Hace nada –días–, cuando España debía enfrentar a Francia por semifinales del Mundial, el expresidente español Mariano Rajoy, célebre por sus gazapos intelectualmente poco iluminados, escribió en una columna que Francia era el equipo #1 del mundo y que tenía una plantilla de altísimo nivel. “Eso sí”, remató, “sin franceses”.
El racismo de Rajoy, sabemos ya, es traumático y no único. La senadora paraguaya Celeste Amarilla trató a Kylian Mbappé de camerunés afrancesado alimentado a leche de macacos. Cientos de miles reproducen tuits jugando con la idea de que Francia no es Francia sino África y se preguntan qué hacen casi 300 franceses y holandeses –todos negros, por supuesto– jugando como mercenarios para otras naciones solo porque sus padres o abuelos nacieron allí. Y luego está la boludísima canción de tribuna argentina que la propia selección cantó en 2022 en los vestuarios, un compilado de agresiones de cavernícola con tapones en los pies: “Escuchen/ Corran la bola/ Juegan en Francia/ pero son todos de Angola/ Qué lindo es,/ van a correr/ Son come trabas/ como el puto de Mbappé”.
La humanidad es sincrética. Nos hemos mezclado desde las primeras tribus hasta hoy. Somos cromañones evolucionados que conservan un porcentaje de genética neandertal porque, claro, los humanos follan y se reproducen. No hay nación pura, a menos que pretenda aislarse del conjunto de la humanidad. Hemos viajado por el mundo a pie, en barco, en avión y nos hemos reproducido por amor, deseo, conveniencia y violencia. Si algo es el hombre es una mixtura de múltiples vidas. Nos gusta alguien, nos vamos a la cama y nueve meses después tenemos hijos medio chinos, medio cameruneses y medio Haaland. “Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”, resumió Chavela Vargas la filosofía que mejor expone el indeterminismo de seres sociales que somos.
Cuando aparece el discurso xenófobo –o sexista y otras variantes de supremacía idiota–, retrocedemos. Quienes creen que su nación y su raza –o la vida que eligió o su genética produjo– es mejor que otras no hacen más que señalar con el dedo a un grupo como chivo expiatorio de un problema mayor. Es un reduccionismo, una elección livianita y dañina, una manera de manejar problemas complejos evitando razonar. Es más sencillo acusar y estigmatizar. Es más, también, pedorro.
Este mundial ha normalizado el insulto y el destrato, la conversión de culturas enteras en colectivos que parecen genética o culturalmente predispuestos para todo lo malo. Yo vengo de un país de tensiones. Argentina tiene problemas de racismo, como otras naciones, y son tensiones con las que se conviven. Es cierto, quien llegue a Argentina será recibido con los brazos abiertos. Es un país donde el desconocido es otro ser humano, pero también es uno donde cargas simbólicas arrastradas se mantienen y conviven con formas amistosas, donde “negro” o “negrito” significa casi lo mismo que hermano, pero “negro de mierda” es un insulto visceral –y se dice mucho.
Pero el resultado –como en la mayoría de nuestras sociedades– es, en general, positivo. La sociedad humana es mestiza y sincrética, y será crecientemente así porque el movimiento y el intercambio que viene de él es sencillamente inevitable. A menos que los países sancionen leyes eugenésicas y dispositivos culturales fascistas que legitimen una noción excluyente por sobre otras, somos y seremos ciudadanos de razas que tienden a cruzarse y culturas que se hibridan. Nada es para siempre; si algo nos define es la mutación.
En otros tiempos, las estigmatizaciones singularizaban al acusador. Aquel tipo no sabe vivir en sociedad; este no tolera sus codos; aquel adora la uniformidad. Y si algo sale mal, en vez de razonar qué pudo haber sucedido, cualquiera de ellos culpa lo que menos comprende. La deshumanización puede ser inconsciente, pero en estos tiempos es cada vez más decidida y, a la vez, abierta. Hay razones, y una de ellas es la posibilidad de encontrar aliados en la estupidez sin necesidad de dar la cara. Las redes sociales y los sistemas de comunicación no solo favorecen las cámaras de eco sino que crean espacios más o menos públicos para desfogarse apoyados por gavillas de imbéciles mientras, en privado, se organizan para tomar acción. Eso ha llevado a que hasta haya orgullo en ser un hijo de puta –y más si se tiene poder político o económico.
