
Querida Bárbara:
La foto es terrible, pero la luz era preciosa, y además se filtraba entre los olivos, casi como esa frase que me gusta tanto de Peter Orner, “otra mañana en que la luz del sol se cuela entre los árboles”, solo que era por la tarde, casi a punto de esconderse el sol. Como hay olivos, a esa zona del jardín la llamamos Getsemaní, desde ahí vieron el eclipse mi madre, su madre, su hermana, mi hermana, mi sobrina y mi padre. Al parecer, según cuenta mi sobrina, mi abuela decía que veía dos lunas.
Ahora mi abuela está en el sofá, recuperada del esfuerzo que le cuesta llegar desde la mesa y con los pies en alto, encima de un cojín encima de una banqueta, cosiéndome un vestido que apenas me pongo pero que llevaré cuando ella me lo arregle. Lo que le pasa al vestido es que hay que reforzar algunos de los botones que recorren la parte de atrás de arriba abajo y que forcé al agacharme como si fuera en chándal. Hemos estado un rato buscando un hilo del mismo verde que el vestido, pero no había. Luego hemos buscado una aguja: la primera era demasiado larga, la segunda, demasiado fina, la tercera era perfecta.
Un beso,
A.

Echo de menos de los veranos un costurero que tenía mi abuela. Era una caja china de laca negra, rectangular, con el dibujo en rojo de una flor. No era una caja demasiado grande, al menos no lo suficiente para todos los rollos de hilo, los dedales y las otras cosas que había dentro, que eran tantas que la tapa nunca encajaba y siempre estaba bailando.
Es curioso que eche de menos la caja, cuando ahora la tengo yo.

Querida Bárbara:
Esta cita responde a tu postal: “Cada vez estoy más convencido de que todos nosotros somos piezas de museo vivas”. La acompaña. Pero quería compartir contigo esta: “El cielo sobre Berlín no se puede describir. A veces, envuelta en el espeso cielo azul oscuro que soporta la dorada doncella alada, la ciudad parece que imitara la estética de las bolas de cristal. Entonces me parece como si anduviera con la cabeza hacia abajo. Entre las nubes crece Berlín. Lo intuyo por los reflejos que brillan en el cristal de una ventana, en la superficie del agua, en el ojo de alguien. Atraídos por la dorada diosa como moscas por la luz, Berlín lo construyen unos ángeles desorientados”.
Querida Aloma:
Muchas gracias por traerme las citas y la imagen. Tengo el recuerdo tan claro como evasivo de haber pensado en Wim Wenders en una ocasión este verano, de haberlo mencionado delante de una escena como de película suya y soy a la vez incapaz de acordarme de qué estaba pasando exactamente y dónde estábamos. Trato de convocar el recuerdo y me viene a la mente un tractor. A cambio me están llegando fogonazos de los días de finales de julio en que salí de viaje, como mi posición en el tren, el calor húmedo que hacía en Santiago al llegar, el agua tan sorprendentemente templada, el cuerpo en movimiento en el mar, un camino entre los árboles. Los veranos ahora parecen ser la última escala antes de un gran vuelco. Eso tendré que formularlo mejor.
Abrazos,
Bárbara

Querida Bárbara:
Me gustaría muchísimo ir a nadar contigo. Me vale piscina, mar, río, lago, etc. Le acabo de preguntar a mi abuela y dice que no cree que ella haya ido mucho más allá de meter los pies hasta la rodilla nunca.
Te mando un abrazo.