“Ver jugar a la selección me pone la piel chinita”, dice una amiga periodista que no entiende mi apatía. Le envidio el carrusel de sensaciones durante los partidos y me pregunto si algo de esa emoción se traslada a los políticos que abusan del Mundial. Mi respuesta es que no. O por lo menos, no tanto como ellos quisieran. El fenómeno no es nuevo: los gobernantes de todo el mundo intentan expropiar la taquicardia de la cancha, convertirla en cariño hacia su partido y simpatía hacia ellos. Me causa comezón esa codicia política, la leo como envidia.
El presidente de Brasil acaba de entregar una de las piezas más penosas de este patrón. Luiz Inácio Lula da Silva envió un mensaje para que los jugadores dejaran el alma y las garras en el Mundial y no hay nada que objetar a ello. Pero ya instalado en la lógica de su reelección, lanzó además un video que es una joya propagandística. Al ritmo contagioso que saben construir los brasileños, aparecen escenas de futbol, ciudadanos emocionados coreando que el mejor jugador es Lula, que la soberanía está en juego, que Lula joga pelo Brasil, todo acompañado por la tipografía del Partido de los Trabajadores. Los creadores del video buscan que a los diez segundos uno ya esté bailando samba, confundiendo el balón con la patria y preparando el voto por Lula.
Este tipo de operaciones tienen impacto coyuntural y logran ser vistos, pero dudo que alcancen su objetivo porque suelen ignorar el mecanismo que vuelve tan poderosa la experiencia deportiva. Los investigadores italianos Giacomo Rizzolatti y Corrado Sinigaglia explican en su célebre libro Mirrors in the brain (2007) que tenemos una especie de atajo biológico que nos ahorra descifrar racionalmente lo que vemos para experimentarlo directamente. La mordida a un limón. El miedo de los protagonistas de El exorcista. A ese atajo le llaman neuronas espejo. La acción ajena se vive orgánicamente. Por eso el penalti en la pantalla acelera nuestro pulso y el gol de Julián Quiñones produce una euforia perfectamente real. Cuando vemos a alguien correr, sufrir o celebrar, una parte de nosotros reproduce internamente esa experiencia.
¿Qué pasa con los presidentes que se suben a la ola Mundial? ¿Se llevan algo de eso? Algunos lo hacen peor que otros. Por ejemplo, Gustavo Petro intentó montar un espectáculo patriótico que encendiera los corazones de los colombianos al despedir a la selección en un magno evento oficial con camisetas, bandera y mensaje simbólico. Le faltó decir que el destino de la nación estaba en las piernas de su selección, pero todos lo entendieron. Y no le creyeron. Fue un acto deslucido y frío.
Del otro lado del Atlántico, en el marco del G7, el canciller alemán Friedrich Merz consideró una gran idea táctica regalarle a Donald Trump una camiseta de la selección alemana con el número 47. Trump la recibió con una sonrisa fingida, de esas que resultan más groseras que la ausencia de sonrisa. La escena produjo fotografías, pero naturalmente no hubo ningún entusiasmo. Nadie gritó gol y dudo que la relación entre ambos se haya aceitado.
Por todos lados hay políticos subiéndose al Mundial. Emmanuel Macron no quiso quedarse atrás. Tras la victoria de Francia sobre Senegal anunció, con optimismo desbordado, que él (es decir Francia) estaría en la final. Consiguió titulares, desde luego, pero los titulares no son afecto.
Otro ejemplo: Cabo Verde. Después de que su selección resistiera un empate frente a España, el presidente se lanzó al vestuario para felicitar a los jugadores y proclamó en redes sociales: “¡Somos grandes! ¡Seguimos haciendo historia!”. Se entiende la emoción pero no pueden juzgarme si me río cuando veo sus pobres esfuerzos por convertir el logro de sus atletas en una medalla propia.
En México, Claudia Sheinbaum optó por una estrategia distinta. No estuvo en el palco oficial durante el partido inaugural, pero eso no quiere decir que no haya preparado con bisturí la imagen que le daría la vuelta al mundo: sentada en una explanada ordinaria junto a Clara Brugada, rodeada de niños y ciudadanos que celebraban el malísimo partido que, afortunadamente, ganó la selección. La escena buscaba mostrar a la presidenta como una gobernante accesible, pero sobre todo, como una espectadora más: una que sufre y siente como los demás.
No sólo los políticos intentan apropiarse de las emociones positivas del futbol: los bancos, las farmacias y hasta las revistas literarias se suben a la conversación. Sin embargo, no nos engañemos. La emoción deportiva no se fábrica con propaganda, publicidad, ceremonias o programas de cocina que enseñan a hacer un pastel con forma de balón. La emoción deportiva nace de la angustia auténtica de quienes sí están jugando y se refleja en los aficionados que sienten que corren con ellos. No es fácil capitalizar eso. ~