Ilustración: Letras Libres

La crítica literaria desde el Extremo Occidente

El pasado 9 de junio, Christopher Domínguez Michael impartió en el Collège de France una conferencia sobre el ejercicio de la crítica literaria en América Latina. La reproducimos a continuación, antecedida por las palabras de bienvenida de William Marx, titular de la cátedra de literaturas comparadas en esa institución.
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Christopher Domínguez Michael: retrato del lector ideal

Por William Marx

Jorge Luis Borges escribió en alguna parte que los verdaderos lectores y los verdaderos críticos literarios son más raros aún que los escritores, y sin duda más preciosos. Me parece que esta fórmula se aplica perfectamente a Christopher Domínguez Michael. Es uno de esos críticos cuya obra no se limita a comentar la literatura: contribuye a organizarla, a transmitirla y a darle sentido.

Ensayista, historiador de la literatura y biógrafo, Christopher Domínguez Michael ocupa un lugar importante en la vida intelectual mexicana y, más ampliamente, en el espacio cultural hispanoamericano. Su autoridad rebasa con mucho las fronteras de su país: hoy es reconocido como uno de los grandes críticos literarios de lengua española.

Su obra es considerable. Comprende una treintena de libros, entre los cuales se encuentran Servidumbre y grandeza de la vida literaria (1998), Toda suerte de paganos (2001), un Jorge Luis Borges (2010), una gran biografía de Octavio Paz, Octavio Paz en su siglo (2014), traducida al francés por Gallimard, Retrato, personaje y fantasma (2016), La innovación retrógrada (2016), que propone una suerte de contrapunto a mi trabajo sobre las retaguardias, así como varias obras fundamentales dedicadas a la historia de la literatura mexicana, en particular el Diccionario crítico de la literatura mexicana (2007) –que reúne a verdaderos escritores mexicanos y no, como en Bolaño, a falsos autores nazis de América Latina– y la Historia mínima de la literatura mexicana del siglo XIX (2019). Su amplitud de mirada es tal que abarca al poeta ruso Maiakovski, emblema del modernismo poético, en Maiakovski punk y otras figuras del siglo XXI (2022). Añadamos, muy recientemente, El crítico sin estatua (2025), sin olvidar una obra de ficción, William Pescador (1997), una suerte de pre Harry Potter, que pronto será reeditada. Algunos de estos libros han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al italiano y al chino.

Sin embargo, los libros no representan más que una parte de esta obra imponente. Christopher Domínguez Michael es, ante todo, un crítico en el sentido clásico del término: un escritor que acompaña día a día la vida literaria. Desde sus inicios en la revista Vuelta, junto a Octavio Paz, hasta su labor como columnista y ensayista en los periódicos Reforma y El Universal y en la revista Letras Libres, ha publicado miles de artículos que forman ya parte de la historia intelectual de México. Su obra crítica se ha construido así tanto en los periódicos y las revistas como en los libros.

En el curso de una conversación, Christopher Domínguez Michael me confió que nunca había realizado estudios universitarios –confidencia que me sorprendió y suscitó mi admiración–. Toda su formación se ha llevado a cabo en la lectura, en la escritura y en el trato con los grandes escritores. Tenemos, pues, ante nosotros a un puro hombre de letras, en el sentido más noble de esta expresión: alguien que solo vive para y por la literatura y que ha hecho de ella no solo su oficio, sino su manera de habitar el mundo. Una figura así resulta hoy cada vez más escasa.

Christopher Domínguez Michael ha recibido becas prestigiosas (Guggenheim, Tinker y O’Gorman) y ha sido profesor invitado en la Sorbona, así como en las universidades de Chicago y de Nueva York. Desde 2017 es miembro de El Colegio Nacional, institución que reúne a los más eminentes sabios, artistas y escritores de México y cuyo espíritu no deja de recordar al del Collège de France. El Colegio Nacional publica actualmente sus Ensayos reunidos, que van agrupando progresivamente el conjunto de su obra crítica.

