar, la modernidad cultural entró en España por Barcelona. Sin desdeñar la labor de trabajadores, activistas y disidentes en otros lugares, desde mediados de los cincuenta en Barcelona emergieron editores, arquitectos, cineastas, escritores, publicistas y diseñadores con miradas distintas e innovadoras, atentos a lo que ocurría en otros lugares y dispuestos a acoger a quienes quisieran instalarse allí y aprender de ellos. Esa etapa tuvo precursores, protagonistas, acompañantes y una larga cola de admiradores. La muerte en menos de un mes de Beatriz de Moura, Toni Marí y Frankie Sert deja tan entornada la puerta de acceso a ese territorio de la memoria colectiva que apenas permite el paso de un rayo de luz.

Beatriz, brasileña universal, con ese fértil desarraigo propio de los hijos de diplomáticos, aterrizó en Barcelona en 1956 tras haber pasado por Bolivia, Ecuador, Argelia, El Vaticano y Chile, y tras una breve estancia en Ginebra para estudiar traducción rompió con su familia y se instaló definitivamente en la capital catalana en 1962. El paso tempestuoso por la editorial Lumen, propiedad de su primer marido, Óscar Tusquets, y su cuñada Esther, la fundación de Tusquets Editores y su papel en el estimulante cóctel de hedonismo y creación cultural que se servía casi en cada esquina de Barcelona en aquellos años de gauche divine, Bocaccio y “caputxinadas” están bien contados en libros como los de Juan Cruz o Carlota Álvarez Maylin.

Fue en Segovia, en casa del editor y periodista Pedro Altares, donde conocí a Beatriz en el verano de 1986. Era el Mundial de México y jugaba España, y Beatriz, para sorpresa de un niño de diez años, era muy futbolera –“es que es brasileña”, alguien explicó–. Muchos años después, me instalé en un despachito adyacente al suyo en la flamante sede de la editorial en Cesare Cantú, 8, para aprender el oficio de editor. Fueron cuatro años intensos de aprendizaje sin temario ni red, que arrojaron un puñado de certezas. El éxito de Tusquets no era una casualidad. La entrega absoluta a la profesión se daba por supuesta. Con el catálogo y los textos no valían atajos. Los autores son el corazón del negocio. Beatriz llegaba la primera y se iba la última (igual no la primera, nunca estuve para verlo, pero muy temprano). El fin de semana se llevaba un inmenso carro de la compra cargado de manuscritos y revistas del gremio, el Publishers WeeklyLe Monde des Livres, el Bookseller, y volvía el lunes con todas las lecturas hechas y deberes para todos. Mantenía el espíritu rebelde de la niña que se había ido de casa tantos años antes y la mirada divertida de quien ha visto mucho. Sabía reír y mostrarse próxima, sabía dejar de reír y marcar distancia. Creó una editorial fundamental para la historia cultural de la democracia española. En cualquier panteón del gremio, ella y Toni López, pareja, publisher y partner, ocupan un lugar de privilegio.

En torno a la torre de Cesare Cantú revoloteaba un abigarrado grupo de amigos y colaboradores. Luis García Berlanga llegaba una vez al año con motivo del premio Sonrisa Vertical y sembraba el caos. El genial Jorge Wagensberg dirigía la mítica colección Metatemas de divulgación científica. Y Toni Marí, un poeta ibicenco de ojos brillantes y sonrisa pícara, llevaba la colección de poesía Nuevos Textos Sagrados, donde iba publicando a lo más granado de la poesía en castellano: Jorge Guillén, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Ida Vitale, María Victoria Atencia, Guillermo Carnero, Pere Gimferrer, Francisco Ferrer Lerín, Antonio Gamoneda, José Corredor-Matheos o Eloy Sánchez Rosillo, por citar unos pocos de un catálogo deslumbrante (“es que pagamos anticipos”, decía Toni López).

Marí, tras estudiar en Salamanca, se especializó en teoría del arte, primero como profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona entre 1979 y 1989, y luego como catedrático en la Pompeu Fabra. Poeta, ensayista, narrador, conversador infatigable, lector agudo, divertido y chismoso, su premiada obra y sus múltiples talentos, su labor docente en la universidad pero también en la escuela de diseño eina dan cuenta de uno de esos personajes claves en la urdimbre de una sociedad viva y despierta. La misma noche que falleció, a la misma hora, como si el hilo invisible de su larga amistad no quisiera romperse ni en el último instante, fallecía también Frankie Sert, conde de Sert, personaje inclasificable e imprescindible, monárquico de corbata verde pero rojo como el que más. Escritor, articulista, gastrónomo, anfitrión extraordinario y el hombre más elegante de la ciudad. Los relatos no arman ciudades, son las personas quienes lo hacen. Ni Barcelona ni Madrid deben olvidar esta lección. ~


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