El primer día de la Operación Furia Épica de Trump, el ejército de Estados Unidos atacó varias veces una escuela en el sur de Irán, causando, según reportes, la muerte de al menos 175 personas, en su mayoría niñas y niños pequeños.
“Te lo juro, el gobierno fue el que atacó la escuela”, insistió Alireza, un familiar mío de 33 años, en un mensaje de voz que me envió por Instagram. Aseguraba que las propias fuerzas armadas de Irán habían atacado la escuela de Minab. Le compartí varias fuentes e investigaciones de medios internacionales que revelaban que el daño había sido causado por misiles Tomahawk estadounidenses. ¿De dónde obtuvo Alireza, viviendo en Irán, esta desinformación, y por qué se mantenía tan firme en su postura, incluso después de que el Pentágono admitiera tácitamente su responsabilidad?
En la hiperpolarizada sociedad iraní, hechos como la tragedia de Minab generan conspiraciones, sospechas y negaciones abiertas de la realidad, más que momentos compartidos de duelo. Todo forma parte de una lucha por controlar la narrativa de esta guerra. Al diablo los matices. El resultado son rupturas amargas entre iraníes dentro y fuera del país, mientras intentamos entender la agitación y la transformación de nuestra asediada y amada patria.
El gobierno iraní controla estrictamente los medios dentro del país. Este aislamiento se ve reforzado por las sanciones internacionales, que privan a los ciudadanos comunes y corrientes de un acceso al mundo. Los medios en lengua persa con sede fuera de Irán han llenado ese vacío, y tienen sus propias motivaciones y fuentes de financiamiento estatal.
En la última década, Iran International y Manoto, dos canales con sede en Londres, de orígenes misteriosos y con una línea editorial claramente contraria a la República Islámica, se han convertido en las fuentes de información de facto para millones de iraníes. Ambos promueven al hijo del último rey depuesto de Irán, Reza Pahlavi, como cabeza de un inevitable gobierno en espera. Iran International recibió una inversión inicial de 250 millones de dólares del príncipe heredero de Arabia Saudita; el financiamiento de Manoto proviene de fuentes privadas de capital de riesgo con vínculos culturales con Israel y simpatía por los Pahlavi. Pahlavi también ha recibido apoyo de Israel en forma de una presunta campaña cibernética que creó seguidores automatizados y falsa interacción con sus publicaciones en redes sociales.
En el frente de batalla algorítmico, la televisión y los medios estatales iraníes (así como otras cuentas afines al gobierno actual, como el colectivo mediático Explosive News) han establecido un nuevo estándar de agitprop con inteligencia artificial para el siglo XXI, con contenidos que van desde videos de rap hechos con Lego hasta tráilers de películas generados por IA, todos orientados a sostener la narrativa de que esta guerra es un error estratégico de Estados Unidos y una distracción frente a los archivos Epstein. Mediante declaraciones en X, funcionarios iraníes buscan sembrar pánico en los mercados petroleros y aprovechar la falta de un mensaje cohesivo de Trump sobre esta guerra; en pocas palabras, troleándolo. Cuentas oficiales chinas también han intervenido. A mediados de marzo, durante un breve periodo, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, fue incapaz de desmentir de manera convincente una teoría de internet que afirmaba que estaba muerto.
Estamos en una nueva era en la que el mundo digital determina cada vez más al mundo analógico, y no al revés. Donald Trump afirma que Irán es un maestro de la manipulación en este tipo de guerra, aunque él también destaca en ella, al sincronizar sus publicaciones en Truth Social con la apertura y el cierre de los mercados financieros. Todo esto convierte la inteligibilidad de esta guerra en un ejemplo de la guerra contemporánea misma. Narrativas, economías y geopolítica se mueven al mismo paso.