No puedo dejar de señalar que existe, a este respecto, una feliz afinidad entre nuestras dos instituciones. En el Collège de France no es necesario poseer un diploma para enseñar, ni siquiera el bachillerato: uno no es nombrado allí bajo la condición de tener un grado universitario cualquiera, sino porque sus pares reconocen su obra. El puro poeta Paul Valéry pudo así llegar a ser profesor. De igual modo, Christopher Domínguez Michael encarna perfectamente este principio del Collège de France: su verdadero título es ser un crítico literario mayor de nuestro tiempo.

Es, pues, con gran placer que lo recibimos hoy para esta conferencia titulada “La crítica literaria desde el Extremo Occidente”. Será pronunciada en español y acompañada de sobretitulado en francés, de modo que todos puedan seguirla sin dificultad.

Querido Christopher Domínguez Michael, nos sentimos muy honrados por su presencia entre nosotros. Le cedo ahora la palabra.

    ***

    La crítica literaria desde el Extremo Occidente

    Por Christopher Domínguez Michael

    Hablar del ejercicio de la crítica literaria desde América Latina me obliga a comenzar desde el principio, sirviéndome de la literatura comparada y de la historia de la modernidad temprana, remontándome a cuando “América”, como lo dijese el historiador mexicano Edmundo O’Gorman, “fue inventada”. Es necesario recordar fechas y acontecimientos que, dados por obvios, al olvidarse, imponen tergiversaciones bochornosas y persistentes porque es desesperante vivir en tiempos donde la actitud eurocentrista, condescendiente y hasta racista hacia aquel que alguna vez fue el Nuevo Mundo no solo no ha se ha extinguido: reaparece con ropajes distintos, progresistas o “decolonialistas”, pero cuyo modelo sigue siendo el Buen salvaje, ese antiguo amigo imaginario de la conciencia occidental.

    Me permito, así, algunas acotaciones históricas antes de entrar en materia. Si la unión dinástica de Castilla y Aragón se remonta a 1469, por el matrimonio de sus reyes, y es fechado allí el nacimiento del reino de España, menos de un siglo después, en 1535, llegó a lo que hoy es México Antonio de Mendoza, su primer virrey, dando comienzo a la nueva España, que nunca fue una colonia en el sentido anglosajón sino un virreinato hispánico, al grado de que su primera independencia ocurrió en 1808, cuando el virrey José de Iturrigaray pretendió, estando secuestrado el legítimo rey de España por Napoleón Bonaparte, resguardar soberanamente en ultramar el trono borbónico.

    El reino madre y su hija virreinal eran parte de un imperio europeo católico multinacional cuya cabeza, el emperador Carlos V, reinó sin saber gran cosa de castellano hasta su abdicación en 1556, como tampoco lo hablaban algunos de los primeros misioneros llegados al nuevo dominio imperial, quienes para evangelizar pasaban, a menudo, del latín y del flamenco al náhuatl. La España imperial y la Nueva España virreinal nacen separadas solo por algunas décadas.

    Las diferencias, sin duda, son enormes pero las semejanzas, al menos, inquietantes: si España surge tras los siete siglos de dominación musulmana, la Nueva España se levanta gracias al gesto cesáreo de Hernán Cortés –bien documentado por Christian Duverger– de imponer la continuidad entre las ruinas del Imperio de Moctezuma II y una nueva nación que en los planes del conquistador no era una mera prolongación de España, ni mucho menos del imperio azteca. Es sorprendente que solo el mestizaje que creó México sea considerado “violento” o de plano un genocidio de Occidente, como si Julio César no hubiera devastado las tierras de los francos y de los germánicos, como se lee en La guerra de las Galias.

    Ocurre que América fue descubierta o “inventada” hace apenas medio milenio y la información que tenemos es copiosa, pero esa cantidad se diluye en la erudición y mantiene vivas mentiras históricas y prejuicios racistas propios del mal periodismo. Pocos, como lo hizo J.M.G. Le Clézio, han reivindicado al padre franciscano Bernardino de Sahagún, el fundador de la etnografía comparada al rescatar el mundo mesoamericano.

