Hace unos días, el Congreso mexicano aprobó una reforma constitucional que permitiría anular elecciones cuando se acrediten actos de injerencia extranjera que influyan en los resultados. Poco después, el 31 de mayo, Claudia Sheinbaum subió al templete del Monumento a la Revolución para defender a la patria frente a quienes pretenden intervenir en ella. La conversación es absolutamente pertinente, pero está planteada de manera tramposa; sobre todo porque no pide unidad nacional ante un ejército invasor, sino división interna para excluir a los “vendepatrias” por sus vínculos con grupos ideológicos (no gobiernos) del exterior.
Una democracia debe protegerse si alguien intenta alterar la voluntad ciudadana, pero para ello debe preguntarse quién genera los mensajes que circulan cada día, con qué recursos, para activar qué emociones y con ayuda de qué plataformas. Hay intromisiones extranjeras, por supuesto (habrá que ver si son decisivas y si van más allá de individuos e involucran gobiernos). También hay propaganda gubernamental, redes criminales, operaciones digitales, poderes económicos y algoritmos que premian la polarización. La distorsión informativa no aparece solamente la víspera de una elección. Trabaja a diario sobre el terreno en el que más tarde se depositan los votos.
Por eso, mientras escuchaba la defensa presidencial de la patria, pensé en un viaje que había terminado apenas dos meses antes. En abril coordiné, junto con Alfredo Suárez, un programa de la Fundación Friedrich Naumann para fortalecer la libertad de prensa, que reunió y patrocinó el viaje de un grupo de periodistas latinoamericanos por Madrid, Berlín y Vilna. Éramos reporteros, editores, verificadores y analistas de Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica y México. Cada uno llevaba un equipaje profesional distinto y, además, una colección propia de historias sobre desinformación: campañas políticas, rumores imposibles, propaganda estatal, violencia, viralidad y audiencias que ya no saben a quién creerle. No habíamos ido a buscar una receta europea para importarla a América Latina, sino a observar cómo otros países están pensando un problema que ya nos pertenece.
En Madrid comenzamos por el fact-checking, con la organización Maldita.es, que nació casi como una actividad complementaria de periodistas y terminó convertida en una redacción más grande que muchos periódicos mexicanos. También estuvimos con EFE Verifica, que forma parte de una agencia informativa tradicional y debe revisar tanto información viral como contenidos que circulan dentro del propio ecosistema periodístico. Las dos experiencias nos dejaron herramientas útiles, y al menos en mi caso, incomodidad. Verificar datos es indispensable y, al mismo tiempo, insuficiente. Cuando una falsedad ya recorrió millones de pantallas, desmentirla puede parecerse a perseguir humo. Además, no toda manipulación consiste en inventar una noticia: también se puede seleccionar un fragmento verdadero, quitarle contexto, amplificarlo artificialmente y colocarlo en el punto exacto donde una sociedad ya tiene una herida abierta. No basta con decir que un video es fabricado por IA.
En Berlín ampliamos la pregunta. Ya no se trataba solamente de identificar contenidos falsos sino de mirar el sistema que los recibe, los ordena y, a veces, los recompensa. Conversamos con el Consejo Alemán de Prensa sobre autorregulación, un mecanismo que blinda a los medios y protege a las audiencias sin que el poder se abrogue el derecho de censurar; visitamos Deutsche Welle y discutimos los criterios editoriales de un medio público que trabaja en múltiples idiomas y territorios; hablamos con periodistas, expertos y reporteros en el exilio. El profesor Gernot Wolfram (ya he hablado de él) llevó la discusión a un sitio todavía más provocador: no estamos entendiendo que la información decisiva no circula por las avenidas solemnes de la política. Viaja por la cultura popular, los deportes, el espectáculo, las narraciones sentimentales y los héroes locales. Mientras periodistas y académicos miramos un discurso oficial, la percepción pública puede estar moldeándose en un video aparentemente inocente, una escena de entretenimiento o una historia diseñada para provocar miedo.
En Vilna, Lituania, el viaje cambió de escala. Ahí tuvimos contacto directo con un país que vive la injerencia extranjera como asunto estratégico de seguridad nacional y como conversación pública cotidiana. Rusia no es para los lituanos una abstracción académica ni una excusa discursiva: es una amenaza histórica, geográfica y presente. Los niños aprenden a armar drones en las escuelas. Los edificios tienen enormes afiches a sus costados que no publicitan una bebida sino que dicen: “Putin, La Haya te espera”. La pregunta ahí no es cómo desmentir una mentira, sino cómo impedir que una sociedad pierda la voluntad de resistir, la confianza en sus aliados o la certeza de que vale la pena defender sus instituciones. Y por cierto, instituciones no es igual a gobierno o presidente: incluyen medios, escuelas, ONGs y partidos políticos.
En Vilna visitamos el área de comunicación estratégica de las fuerzas armadas, la radiodifusora pública LRT y el Centro Nacional de Gestión de Crisis. Conversamos con organizaciones civiles que detectan narrativas hostiles, impulsan alfabetización mediática y construyen redes ciudadanas. Escuchamos hablar de simulacros, monitoreo permanente, cooperación entre dependencias y contacto regular con periodistas y organizaciones no gubernamentales. La idea central apareció una y otra vez: para enfrentar una red se necesita otra red. No basta el gobierno y, de hecho, sería peligroso que bastara. Se necesitan instituciones capaces, tribunales, medios creíbles, periodistas independientes, academia, sociedad civil y ciudadanos alertas.
El matiz es decisivo. En Lituania, al menos según lo que escuchamos, la colaboración no exige subordinación. Los periodistas desconfían del gobierno, como deben hacerlo; las organizaciones civiles conservan sus propias prioridades; las instituciones documentan amenazas y los tribunales siguen siendo relevantes. La fortaleza no nace de una verdad única administrada desde arriba, sino de una sociedad que se esfuerza por coordinarse sin renunciar a sus diferencias. Ese aprendizaje resulta irritante para cualquier poder que confunda unidad nacional con disciplina partidista.
Regreso a México. Defender la soberanía no consiste en reservar al poder el derecho de decidir qué versión de la realidad es patriótica ni en llamar vendepatrias a quienes lo cuestionan. Me siento privilegiada de haber participado en un programa de libertad de prensa que trabaja justamente en sentido contrario: construye redes entre periodistas y países, fortalece la autonomía de quienes informan y mantiene la alerta ante una realidad más concreta y dolorosa que la de un fantasma invasor. Me refiero a la desinformación que erosiona la confianza pública, debilita a las instituciones y, lejos de hacer patria, polariza. Hoy los mensajes están diseñados para cruzar fronteras, así que también deben cruzarlas las redes de confianza que permiten reconocerlos y resistirlos. ~