Hace doscientos cincuenta años, un conjunto turbulento de colonias en la orilla occidental del Atlántico emprendió un experimento radical. Cansados de estar sometidos a poderes distantes y a una autoridad arbitraria, imaginaron algo nuevo, una sociedad basada en el autogobierno, en la libertad, y en la audaz idea de que gente común podría forjar su propio destino. El resto, como se dice, es historia. Y no una historia sencilla. De la Declaración de Independencia a Gettysburg, de Selma –durante la lucha por los derechos civiles– al desembarco en Normandía, lo que comenzó como una rebelión se volvió una nación cuya influencia se extiende mucho más allá de sus propias costas. Nunca perfecta, siempre cuestionada, y permanentemente en construcción. A medida que Estados Unidos se acerca a su aniversario 250, la tentación es o celebrar acríticamente o caer en la desesperanza.
Jill Lepore nos recuerda que la renovación es inherente al experimento estadounidense. En su discurso inaugural, analizará la Constitución de Estados Unidos no como una reliquia sagrada sino como un documento vivo moldeado por generaciones de ciudadanos que han expandido el significado de los derechos, la pertenencia y la posibilidad democrática. En un momento en que la democracia americana confronta presiones profundas, por la desigualdad y el poder tecnológico lo mismo que por la polarización y las tensiones institucionales, estas preguntas no podrían ser más oportunas.
¿Qué significa estar a la altura de ideales revolucionarios? ¿Qué tanto puede adaptarse un marco conceptual del siglo XVIII a un mundo del siglo XXI? ¿Qué responsabilidades recaen en la siguiente generación de ciudadanos?
– Palabras introductorias de Ian Kenny,
director ejecutivo de The John Adams Institute
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Parece un momento histórico por muchas razones. Este año además se cumplen doscientos cincuenta años de la fundación de los Estados Unidos. Este 4 de julio celebramos la Declaración de Independencia, que, a mi modo de ver, sigue siendo un texto de una belleza sublime, con todos sus defectos e insuficiencias.
La Declaración establece aquellas verdades que nosotros los estadounidenses consideramos evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que nuestro Creador nos confirió ciertos derechos inalienables; entre estos últimos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que se han instituido gobiernos entre los hombres para promover su seguridad y felicidad, y que, cuando los gobiernos traicionan esos objetivos, se les puede cambiar e incluso abolir. Pienso que este sentimiento, entre los sentimientos de la Declaración de Independencia, concentra la idea del derecho a la revolución, pero creo también que con mucha frecuencia se olvida la noción de lo que llamo la “filosofía de la enmienda”.
Una idea fundamental, crucial y revolucionaria en el siglo XVIII fue que las cosas pueden mejorar; que, como gente común y corriente, tenemos dentro de nosotros mismos la capacidad de determinar nuestros propios destinos, de decidir cómo viviremos juntos, de determinar los medios con los cuales nos gobernaremos, y que, si nuestros gobiernos fracasan en promover nuestra seguridad y felicidad, podemos mejorarlos a través de enmiendas, revisiones, medios pacíficos. La enmienda fue inventada en Estados Unidos en las constituciones estatales que se redactaron por primera vez en 1776.
Si uno iba a escribir una Constitución, la idea era tener una manera de cambiarla. De otro modo se volvería demasiado frágil. Y pienso que esta filosofía de la enmienda ha caído, en Estados Unidos, ampliamente en el olvido, y algo que de verdad estimo y deseo es que el aniversario de la fundación del país sea una oportunidad para recordarla.
Siendo honestos, es extraño celebrar el aniversario doscientos cincuenta de Estados Unidos. ¿Por qué? ¿Qué son doscientos cincuenta años? Recientemente he dedicado mucho tiempo a recapitular e intentar comprender la manera en que los estadounidenses adquirieron ese hábito. Los colonos solían celebrar los cumpleaños del rey, lo que me hace pensar que les gustaba la idea de esas fiestas; no obstante en el aniversario cincuenta de la Declaración de Independencia, el 4 de julio de 1826, John Adams y Thomas Jefferson, que habían escrito juntos la Declaración, murieron ese mismo día, con escasas horas de diferencia, separados por miles de millas, pero conscientes de que ambos estaban en su lecho de muerte. Este momento grabó a tal grado la noción de un aniversario cincuenta en los huesos de los Estados Unidos que, a partir de entonces, los cincuentenarios de la firma de la Declaración de Independencia se volvieron verdade- ramente oficiales, como si de algún modo honraran la extraña coincidencia de que Jefferson y Adams murieran el 4 de julio de 1826. En tanto aniversario cincuenta, la conmemoración de 1826 fue un punto de inflexión realmente crucial.