    En una verdadera historia de Occidente, ajena al mito del Buen salvaje, Sahagún sería tan importante como Michel de Montaigne. ¿Cómo pudo atreverse Edward Said, como se lo reclamó su amigo Juan Goytisolo, a escribir Orientalismo (1978) sin mencionar la presencia árabe en España? Los estilos mudéjar o mozárabe, ¿son orientales o son occidentales? Por fortuna, el sabio Emilio García Gómez explicó el origen árabe de la poesía ibérica, mientras que un Jenofonte, entre Atenas, Esparta y los persas, ¿habrá sido orientalista o occidentalista? ¿Cómo explicarle a un mesero mexicano que pasa la mitad del año trabajando en la Tercera Avenida de Nueva York y la otra viviendo de sus ahorros en algún municipio de Puebla, que él no es occidental o que lo es defectuosamente?

    Insisto en la conversión, de grado o de fuerza, de los indios al catolicismo, a lo largo del siglo XVI. Ninguna conversión es pacífica: no lo fue la romanización y luego el bautismo de los pueblos bárbaros en Europa. Pero el culto a la Virgen de Guadalupe, desde 1531, es una prueba de que aquella “conquista espiritual” de la que hablaba Robert Ricard fue efectiva y perdurable. No hubo, al menos en Mesoamérica, rebeliones de gran impacto durante el virreinato que reclamasen el regreso de los antiguos dioses. Estos sobrevivieron como penates, amestizándose con el catolicismo, que es la rama del árbol cristiano más frondosa en cuanto a mestizaje.

    Toda religión es, por definición, sincrética y el catolicismo mexicano es, en buena medida, una mariolatría: se adora a Jesucristo por ser hijo de la Virgen María, porque ella “intercede”, en su aparición guadalupana, por los pecadores y por los infortunados. No olvido que ese tipo nacional de catolicismo nació como resultado de una catástrofe epidemiológica inédita en la historia y desde luego no provista ni deseada por los españoles, ávidos de convertir almas para compensar las pérdidas espirituales por la Reforma en Europa.

    La república mexicana fue decretada en 1821 como resultado de la desintegración del Imperio español en América, pero se forjó cultural y religiosamente durante los tres siglos virreinales. Mucho de lo que actualmente se conoce como “cultura indígena” nació en aquellos años, de la misma manera que los “usos y costumbres” de los llamados “pueblos originarios” son de origen virreinal. Quizás tan sorprendido ante las danzas dizque aztecas que se practican hoy en el Zócalo de la Ciudad de México estaría un súbdito de Axayácatl en el siglo XV como una turista canadiense en el XXI.

    México fue república medio siglo antes de las unidades nacionales de Alemania e Italia, hacia 1871, e inclusive las leyes de Reforma que separaron a la Iglesia y del Estado, en México, las impuso el presidente Benito Juárez medio siglo antes que Francia. Estos datos históricos los pongo sobre la mesa para respaldar a una literatura escrita desde hace medio milenio en una lengua romance, como el español, pues las literaturas indígenas contemporáneas son el resultado de un trabajo de laboratorio lingüístico y de taller literario, muy respetable, pero del siglo XX.

    La literatura mexicana, si acaso representa, como dijese nuestro primer gran crítico literario, Jorge Cuesta (1903–1942), una herejía en relación a la tradición castiza, pero no una apostasía. Las literaturas en español de América Latina fueron y son literaturas de origen europeo, tan en diálogo con España como el inglés de los Estados Unidos lo estuvo con el de la Gran Bretaña, en los tiempos aún vacilantes de Mark Twain, cuando un yanqui en la corte del rey Arturo era un singular atrevimiento novelesco.

