La democracia no se salva dando clases de ética

La verdadera educación cívica no consiste en enseñar valores en abstracto, sino en formar ciudadanos que entiendan cómo funcionan las instituciones y exijan que funcionen bien.
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Vivimos tiempos en los que hablar de educación democrática se ha convertido en una respuesta refleja ante cualquier síntoma de crisis política. Auge del populismo, polarización creciente, desconfianza en las instituciones: el diagnóstico siempre apunta en la misma dirección. Los ciudadanos han perdido sus valores. La solución, por tanto, es enseñarles mejores valores. Más empatía, más tolerancia, más virtud cívica.

El razonamiento es comprensible. Pero creo que es profundamente equivocado. Y actuar sobre él no solo no resolverá el problema, sino que puede agravarlo.

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Permítanme proponer un diagnóstico diferente. La crisis de las democracias liberales no es, en su raíz, una crisis moral de los ciudadanos. Es una crisis de funcionamiento institucional: un fallo sistémico que incentiva comportamientos perversos, empezando por la corrupción.

La distinción importa enormemente. Si el problema es moral –personas malas tomando malas decisiones–, entonces la educación moral es la respuesta correcta. Pero si el problema es institucional –personas razonablemente normales atrapadas en sistemas que premian el comportamiento equivocado–, entonces la educación moral por sí sola fallará el blanco. Se puede enseñar integridad en el aula durante años; si el sistema político recompensa a quienes la abandonan, la lección no arraigará.

Para entender esto necesitamos recuperar un concepto más rico de corrupción, uno que se remonta a Aristóteles y es bastante más útil que la definición legal moderna. Para Aristóteles, la corrupción no era el soborno. Era la degeneración del sistema político mismo: el momento en que las instituciones públicas dejan de servir al bien común y comienzan a servir a intereses privados. No un crimen, sino una enfermedad. Y como toda enfermedad, se propaga no porque los individuos sean excepcionalmente malvados, sino porque las condiciones la vuelven contagiosa.

Las encuestas europeas revelan algo iluminador: cerca del 68% de los ciudadanos de la UE considera que la corrupción está extendida en su país, pero solo el 10% conoce personalmente a alguien que haya pagado o recibido un soborno. La brecha es enorme. Los ciudadanos no están hablando de maletines. Están describiendo algo que experimentan cotidianamente: la sensación de que las instituciones favorecen sistemáticamente a determinados intereses privados sobre el bien común. Que las reglas no se aplican igual a todos. Que el sistema está amañado.

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Esta percepción de captura institucional es el combustible que alimenta el populismo. Los líderes populistas ofrecen un diagnóstico seductor: el problema es la élite corrupta, y la solución es un líder fuerte que hable por el pueblo real, sin las ataduras de las instituciones que protegen a esa élite.

Y aquí está la gran paradoja de nuestro momento. Los populistas que llegan al poder con un programa anticorrupción debilitan sistemáticamente las instituciones que podrían luchar de verdad contra la corrupción: jueces independientes, prensa libre, organismos reguladores, controles parlamentarios. Sin contrapesos institucionales efectivos, combatir la corrupción se vuelve imposible. La respuesta populista al fallo institucional acaba profundizando ese fallo. Es una trampa.

Juan Linz estudió esta dinámica en los años treinta del siglo pasado, cuando las democracias europeas se derrumbaron una tras otra. Su conclusión sigue siendo esencial: legitimidad, eficacia y efectividad son vasos comunicantes en una democracia. Cuando los gobiernos no resuelven los problemas reales de los ciudadanos –cuando la efectividad colapsa– la legitimidad los sigue. La lección de Weimar no es una curiosidad histórica. Es una advertencia sobre lo que ocurre cuando las instituciones democráticas demuestran ser incapaces de responder.