Ese hijoputismo es siniestro no solo porque pueda herir una epidermis sino porque destruye sistrmas de relaciones delicadas como son la vida en sociedad, las culturas en tensión dinámica y una nación política. El discurso sectario va siempre acompañado de un ellos-contra-nosotros y una propuesta identitaria segregativa. Erosiona el pluralismo en beneficio de una cierta homogeneidad –política, racial, cultural…– y, en el camino, va horadando un principio básico de las democracias liberales, la igualdad ante la ley. Eso, sin considerar que las consecuencias de la presentación sistemática de un grupo como indigno o amenazante, aumenta la tolerancia social hacia la discriminación verbal y la violencia física.
El mundial no es un caso aislado sino un laboratorio donde una centena de naciones son llevadas a una competencia internacional a relacionarse de manera turística. La inmensa mayoría convive, celebra, ríe: vive la vida. Pero siempre hay pandas de autoritarios y violentos con megáfono que aprovechan el cruce y la mixtura para proponer jerarquías. Blancos sobre negros. Nacionales versus extranjeros. Locales contra migrantes.
Estados Unidos fue el caso paradigmático. La Copa del Mundo se dio con restricciones discriminatorias para equipos como la selección de Irán y controles vejatorios para árbitros o asistentes a los partidos. Podrá resultar simpático que un guardia de seguridad le encuentre un encendedor de cocina en la valija a Lisandro Martínez en la requisa al equipo argentino, pero todos sabemos que va más allá de la antipatía –y directamente en la cuenta de un Estado policial– los asesinatos del colombiano Joan Sebastián Durán y el mexicano Lorenzo Salgado Araujo por agentes de la agencia parapolicial ICE.
La segregación y la resistencia a lo distinto destruye a las sociedades. El cambio es difícil, pero negarse a él es absurdo. Toda sociedad debe adaptarse. Francia, por ejemplo, tendrá que encontrar un modo de lidiar con las tensiones de sus extramuros de pobres, muchos de ellos venidos de sus colonias, pero esas personas no llegan a Francia porque sí, sino porque esas colonias del pasado generaron un vínculo, inicialmente opresivo y, con el tiempo, culturalmente inevitable. Francia se ha beneficiado de la mixtura, pero muchos reniegan de los roces obvios que vienen con ella.
Por supuesto, dos distintos pueden tener codos. La mayoría de los musulmanes son gente tan honesta, trabajadora y calmada como cualquier vecino. Lo mismo sucede con cualquier cristiano. El problema son las filosofías radicales, con las que toda nación debe lidiar, sea cuales fueren. Pero encauzar a toda una fe –raza, cultura y demás– en un determinismo es poco inteligente1 del mismo modo que hay una cortedad de vista en reducir los problemas migratorios a una invasión que debe ser combatida en vez de entender que las causas de ese problema no se resolverán mañana y que quizás nos tengan en su origen. La certeza es una: la enorme mayoría de los migrantes son personas trabajadoras con voluntad de trabajar duro para mejorar sus vidas y, sobre todo, las de sus hijos, que tienden a convertirse en early adopters de la cultura receptora por virtud de las escuelas y las relaciones –singularmente, las de amistad. No entraré aquí en un debate at large sobre el fenómeno, pero la migración arroja, probadamente, un saldo neto positivo para las sociedades que se abren a ellas.
La salida francesa a la tensión del “otro distinto” –como, en general, otras tantas europeas y latinoamericanas– ha sido, en general, integrativa y dialoguista. Y lo fue así por décadas Estados Unidos, hasta que, con Trump al frente, optó por la reacción de dientes apretados, declarando a los inmigrantes indocumentados –y a la inmigración no blanca en general– un problema que debe ser resuelto con insularidad y violencias varias. Que el rechazo de lo distinto jamás funcione –somos el resultado evidente de eso– no desanima a los autoritarios, al menos a corto plazo. Pero la interacción constructiva siempre triunfa a largo. Si algo nos hace humanos es el diálogo. Somos porque otros son. ~
- En los últimos años, el yihadismo ha asesinado a miles de personas, la mayoría de ellas, musulmanas en Siria, Irak, Afganistán o Yemen. En Nigeria ha sido particularmente violento con los cristianos la facción terrorista de Boko Haram. En el contexto histórico, las matanzas cristianas –entre cristianos o personas de otras creencias– superan a las musulmanas. Los crímenes religiosos son predominantes en la historia humana. ↩︎