    Nuestras grandes diferencias son más históricas que idiomáticas; ni siquiera resultan ser propiamente existenciales, porque un Cuesta en París en 1928 se sentía tan desamparado y ansioso cono un bostoniano “haciendo la Europa” en alguna novela de Henry James o como Dostoievski, décadas antes, en Baden-Baden. Por ello, pensadores y poetas como Arturo Uslar Pietri y Octavio Paz, han hablado de América Latina como del Extremo Occidente. Ello, inclusive, explica el carácter cosmopolita, no nacionalista, de las letras mexicanas: estar cerca y estar lejos, en el “ombligo del mundo” como dirían los antiguos mexicanos, sujeto a los vientos de Oriente y de Occidente en una zona de tránsito y en la frontera entre el norte y el sur. No olvidemos que por la Nueva España pasaba, de ida y vuelta, el Galeón de Manila o la Nao de China y que hasta la fecha es polémica etimológica si la palabra “huarache”, que designa a la sandalia típicamente mexicana, viene del purépecha o del japonés.

    No fue una casualidad que, siguiendo al influjo de la Revolución mexicana, el país fuese en los años treinta y cuarenta del siglo XX “un pulmón espiritual”, como lo soñó Antonin Artaud. A ese México llegaron Serguéi Eisenstein, André Breton, Benjamin Péret, Victor Serge, los pintores alemanes y suizos que hicieron vida mexicana como Gunter Gerszo, Wolfgang Paleen y Roger von Gunten o Leonora Carrington y Remedios Varo, el nutrido exilio republicano español, y, desde luego, Luis Buñuel. México entonces fue una tierra prometida, tanto como lo era el llamado país del futuro, la Unión Soviética.

    Paradójicamente, el nacionalismo cultural de la Revolución mexicana hizo de la literatura mexicana una literatura cosmopolita. La figura de José Vasconcelos (1882–1859), primer rector de la Universidad Nacional y luego fundador de la Secretaria de Educación Pública, estudiado, entre los mexicanistas franceses, por Claude Fell, fue decisiva. Se encuentra en Vasconcelos a un mesiánico de los años veinte, al estilo de Romain Rolland (aunque Vasconcelos derivó hacia el fascismo) y de Rabindranath Tagore. Fue Vasconcelos de los pocos letrados en imaginar, en aquella década, una utopía racial no racista: la Raza Cósmica, quimera significativa que haría de la mexicanidad un universalismo eugenésico.

    Fue universalista la tragedia del comunismo en José Revueltas, como la paranoia en Elena Garro o el viaje al lenguaje juvenil de José Agustín, lo mismo que la invención idiomática en Daniel Sada (cuya novela fue traducida al francés por Fell como L’Odisée barbare), para hablar solo de mexicanos, que cuando vuelven al drama de la Conquista están subrayando con lápiz en el libro de la modernidad, como es el caso de Enrique Serna.

    Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo, hace mucho dejó de ser un artefacto regional para convertirse en una de las grandes novelas de la centuria pasada sobre el fin de la comunidad agraria y el tránsito entre los vivos y los muertos, remotos y permanentes mitos fundacionales. De la narrativa radicalmente nacionalista, obsesionada con el elogio de la Revolución mexicana, quedó muy poca cosa. Igualmente, los grandes poetas de la primera mitad del siglo XX, los de la revista Contemporáneos, los maestros de Paz, fueron azuzados y perseguidos por los nacionalistas. Algunos de los Contemporáneos, poetas “elitistas” según la vulgata nacionalista, fueron prominentes funcionarios al servicio del régimen post revolucionario: José Gorostiza, el autor de Muerte sin fin (1939), dirigió en la sombra la política exterior de México durante los años de la Revolución cubana, y Jaime Torres Bodet fue el segundo director general de la UNESCO, entre 1948 y 1952, cuya labor aplaudió Alain Finkielkraut.

    Carlos Granés, nuestro principal crítico cultural, dice en El rugido de nuestro tiempo (2025) que la “soledad”, que aparecía en los títulos de las obras de Bartolomé Mitre (Soledad, 1847), Paz (El laberinto de la soledad, 1950) y Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1967) desapareció, en buena medida. Se fue esfumando esa soledad gracias a la ola modernista de Rubén Darío hacia 1900 y debido al boom latinoamericano que estalla en 1967 y cuyos efectos se prolongan hasta el nuevo siglo, cuando surge un nuevo tipo de escritor cosmopolita en la figura de Roberto Bolaño (1953-2003). Esa soledad pasó a ser promiscuidad, finalmente, debido a un fenómeno político que escapa a nuestro tema: América entera, en el siglo XXI, es exitosa importadora de populismos de extrema derecha y de extrema izquierda. De Donald Trump al matrimonio Ortega, esos horrores venden bien en Europa.