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Hay un tercer ángulo que me parece crucial para entender por qué el problema es tan difícil de resolver. Elinor Ostrom demostró, en su trabajo sobre los recursos comunes, que la tragedia de los comunes no es inevitable: las comunidades pueden gestionar de forma sostenible los recursos compartidos, pero solo si resuelven simultáneamente tres problemas vinculados: construir instituciones adecuadas, generar compromiso con las reglas y articular una vigilancia mutua efectiva.

La corrupción tiene exactamente esta estructura. Es un problema de acción colectiva. Todo el mundo estaría mejor en una sociedad menos corrupta. Sin embargo, casi ningún individuo tiene incentivos para abandonar unilateralmente las prácticas corruptas, porque si tú las abandonas y los demás no, simplemente pierdes. Por eso tantas reformas institucionales bien diseñadas han fracasado: se centran en construir mejores reglas y mejorar la vigilancia, pero descuidan el problema del compromiso.

Ese compromiso solo puede sostenerse cuando los ciudadanos desarrollan una conciencia genuina de que pertenecen a una comunidad de iguales: que lo que es apropiado en la familia o en el mercado –favorecer a los propios– es precisamente lo que resulta inapropiado en la esfera del Estado, donde debe gobernar la imparcialidad. Los países nórdicos no desarrollaron niveles bajos de corrupción porque fueran pueblos excepcionalmente virtuosos. La investigación histórica cuenta otra historia: fue la construcción de instituciones estatales imparciales en el siglo XIX lo que fue generando gradualmente confianza social y normas cívicas. Las instituciones imparciales no son el producto de la cultura cívica; son uno de sus principales productores.

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¿Qué implica todo esto para la educación democrática?

Deberíamos ser mucho más escépticos ante una educación cívica centrada en la exhortación moral: enseñar valores en abstracto, cultivar virtudes, apelar a la conciencia. No porque los valores no importen. Importan. Pero una educación moral desconectada de las condiciones institucionales que hacen coherentes y recompensables esos valores tiende a producir, en el mejor caso, individuos aislados con buenas intenciones y, en el peor, exactamente el desencanto que pretendemos evitar. Cuando a los ciudadanos se les enseña que la corrupción está mal, pero la ven por todas partes y se sienten impotentes para cambiarla, la lección que aprendemos sin querer es el cinismo.

La educación cívica democrática necesita hacer tres cosas diferentes. Primero, enseñar alfabetización institucional: una comprensión genuina de cómo funcionan las instituciones democráticas, por qué existen los contrapesos, de qué nos protegen y qué ocurre cuando se desmantelan. Los ciudadanos que entienden por qué importa un poder judicial independiente, o por qué es peligrosa la captura regulatoria, están mucho mejor equipados para resistir las apelaciones demagógicas que quienes simplemente han aprendido a valorar la democracia en abstracto.

Segundo, enseñar a exigir gobernanza efectiva, no solo gobernanza honesta. Esta es la lección de Linz. Una democracia que se percibe como incapaz de resolver problemas reales pierde legitimidad, y esa pérdida es tan peligrosa como la que provoca la corrupción. Necesitamos ciudadanos que pidan cuentas a sus gobiernos por los resultados, no solo por las intenciones.

Tercero, construir lo que podríamos llamar una cultura cívica de reforma institucional: la disposición a diagnosticar la disfunción sistémica, entender sus raíces y exigir y apoyar los cambios estructurales que las abordan. La investigación sobre campañas anticorrupción es reveladora: los mensajes que transmiten que la corrupción es omnipresente e imposible de detener producen el efecto contrario al buscado –generan resignación y empujan hacia alternativas radicales. Pero los mensajes que transmiten que la mayoría de los ciudadanos rechaza la corrupción y que el cambio es posible funcionan. El marco importa. Y el marco depende de si la gente cree que las instituciones pueden reformarse.

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La democracia, en última instancia, no se salvará con ciudadanos más virtuosos en abstracto. Se salvará con ciudadanos que entiendan lo que la democracia requiere institucionalmente y que lo exijan.

Esa es la educación cívica que necesitamos. No un catecismo de valores republicanos, sino una escuela de exigencia democrática.


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