Bien mirado, se puede incluso utilizar cada uno de esos cincuentenarios como una suerte de baremo para determinar si Estados Unidos ha estado a la altura de los mejores ideales de su fundación, o si, por el contrario, los ha traicionado. Una de las cosas en verdad interesantes que ocurrieron en ese año de jubileo es que los abolicionistas negros del norte comenzaron a insistir en que la Declaración de Independencia –todos los hombres son creados iguales, dotados por su Creador de libertad– significaba que la esclavitud era inconstitucional. Aunque los estadounidenses suelen confundir la Constitución, escrita en 1787, con la Declaración de Independencia de 1776, la razón por la cual los abolicionistas hicieron eso fue porque sabían que necesitaban integrar la Declaración de Independencia dentro de la Constitución para poder acabar con la esclavitud. Y esa gran maniobra intelectual y política comenzó en 1826.
Si uno da un salto hasta 1876, en el centenario de la Declaración de Independencia, que tuvo lugar después de la Guerra de Secesión, hubo una gigantesca Exposición Universal en Filadelfia que fue una celebración de la Revolución industrial. Lo que todo el mundo quería ver era la Sala de Máquinas, con motores de vapor gigantescos y filas de máquinas de escribir (hubo gente que se quejó de que había demasiadas máquinas de escribir en aquel recinto). Aquella conmemoración celebraba en realidad la proeza económica americana, apoyada en la mecanización, y el papel cada vez más importante de Estados Unidos en el panorama mundial. No obstante, el festejo de 1876 también hizo algo que el abolicionista Frederick Douglass había anticipado: borró el relato de la esclavitud de la historia americana.
En 1876, el norte y el sur –los blancos del norte y el sur, mejor dicho– acordaron abandonar la democracia multirracial que había sido la promesa de las Enmiendas 13, 14 y 15 a la Constitución de los Estados Unidos, que daban fin a la esclavitud, garantizaban igualdad de derechos al margen de la raza, y otorgaban el derecho de voto a los hombres negros. Todas esas Enmiendas de la Reconstrucción se abandonaron en 1876. De modo que ese año también representa un punto de inflexión respecto a cómo se traicionaron los ideales de la Revolución y a las enmiendas que surgieron en las postrimerías de la guerra civil estadounidense.
Si avanzamos un poco más, hasta el aniversario ciento cincuenta, hay razones para calificarlo de un auténtico desastre. Como técnicamente era “el sesquicentenario”, los responsables del branding decidieron llamarlo de ese modo, añadiendo un signo de admiración. Sin embargo, en 1926 no fue un gran éxito en tanto celebración. Por otro lado, el Ku Klux Klan se las arregló para obtener el permiso para llevar a cabo una reunión en Filadelfia en el aniversario de la Declaración de Independencia. Los activistas negros protestaron, las organizaciones judías protestaron y se le denegó el permiso al KKK. En respuesta, el Klan hizo una marcha en verdad masiva en Washington D. C. De modo que, para utilizar estos periodos de cincuenta años como formas de aquilatar la historia americana y la lucha entre los ideales y la traición de los ideales de igualdad, independencia y libertad, se puede observar en cada uno de esos cincuentenarios cuánta tensión subsiste entre la idea de los Estados Unidos como un Estado nación liberal y Estados Unidos como una nación iliberal, de sangre y tierra. Este ha sido el hilo conductor de la historia estadounidense. Es una lucha y una contienda constantes.
Así sucedió en 1976, un bicentenario celebrado pero también llorado a lo largo y ancho de los Estados Unidos. El festejo tuvo lugar después del Watergate, Vietnam, los Papeles del Pentágono y el perdón del presidente Gerald Ford a Richard Nixon. El bicentenario entero, que comenzó realmente en 1971, presenció las protestas de las organizaciones de los derechos civiles, de un movimiento emergente en favor de los derechos homosexuales en Estados Unidos, de activistas por los derechos de las mujeres, que luchaban por la enmienda de igualdad de derechos, que no pudieron conseguir, y de las naciones nativas americanas, que de manera muy visible protestaban contra la historia de los Estados Unidos.
Debido a esto, el bicentenario fue, a simple vista, una especie de acalorada disputa acerca de a quiénes pertenecen los Estados Unidos, quiénes son estadounidenses, qué significa la historia estadounidense y qué se considera parte de la historia estadounidense. Pero, desde otra perspectiva, tenía algo de hermosa indisciplina. A la comisión presidencial oficial del bicentenario se opuso una Comisión Popular del Bicentenario que organizó sus propias contramanifestaciones a propósito de todos los temas de la celebración.
Sin embargo, en retrospectiva, el bicentenario logró zanjar esa disputa entre las distintas versiones de la historia de Estados Unidos, las diversas visiones del país que diferentes grupos de estadounidenses tenían, porque de alguna manera los acogió a todos y los sacó a todos a la luz. Uno podía acudir a cualquier celebración del bicentenario y, con seguridad, podías ver a gente vestida de rojo, blanco y azul diciendo cosas como “Ámalo o déjalo” o “Este es el mejor país del mundo”, pero también podías ver a quienes se manifestaban en contra, todos los cuales –salvo raras excepciones– protestaban pacíficamente y a los que no se les atacaba de ninguna manera por oponerse a la visión oficial. Pienso entonces que es muy útil pensar en ese momento ahora mismo, en el aniversario doscientos cincuenta, como otro punto de referencia que nos lleva a preguntarnos: ¿en qué situación está Estados Unidos hoy en día?