    Para nosotros, desde el Extremo Occidente, la furia ultraidentitaria conocida como wokismo no es nueva. Es llover sobre mojado, aunque ahora vaya mucho más lejos que “la identidad nacional” en cuya crítica se batió mi generación y se imponga, gracias a las teorías de género, como héroe a un ególatra absoluto, único y todopoderoso, cuya autodefinición, sea cual sea, es indubitable. Esos personajes no son ajenos a nuestras literaturas, aunque aún son minoritarios.

    La “desoccidentalización” del canon, pretendida para volver a salvar al Buen salvaje junto a toda su corte de los milagros, contra lo que se pretende, corroe las bases sobre las que se levantaron las literaturas americanas en lengua española. Sor Juana Inés de la Cruz, de esas mujeres que se batieron, logrando la gloria, por hacer literatura cuando su sexo se los impedía, como recuerda William Marx en Vie du lettré (2009), es la última gran poeta barroca de aquel barroquismo que a mi maestro informal, Marc Fumaroli, lo deleitaba frente a las catedrales y conventos de Puebla y Oaxaca, llamándolo “el genio del mestizaje”. Sin el aroma del náhuatl, que nimba su poesía, Juana Inés de la Cruz hubiera sido, quizás y solamente, otra poeta de corte. Los académicos, en Duke o en Yale, no han sido capaces de explicar por qué la literatura estadounidense, inclusive la del siglo XIX, no es “neocolonial” y la latinoamericana, será, en cambio, “neocolonial” hasta el final de los tiempos.

    El siglo XVIII, dijo José Ortega y Gasset, quien, como lo lamentó Vargas Llosa, de haber sido francés tendría la importancia, acaso, de Jean-Paul Sartre, fue “el menos español de los siglos” y el de la “ilustración insuficiente”, mientras nuestra literatura decimonónica –salvo excepciones como el Facundo (1845), de Domingo Faustino Sarmiento, o Los sertones (1909), de Euclides Da Cuhna– fue lamentable hasta la aparición de Darío. Ello se debió a que esa literatura no era colonial, pero sí huérfana y colonizada, una imitación romántica de otra imitación romántica: la que se ejercía desde España.

    A partir de nuestro modernismo (que, salvo en el Brasil, equivale, grosso modo, al simbolismo-decadentismo europeo y no a las vanguardias, como en la anglosfera), las letras latinoamericanas se asocian indisolublemente, con la poesía por delante, a la literatura francesa. Si se abandona “la imitación extralógica”, concepto que aún atormentó al Paz de El laberinto de la soledad (y al brasileño Sérgio Huarque de Holanda, entre varios latinoamericanos), Darío es tan importante como Paul Verlaine: uno es el hijo y otro el padre, en la misma medida en que García Márquez es el padre de Salman Rushdie y de sus Versos satánicos (1988).

    La imitación extralógica, teorizada por el sociólogo Gabriel Tarde, invocaba una visión positivista y sincrónica de la historia cultural. Aparecer primero en el tiempo, como Dante antes de Petrarca, no garantiza una apropiación o herencia que encadena al segundo a una inmadurez sin fin. Viene a cuento la celebérrima frase de Jorge Luis Borges: cada autor inventa a sus ancestros. No es que los mexicanos “imitaran” fuera de toda “lógica histórica” al liberalismo político (obra de los liberales peninsulares en las Cortes de Cádiz de 1812) porque “no estaban preparados” para la democracia al estilo decimonónico, sino porque desconfiaban de su propia tradición liberal; igualmente, los poetas modernistas latinoamericanos no “imitaron” al simbolismo de su época como resultado de una estrategia académica para “resignificarse” en el “campo intelectual”, sino porque la lengua española, fatalmente, tenía que abrirse al mundo (y ese mundo aún hablaba en francés, diría Fumaroli) y abandonar un casticismo tan caduco en 1900 como un siglo atrás el francés del abate Delille se había vuelto ilegible para un vizconde de Chateaubriand o un Victor Hugo.