Para muchos iraníes, esta guerra ha servido como un crudo recordatorio de que tanto su gobierno como los actores extranjeros buscan manipularlos, erosionando su capacidad de agencia. Un debate entre la diáspora iraní gira en torno a qué Estado está censurando más durante la guerra. Otro se centra en cuántos iraníes murieron a manos de las fuerzas gubernamentales, y bajo qué circunstancias, durante las masacres de las protestas de enero, ocurridas bajo la niebla de un apagón de internet. Las cifras van desde las 3,117 reportadas por el propio gobierno hasta las más de 7,000 registradas por un grupo iraní de derechos humanos financiado por el gobierno estadounidense, Human Rights Activists News Agency. Iran International afirmó, con evidencia sin corroborar, que las muertes superaban las 36,500. Trump, por su parte, publicó en línea que habían muerto 42,000 personas, mientras que en su discurso sobre Irán del 1 de abril afirmó que fueron 45,000.
Discusiones como estas han creado una comunidad iraní global tóxica, fracturada y paranoica. Personas de todos los bandos aseguran hablar en nombre de los iraníes. Mientras tanto, borran el dolor real, el trauma y la violencia experimentados por quienes tienen posturas políticas distintas, aun cuando comparten el mismo amor esencial por su patria. La tragedia pudo haber dado lugar a una forma de solidaridad capaz de fortalecer una futura sociedad civil. En cambio, los iraníes nos encontramos trazando líneas de batalla. Las acusaciones de vatan foroosh, que literalmente se traduce como “vender a tu propia patria”, se reparten con ligereza.
Para mí, una de las imágenes más condenables y trágicas de los últimos meses fue ver a iraníes en la diáspora celebrando durante las primeras horas de la guerra. No porque el dolor que han sufrido no mereciera un momento de alivio, sino por la alienación que sentí. Vivimos en mundos separados. Para mí, la guerra fue un fracaso absoluto, el punto quizá de retorno imposible, donde los perpetradores de muerte y destrucción pusieron mi lugar de nacimiento en su mira indiscriminada. Pero al mirar la pantalla, vi que para otros iraníes la guerra era una culminación, algo bienvenido: Estados Unidos e Israel como liberadores. Una influencer monárquica iraní, ahora semifamosa y radicada en Las Vegas, construyó su audiencia al hacer viral un baile de Trump en sus canales de TikTok e Instagram, celebrando los bombardeos. Más tarde, en un giro cruelmente irónico, compartió que los ataques habían matado a su primo. Culpó de ello al gobierno iraní.
Aun así, todavía encuentro gran optimismo y potencial en mi patria y en mi gente. Para hacer eco del teórico político Antonio Gramsci, la sociedad iraní que existía antes de esta guerra está muriendo rápidamente, y una nueva sociedad lucha por nacer. Pero no puede surgir un futuro de liberación hasta que los iraníes logremos salir de un diluvio de información diseñado para manipularnos y aprovecharse de nuestras emociones vulnerables. Buscar una versión de nuestra sociedad en la que la herencia preislámica e islámica de Irán, así como su tejido cultural multiétnico y rico, sean fuerzas de unión exige honestidad frente a nuestros propios sesgos ideológicos. Muchos iraníes, como muchos estadounidenses, son culpables de consumir información que confirma aquello que ya quieren creer, con fronteras estrictas levantadas alrededor de la religión, la política y la clase. Esto es especialmente cierto en la diáspora. El crecimiento cívico requiere apertura mental, construcción de coaliciones y cruces incómodos con otros iraníes de distintos orígenes y creencias.
Tejer un tapiz así requiere una confianza construida sobre intereses y realidades compartidas; creer en valores y personas por encima de Estados e íconos políticos. En un mundo siempre conectado, memeificado, dominado por la interacción y los algoritmos, construir esta amplia coalición quizá resulte más vertiginoso que en cualquier otro momento de la historia contemporánea. Sin embargo, un Irán digno del amor que decimos tenerle nos exige precisamente eso. ~

Este artículo se publicó originalmente en Zócalo Public Square, una plataforma de ASU Media Enterprise que conecta a las personas con las ideas y entre sí.
Forma parte de Cruce de ideas: Encuentros a través de la traducción, una colaboración entre Letras Libres y ASU Media Enterprise.