Debo confesar que no lo sé. Nunca me he sentido tan extranjera en un país como actualmente me siento en mi propio país, y creo que hablo por millones, decenas de millones de estadounidenses, cuando digo eso. Para tener un parámetro: parece un momento especialmente poco propicio para medir el éxito de los experimentos estadounidenses, y no hace falta que enumere las razones que han llevado a muchos politólogos a afirmar que vivimos un retroceso democrático. No obstante, creo tener los elementos para hablar, con honestidad, del surgimiento de una nueva Gestapo en la tierra de la libertad. Podemos hacer la crónica del deterioro de la separación de poderes, del abandono del Estado de derecho, del papel –en declive, en rápido declive, en caída libre– de los Estados Unidos en el panorama mundial, de la traición a la OTAN, la traición a nuestros aliados, el apetito de sangre, conquista y anexión. Pienso que en verdad estamos asistiendo a un momento en que el constitucionalismo mismo está en franco peligro en Estados Unidos, y digo todo esto en tanto que nunca he sido una persona alarmista. Para quienes no me conocen, ni a mí ni a mi trabajo, sería fácil decir que aquí viene otra estadounidense que se queja de todo, pero son cosas que normalmente no digo. Sin embargo deben decirse ahora porque son innegables.
Quiero señalar otra cosa, porque creo que es fácil enfocarse en lo que está ocurriendo. Desde luego, es esencial prestar atención a lo que sucede día a día. Intentar hacerlo resulta abrumador, pero considero que corremos el riesgo de no percatarnos de cambios estructurales más profundos, que se nos ocultan de manera deliberada. Y aquí me refiero a lo que considero el reemplazo del Estado nación liberal por lo que llamo el Estado artificial. Recientemente escribí un libro acerca del auge y la caída del Estado artificial. Y lo que quiero decir con eso es que el debate público –no solo en Estados Unidos, sino alrededor del mundo– está bajo el control de las corporaciones privadas, dueñas de todo lo que se dice en la esfera pública y capaces de determinar en gran medida nuestro conocimiento de lo que está ocurriendo en dicha esfera.
Las tres personas más ricas del planeta son dueñas de las tres plataformas más grandes del debate público, que ya no es libre, porque gente interesada únicamente en hacer de tus ideas un bien privado programan máquinas que lo determinan y gestionan. Los humanos se han vuelto en buena medida animales en granjas industriales bajo el reino del Estado artificial y los líderes de esas corporaciones internacionales consideran esencial tener poderes más allá de los límites del Estado nación, poderes planetarios para determinar el destino de la humanidad.
A estas personas no les interesa el consentimiento de los gobernados, los derechos humanos, la capacidad de las personas para determinar el destino de sus propias vidas, de participar de algún modo en el gobierno. Y considero que debemos examinar nuestra complicidad en el reemplazo del Estado nación liberal por el Estado artificial, con un gobierno de máquinas en que los drones han reemplazado al demos. Porque las máquinas que estamos construyendo no están sometidas al imperio de la ley, de las constituciones escritas en los siglos XVIII y XIX que llevaron la democracia alrededor del mundo.
Las nuevas máquinas no podían imaginarse en la época en que se escribieron esas constituciones, que, por otro lado, tampoco contemplan el mundo natural. Y considero que esos dos son los grandes retos para el Estados Unidos actual, precisamente cuando nuestras primeras constituciones, las constituciones estatales, cumplen doscientos cincuenta años.
Pienso entonces que este año, este aniversario, es una oportunidad increíblemente significativa para el pueblo de los Estados Unidos, pero sin duda también para el resto del mundo. Y esto se está abordando de modo más reflexivo, relevante y serio en Europa que en ningún otro lado. Pero es momento de que en Estados Unidos nos pongamos al día y nos involucremos en la conversación, y tengamos deliberaciones constitucionales acerca de si que- remos gobernarnos a nosotros mismos o si preferimos que lo hagan máquinas propiedad de grandes empresas.
De modo que quiero celebrar y pensar en maneras de conmemorar este aniversario doscientos cincuenta. No como un momento para mirar hacia atrás, ni hacia un futuro en Marte, sino hacia un futuro aquí juntos como humanos que vivimos en un mundo natural del que somos los guardianes y los cuidadores. ~
Traducción del inglés de Andrea Martínez Baracs.
Extracto de la participación de Jill Lepore en
The John Adams Institute, el 11 de febrero de este año.