    El “realismo mágico”, término propio del artesanal expresionista alemán, no le queda, para nada, al flaubertiano Mario Vargas Llosa, el último en morir de aquellos grandes escritores. Pero tras La guerra del fin del mundo (hija de Da Cuhna y sus Sertones), del llorado Mario, o de Terra nostra (1975), de Carlos Fuentes, el boom permitió desplegar el gran mapa de nuestra literatura. Es probable que José Lezama Lima (un barroco radical que empata a la vanguardia), Gabriela Mistral (primer premio nobel nuestro y clásica al fin, una poeta que no envejece), el faulkneriano Juan Carlos Onetti, Clarice Lispector (los fantasmas de la Ucrania europea y judía en el Brasil) o Juan Rulfo (quien abreva en Faulkner, también) sean tan importantes, en la ronda de las generaciones, como sus famosísimos hermanos menores. Pero gracias al boom pudimos leerlos sin anteojeras y entender su naturaleza universal: no son el resultado del exotismo, sino de una apreciación histórica particular de la literatura occidental, como ocurrió en Escandinavia o en la propia Rusia. Puede imaginarse a un eslavista furioso de ver a Dostoievski leer a Charles Dickens y acusarlo de “imitación extralógica”, como luego el viejo Fedor renegará de ese “occidentalismo” que lo nutrió.

    No es que la literatura latinoamericana no sufra beligerantes embestidas nacionalistas de cuando en cuando, y todos sabemos en esta sala que la universalidad francesa incluye a sus enemigos, a veces los Maurice Barrès, a veces los Anatole France, como lo aclara Guillaume Métayer en Anatole France et le nationalisme littéraire (2011); ello forma parte de la guerra de las escuelas, sin la cual la literatura está muerta, como dijese Cyril Connolly, quien en un gesto de humildad que no tuvo Harold Bloom “canonizó” solo en las lenguas que leía con fluidez: el inglés y el francés.

    Siempre que surge un afrancesado como lo fue Julio Cortázar, aparece un indigenista para rebatirlo, como en esa circunstancia lo fue el novelista peruano José María Arguedas, y no solo los criollistas argentinos entre los que creció Borges soñaron con un “idioma argentino”, sino también H. L. Mencken, el gran crítico de Baltimore, apostó porque el inglés hablado y escrito de los Estados Unidos rompería, tarde o temprano, con el de Gran Bretaña. Esa cesura profunda no ocurrió en ninguno de los dos casos.

    Si políticamente la globalización está en sus horas más bajas gracias a los populismos, la República Mundial de las Letras, como diría la finada Pascale Casanova, persiste y la riqueza en hablantes y lectores de la cual se beneficia el español es, a la vez, una garantía de sobrevivencia y un llamado a la mesura. Un crítico de Buenos Aires, de Lima, de Nueva York, de Valencia o de la Ciudad de México –para no hablar de portugueses y brasileños, que se cuecen aparte– no puede aspirar a un conocimiento general de una literatura tan vasta y diversa.

    Pese a ello, me opongo desde hace décadas a sostener la noción decimonónica de “literatura nacional”, obsesión periódica de los nacionalistas, pues la fluidez de la información literaria rebasa esa antigualla. Curiosamente, los monopolios internacionales de la edición abonan al provincianismo: las franquicias españolas establecidas en América Latina impiden la circulación de un país a otro de las novelas “locales”. Los libros españoles o con pie de imprenta en España, que no siempre son los mejores, gozan, en cambio, de patente de corso.

