Conocimiento a la parrilla: los influencers de la cocina y la alfabetización parcial redefinen Occidente

El hombre parcialmente alfabetizado tiene las herramientas suficientes para reproducir, e incluso producir, mensajes simples, pero no para cuestionarse su contenido.
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“La carne está muy jugosa y se nota el sabor a queso de la salsa de queso”, pontifica el zampabollos frente a una hamburguesa de esas que hay que atravesar con un palillo para que las ocho capas de pretenciosidad indigesta no se desmoronen. Ha cobrado tres mil euros por visitar el local y subir una crítica de su carta a las redes sociales, que el avispado restaurador ha pagado muy a gusto: el anuncio más o menos encubierto tiene garantizados cientos de miles de receptores con un perfil muy apetecible: gente dispuesta a tragarse lo que sea, ya hablemos de publicidad o de comida.

Los reels (¿se llaman reels?) de cocina no tienen trascendencia más allá de servir como muestra del estado de las cosas, pero alcanzan gran repercusión, porque todos comemos y quien más quien menos ha frito algún huevo en su vida y eso hace que nos sintamos parte de una comunidad cocinera y deglutidora, tanto de alimentos como de contenido. Por desgracia, el fenómeno se repite en todas las áreas del saber, el espectáculo y, en resumen, de la vida. Economistas de dudosa solvencia que venden al pobre consejos para forrarse como un curandero te receta unas hierbas contra el cáncer, coaches variados, analistas políticos de palmetazo en la mesa y palillo de dientes en ristre. Los une un rasgo común: ninguno de ellos parece tener la menor idea sobre aquello de lo que habla, y en ese rasgo está la clave de su éxito. Ser un ignorante te asegura saber hablar en el lenguaje de los ignorantes y poder llegar a sus corazones y a sus bolsillos.

Desde el momento en que el generador de conocimiento tiene un conocimiento equiparable al de su consumidor, el sistema se retroalimenta con su propia ignorancia. Así, internet, ese espacio que se nos presentaba como un potencial paraíso de la información libre, ajena a condicionamientos morales o políticos, se ha convertido en el círculo extra del infierno de Dante, el reino de la superstición, la garantía de que cualquier crítica razonada se diluirá entre la marea de mensajes estúpidos y de que cualquier mensaje lo suficientemente estúpido podrá calar en la población. En el cielo de los propagandistas, Goebbels se frota las manos. Y la culpa es nuestra. En primer lugar, por diseñar engendros mecánicos de ese calibre, capaces de poner en contacto inmediato a un animal de bellota de Cáceres con un percebe de roca que teclee desde Honolulu. En segundo lugar, y sobre todo, por haber llevado la educación gratuita y obligatoria a la vez demasiado lejos y demasiado poco lejos. Trato de explicarme.

La alfabetización universal se presenta como uno de los grandes objetivos de la humanidad y uno de sus mayores logros allá donde se ha conseguido, pero, en tanto alfabetización parcial, consistente en un apenas saber leer y escribir de la manera más rudimentaria, supone en realidad su mayor rémora. El hombre parcialmente alfabetizado tiene las herramientas suficientes para reproducir, e incluso producir, mensajes simples –y por ello reproducibles y asumibles por sus iguales–, pero no para cuestionarse su contenido. La identidad de este hombre no coincide de manera necesaria con la de quien no ha ido más allá de la educación elemental y obligatoria: el universitario español es capaz de leer, escribir y recitar lecciones de la materia concreta sobre la que ha cursado estudios, en el generoso suponer de que no las haya olvidado. Y poco más. Una formación orientada al suministro de peones para el mercado laboral garantiza, de paso, que ninguno de esos peones vaya nunca a coronarse dama.

El sistema, además, no necesita al Gran Hermano que profetizaba Orwell para mantenerse a salvo. Le basta con el Gran Cuñado en que el propio pueblo se ha convertido y que impide cualquier cambio significativo en el statu quo. El adoctrinamiento, en esas ideales condiciones, deviene autoadoctrinamiento, la vigilancia externa deviene chivatismo popular. Pronto dejará de hacer falta generar y airear un discurso para manipular a la masa, que se automanipulará con mucha más eficacia de la que exhiben los mercados al autorregularse. ¿Inteligencia artificial? Para qué, si disponemos de la todopoderosa estupidez natural. Ha habido una rebelión en la granja de bots y la distopía postorwelliana le está ganando la partida a la utopía liberal. El metafórico –o no tanto– programa informático que rige nuestros destinos es de código abierto y nosotros mismos nos encargamos de perfeccionarlo de manera altruista y colaborativa. 

Como una especie de Diógenes colectivo en el gran barril del mundo, el hombre ha alcanzado la autarquía en el terreno de engañar al hombre. No nos hace falta ningún agente externo, y si alguno aparece se arriesga a que le digamos que se aparte porque nos quita el sol. Es la democracia real en su máxima expresión, que funciona con la condición de que nadie trascienda lo banal. Creemos poder vivir sin líderes, y estos no necesitan ejercer como tales para arrastrarnos a la condición de gobernados. Ya nos gobernamos solos, si entendemos gobernar en la cuarta acepción del diccionario: manejar a alguien o ejercer una fuerte influencia sobre él. Volviendo a lo alimenticio, y para acabar como empezamos, diremos que el cochinillo de la ignorancia, esto es, de la irrelevancia, se cocina en su propio jugo sin necesidad de la intervención de un cocinero que esté pendiente de los tiempos de cocción, las temperaturas o la manivela –los cochinillos, en mi cabeza, se asan como los jabalíes en la fiesta popular de una aldea gala–. “La carne está muy jugosa y se nota que el plato está hecho con cariño”, declara el influencer gastronómico mientras mira a la webcam. 


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