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PIEDRA DE SOL, 50 AÑOS

La primera vez que leí “Piedra de sol” ignoraba por completo el aspecto de un chopo y me tardé un buen rato en imaginar un alto surtidor arqueado por el viento.

Leí el poema para un ejercicio en una clase de creación teatral impartida por Pepe Caballero en la Casa del Teatro, a los diecisiete años, y para ser sincero tampoco tenía mucha idea de quién era Eloísa, no conocía los detalles de la muerte de Lincoln ni estaba familiarizado con las últimas palabras de Sócrates. El sauce me sonaba un poco más que el chopo, porque mi papá tenía un terreno, cerca de Cuernavaca, custodiado por un sauce. Lo de “Madrid 1937” lo tenía también bastante claro, pues mis abuelos me habían contado varias veces sus divergentes versiones de la guerra de España.

A pesar de esos huecos flagrantes en mi formación, que impedían una comprensión cabal del texto, “Piedra de sol” fue, a la vez, la razón de que decidiese que yo quería escribir poesía, y la razón de que no la escribiese durante un tiempo. ¿Cómo escribir poesía sin escribir “Piedra de sol”? ¿Cómo evitar, después de aquello, que en cada poema apareciesen corredores sin fin de la memoria, galerías de sonidos, ardillas latiendo entre las manos o incluso tigres con chistera y burros pedagogos?

No sólo mi comprensión de la poesía, sino todo el concepto de escritura debía modificarse después de esa experiencia. Me resultaba intolerable redactar tareas sobre ociosas efemérides sin hablar de la mirada de Madero preguntando “¿por qué me matan?”, y aun al escribir la lista de la compra quedaba la tentación de especificar que las uvas debían de ser de Bidart y las gardenias de Perote.

El día que conocí el centro de Oaxaca me alegré secretamente de comprender lo de la noche inmensa y verdinegra. Y cuando mi llegada a Madrid coincidió con las obras de la Plaza del Ángel, agradecí que el polvo y los boquetes me facilitaran la imagen de las alarmas y los gritos, las casas arrodilladas.

La desintoxicación se produjo con el tiempo y fue incompleta. Es inevitable, hasta la fecha, que regresen algunos versos del poema en los momentos más ridículos (pensar, mientras disfruto de la última entrega de Duro de matar, aquello de “amar es combatir”). Diversas partes del poema se van clarificando y descifrando conforme mi experiencia coloca realidades detrás de las palabras. Y ahora lo que verdaderamente me perturba no es que el mundo cambie o no cambie cuando dos se besan, o que no sean nada los gritos de los hombres, o que todos los rostros sean un solo rostro y todos los siglos sean un solo instante; lo que me perturba, ante todo, es no conocer todavía Christopher Street.

– Daniel Saldaña París (ciudad de México, 1984)

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