    Bolaño fue la última gran figura internacional de la literatura latinoamericana y, en mi opinión, no cerró el boom –ello ocurrió simbólicamente y sobre todo en su capítulo francés con la muerte de Vargas Llosa en 2025, como lo dijera Gustavo Guerrero–, sino abrió un siglo XXI que aún es temprano calificar. En el arcón de Bolaño, que ha resultado casi tan abundante en literatura póstuma como el de Fernando Pessoa, no hay relatos de origen como los que eran propios de García Márquez o de Fuentes. Sus personajes, sean poetas malditos o críticos literarios, transitan con libertad y sin delirios nacionalistas por una literatura mundial cuyo telón de fondo es sombrío y sangriento, desde la Segunda Guerra Mundial –pues en la retaguardia, en América Latina, hubo un nazismo fervoroso por anglofobia y por antiyanquismo– hasta el México de los crímenes impunes, primero contra las mujeres y ahora en la persona de más de cien mil desaparecidos por el narcotráfico terrorista. Esa masacre quizás fue profetizada por Bolaño en 2666 (2004).

    Gajes del oficio: mencionar algunos nombres siempre agrada cuando quien está hablando es un crítico literario. La nueva novela de la violencia latinoamericana tuvo que aprender a desprenderse de la profusión periodística en las redes y volver, como Fernanda Melchor en Temporada de huracanes (2017), a la coartada de la magia negra, mientras que en los cuentos de la argentina Mariana Enríquez (1976), nace un nuevo gótico de estirpe byroniana donde la violencia doméstica contra las mujeres se asocia con los tópicos más linajudos del género de terror, reivindicando, a su vez, el feminismo clásico.

    A los relatos de origen se suman los recuentos del desastre, como en el caso del cubano José Antonio Ponte (1964) o del venezolano Rodrigo Blanco Calderón (1981); en México, la historia sigue reescribiéndose, ya sea la de la Conquista o la de aquella nación apache que es una suerte de hoyo negro en la vasta frontera con los Estados Unidos, en las novelas de Álvaro Enrigue (1969), o sencillamente, la del mundo entero, como en las novelas de David Toscana (1961), viajero por el tiempo y el espacio; su narrativa se asemeja a Time Bandits (1981), de Terry Gilliam. Luis Zapata, al fundar la literatura gay contemporánea en México, se sirvió de la antigua picaresca española, con El vampiro de la Colonia Roma (1979).

    Y pensando en la poesía, acaso el último postestructuralista se encuentre en el Perú, en el poeta Mario Montalbetti (1953), quien en Notas para un seminario sobre Foucault (2018) quizás está cerrando, en las antípodas, un ciclo de medio siglo en el pensamiento occidental. Ello, inclusive, tampoco es nuevo. La poesía de David Huerta y de Coral Bracho, mexicanos, fue un diálogo, en buena medida, con El Anti Edipo de Gilles Deleuze y Felix Guatarri.

    Tampoco carecemos de ensayistas, biógrafos y críticos literarios de primer nivel, con Gabriel Zaid (1934) a la cabeza, un anarquista cristiano, por llamarlo de alguna manera, situado a mitad de camino entre Emmanuel Mounier e Iván Illich. También figuran Ernesto Hernández Busto, Wilfrido Corral, Malva Flores, los jóvenes de la revista Criticismo de México, Granés mismo, el brasileño Joâo Cezar de Castro Rocha, Damián Tabarovsky en la Argentina o Álvaro Bisama, desde Chile, entre varios.

    Junto a los géneros híbridos (son los editores quienes venden esa difuminación, que no nació ayer, de las fronteras entre la novela y el ensayo) como novedad absoluta y frente a la fraudulenta “autoficción” (¿qué otra cosa hicieron que autoficción Marcel Proust o Henry Miller?), la literatura latinoamericana prosigue su camino plural, pues hace buen rato logró ese lugar en la mesa de las letras occidentales que exigió en su día Alfonso Reyes. Y a veces las sobremesas entre “clásicos y comerciales” son aburridas, como diría Edmund Wilson.

