Bastante paraíso XXIII. Aventuras en la notaría

“Todo te sirve porque eres novelista, todo el material”, me dijo Luis Felipe Alegre; era un excusa que tomé como mandato.
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Siguiendo coherentemente con nuestros bandazos y giros inesperados que romperían la continuidad y el raccord de pretender buscarlo, dos días después de volver de Pamplona (12 horas de viaje, pensando que quizá debíamos ir pensando en que nuestra vida en el mar estaba llegando a su final) fuimos a ver la casa junto al mar, y pocos días después hicimos la transferencia con la señal de compra. Al principio todo fue muy rápido: concesión de hipoteca, etc., en navidades dimos la noticia a nuestras familias. La madre de mi novio solo repetía: “dos años, dos años decían que se iban y mira”. “Sí que te gusta Andalucía”, me dijo una amiga. “Sí que te gusta el sur”, me dijo mi hermano. Una casa en la playa siempre es una casa en la playa, pensaba yo muy joséluiscuerdanamente. En fin, ¿no había visto nada más entrar el cartel de La fiera de mi niña y en francés? Siendo esa mi película favorita y tan afrancesada no podía dejar pasar por alto la señal que claramente me mandaba el universo. Y debajo, el volumen de los cuentos completos de Mercè Rodoreda en catalán, llamándome yo como me llamo por una novela suya. Tampoco quise hacer mucho hincapié en esos argumentos magufos, que en mi familia hay mucho científico y racionalista y no son amigos del pensamiento mágico. De la madre de mi novio mejor que se ocupara su hijo. Yo aproveché para irme al cine en sesión matinal –la peli de Jarmusch, menudo lujo–. 

Así que unos tres meses después, cuando según nuestros cálculos debíamos de estar ya preparando la mudanza, estábamos yendo al notario a iniciar las gestiones. Le pregunté a la chica que nos atendió primero, que yo pensaba que era la notaria herself, pero no, si deberíamos casarnos, etc. Ella se entretuvo hablando de las diferencias y usaba términos cuyo significado a mí se me escapaba, pero asentía sobre todo porque mi novio ya había hecho una broma sobre nuestra manera de robarle la mañana. Así que empezamos con las gestiones: nombre, apellido, etc., profesión. “¡Hala, escritora…!”; “Informático”, silencio. Mi novio se rio. Luego pasamos con el notario: alto, fibroso, mayor de lo que su traje y sus zapatos de corte elegante le hacían parecer. Era simpático. Empezó a leernos en voz alta (al final, nuestros trabajos no son tan distintos, pensé) la información, empezando por nuestros datos, nombre, apellidos, DNI, profesión. Ni un comentario sobre la mía. Ni una mueca. Se me apareció la hermana de Óscar Restrepo, protagonista de la película Un poeta, que a la declaración de su hermano de que está escribiendo un libro ella responde: “Ay, un libro”. Ay, escritora, me imaginé que pensaba el notario de nombre compuesto casi guapo vestido de corte casi italiano. Ay, notario. La primera vez que fui al notario fue para acompañar a Luis Felipe Alegre a no sé qué gestión, él un poco avergonzado porque no entraba en las funciones para las que me había contratado, se excusó: bueno, todo te sirve porque eres novelista, todo es material. 

Un mes y medio después, sobre la campana de la caducidad de la concesión de la hipóteca y tras mucho sufrimiento y aventuras colaterales, tramas paralelas que fueron surgiendo sin que estuvieran en la escaleta, como la avería mileurista del coche en un lugar en el que el coche es necesario para todo, volvimo a la misma notaría. Le di un ejemplar de mi libro más reciente a la chica, que me dijo: como tengo tus datos, ya te cuento (debe de ser el “nos llamamos” de los notarios porque tres meses después no me ha dicho nada de mi finísimo libro: se lee en un pis largo, según la medida estándar). 

Los vendedores no venían a la firma, que en un momento pidieron retrasar hasta que terminara la temporada de esquí; les dijimos que no y hablaron de sus pertenencias en la casa, y yo me eché a temblar: ¡el cartel de La fiera de mi niña, perdón, L’impossible monsieur bebe! Ni de broma iba a deshacerme yo de él. Unas semanas después, firma ya hecha, descubrimos que se referían a una televisión, que efectivamente aparece en la primera foto que hice de la casa. Como no venían los vendedores, conocimos al dueño de la inmobiliaria, que era el que tenía el poder y con el que habíamos tenido una acalorada conversación telefónica. ¿Veis como hemos llegado?, dijo nada más sentarse. Mala entrada. Era de Madrid, respondía perfectamente al estereotipo de madrileño que se tiene por aquí. “Ganaba mucha pasta, sí…, pero mucha… trabajaba mucho, no hacía otra cosa, pero eso no es vida… Así que peté, desconecté, me fui de viaje a [elige la India o país africano] y vi que la vida es otra cosa… “ Parecía un sketch de Pantomima full. Se había dejado las llaves de la casa en la oficina, a unos 40 kilómetros, así que después de firmar la compra-venta, salió a buscarlas: nos las llevaría a la puerta del colegio. Nosotros nos quedamos firmando el contrato de la hipoteca, que fue rápido. Mientras estábamos esperando a que nos dieran la copia, hablamos un poco con las chicas de recepción. Que si somos de Zaragoza, que si el de la inmobiliaria se ha dejados las llaves. Justo este año iba a Zaragoza, bueno, a Los Monegros, aquí donde me veis, me va el techno, dijo. Y mi novio y yo, la imaginamos en el festival, en bikini, sudada, sin para de moverse, con las pupilas dilatadísimas y mascando chicle para dominar la mandíbula diciéndole a cualquiera que se le acercara: aquí donde me ves, trabajo en una notaría. 

Quería saber si se llevaba sudadera o no, frío no vas a pasar, le dijo mi novio, que ha estado alguna vez en el festival. Me salí porque tenía una llamada de la directora del colegio, que antes de saludar me calmó: no ha pasado nada, tus hijos están bien, te llamo porque… y no recuerdo qué era lo que había olvidado hacer. 


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