    Como no creo en la decadencia ni en la otredad, no considero que la literatura latinoamericana padezca de lo primera ni siga vendiendo lo segundo; ya no está de moda y es natural que así sea, pues en lo que sí creo, con Giambattista Vico, es en los ciclos y me tranquiliza que nuestro supuesto exotismo haya dejado de llamar la atención en Saint-Germain-des-Prés o en las páginas de The New York Review of Books. Escasamente he frecuentado los departamentos de español en los Estados Unidos ni sus réplicas mexicanas, porque soy, para bien y para mal, de los pocos críticos en ejercicio que no pasaron por la academia, así que sus reyertas y descubrimientos me irritan, acaso por ignorancia.

    Empezando el siglo y haciendo gala de su déficit de modernidad, algunos profesores españoles anunciaron, por ejemplo, la Buena Nueva de que la digitalización planetaria vendría acompañada de una “postpoesía”. Ya pasó un cuarto de siglo y seguimos esperando. La poesía, en tanto, sigue siendo, de mano en mano, la misma, venturosamente ajena al mercado, usando cualquier plataforma, siempre y cuando se admita que el verdadero milagro, el que nos reúne hoy aquí esta tarde, sea la letra escrita.

    Pero esa “normalización” de nuestra literatura, aunque permita el doble trabajo de la crítica, su naturaleza conservadora –sí, conservar la tradición– y la cautela de su temperamento hacia las novedades, que frecuentemente son antiguas, no debe impedirnos sacar provecho de nuestra real o supuesta excepcionalidad.

    La época es mala como todas las épocas, diría Borges (por citarlo, una joven autora me descalificó –y no fue tan mal– hace poco como baby boomer) y las cuitas del crítico en América Latina no son tan distintas a las de quien ejerce en Bucarest o en Sídney: extinción de la prensa escrita dedicada a la literatura y su crítica, habiendo resultado falso que la infinitud del ciberespacio supliría esa ausencia. Soy consejero en la revista Letras Libres y no conozco ningún autor, joven o viejo, que ansíe ser arrojado, con sus veinte cuartillas o 6000 palabras que nadie leerá, a las tinieblas exteriores de la red. Prefieren, sin ninguna duda, verse impresos.

    Sin duda, la llamada Edad de la Crítica terminó hacia 1975, enclaustrada en la ergástula universitaria, pero no puedo sino apostar porque nacerá, en algún pliegue del tiempo, una nueva Edad de la Crítica. En fin, los críticos literarios siempre hemos sido pocos y en ello hasta hay un privilegio. Y ya no es consuelo pensar que en el Extremo Occidente se lee mejor porque las noticias tardan en llegar semanas, años, décadas. Hoy todo llega instantáneamente y es más difícil separar el trigo de la cizaña, pero como los críticos importamos poco, hay tiempo: con el acto de leer logramos que las ondas en el agua provocadas por el impacto de una piedra sean lo suficientemente lentas como para decir, con Giuseppe Verdi y Fumaroli, que Torniamo all antico, sarà un progreso, como reza el epígrafe de París – Nueva York – París (2009).

    Sin el complejo de haber llegado tarde a la historia del siglo XX porque entramos en la modernidad con Hernán Cortés, entre el Renacimiento y la Ilustración, oponiéndonos a ella desde las fortalezas de la Contrarreforma, podemos decir, con Antoine Compagnon, que los latinoamericanos hemos sido, entre otras cosas, antimodernos ejemplares. Léase al colombiano Nicolás Gómez Dávila, solo dos años más joven que E. M. Cioran.

    No sé si desde el Extremo Occidente las cosas se ven mejor porque estamos más lejos o si nuestra distancia, efímera gracias a un clic en el teclado, es irrebatible, ontológica, aunque exportemos políticos convertidos en payasos y hayamos innovado trasladando, como dice Granés, a la vanguardia de la estética a la política. Espero, volviendo a Jorge Cuesta, mi clásico mexicano de cabecera, que la literatura del Extremo Occidente siga pareciendo una herejía, un lugar que saque ventaja de su imprecisión en el mapa.

    Muchas gracias. ~

    Conferencia impartida el 9 de junio de 2026 en el Collège de France.


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