Ediciones Era anunció el cierre de sus actividades después de 66 años. La noticia provocó una sensación inmediata de pérdida. Buena parte de la literatura y del pensamiento crítico mexicano de la segunda mitad del siglo XX pasó por sus páginas: en su catálogo están José Emilio Pacheco, José Revueltas, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Inés Arredondo y Gabriel García Márquez, entre muchos otros.
Enlistar esos nombres puede ocultar el mayor mérito de Era. Muchos no eran todavía figuras consagradas cuando la editorial decidió publicarlos. Era los leyó antes de que lo fueran, reconociendo aquello que podían aportar, y trabajó para ponerlo frente a sus lectores.
La editorial nació en 1960 por iniciativa de los hermanos Espresate, Vicente Rojo y José Azorín. Neus Espresate quedó al frente. Ninguno llegaba a los treinta años. Comenzaron con una posibilidad modesta: aprovechar los tiempos muertos de las máquinas de la Imprenta Madero. Convirtieron aquellas horas disponibles en una institución.
El trabajo editorial no termina con la selección de un manuscrito. Era acompañaba a sus autores, organizaba colecciones y cuidaba cada edición. Vicente Rojo convirtió el diseño en parte de la lectura. Más allá de darle identidad al sello, sus portadas preparaban el encuentro entre una obra y su público.
Gabriel Zaid ayuda a comprender la importancia de ese oficio. En un texto sobre Joaquín Díez-Canedo, publicado por Letras Libres apenas dos semanas antes del anuncio del cierre de la editorial, escribió: “Editar es poner un libro en medio de una conversación.” Para lograrlo, explica Zaid, el editor descubre la aportación de un autor, lo ayuda a darle forma y la presenta inteligentemente ante el público.
Eso hizo Ediciones Era durante 66 años. No solo imprimió libros: descubrió voces y las incorporó a la conversación mexicana.
La noticia del cierre de Era hizo eco en mí porque venía de otra pérdida. Días antes, en Sinaloa, conocimos el cierre del Centro de Innovación y Educación, del Trapiche Museo Interactivo y del Teatro Ingenio de Los Mochis. Las causas son distintas, como lo son sus públicos y actividades. Pero la lectura de Zaid me permitió reconocer una función común: esas instituciones también ponen conocimientos, obras y experiencias en medio de una conversación.
Los tres espacios dependen de Impulsora de la Cultura y de las Artes, una institución privada de asistencia pública creada hace veinte años. Su modelo reunió iniciativa ciudadana, trabajo profesional, aportaciones privadas y recursos gubernamentales. Para operar durante 2026 necesitaba 22 millones de pesos. El gobierno de Sinaloa entregó 4.3 millones, el faltante hizo imposible continuar.
No cerraron tres edificios iguales. Cada uno sostenía una conversación distinta.
El Centro de Innovación y Educación recuperó un inmueble histórico y lo convirtió en un espacio para aprender, capacitarse y participar. Trapiche, primer museo interactivo del norte de Sinaloa, acercó a niñas y niños a la ciencia mediante el juego, la experimentación y las preguntas. El Teatro Ingenio reunió música, danza, teatro y otras expresiones artísticas con los públicos de la región.
Impulsora no se limitó a administrar inmuebles. Formó equipos. Diseñó programas. Atrajo exposiciones. Recibió estudiantes. Convocó artistas. Creó públicos. Durante dos décadas hizo posible el encuentro entre una comunidad y ciertas experiencias ausentes de su vida cotidiana. Un museo pone el conocimiento frente a la curiosidad de un niño. Un teatro pone una obra frente a su comunidad. Un centro educativo reúne a personas dispuestas a aprender. Los tres crean condiciones para conversar.
Los edificios de Los Mochis seguirán en pie. Las salas conservarán sus exhibiciones. Las butacas permanecerán frente al escenario. Pero nada de eso conversa por sí solo.
El cierre ocurre, además, en un momento crítico. Desde septiembre de 2024, la violencia ha modificado la vida sinaloense: decide horarios, vacía calles, cierra comercios, suspende clases y encierra familias. Impone asuntos, miedos y silencios.
Ni un museo sustituye a la policía ni un teatro desarma a los criminales. Su función es otra. Abren lugares donde la vida no queda reducida a la violencia. Cerrar esos espacios entrega más terreno al miedo, porque con ellos desaparecen lugares capaces de contradecir el encierro impuesto por ella.
Ediciones Era y Los Mochis también permiten observar una desigualdad menos visible. El anuncio de una editorial asentada en la Ciudad de México provoca un duelo nacional. Conocemos a sus autores y reconocemos sus libros como parte del patrimonio mexicano. El cierre de tres espacios en una ciudad de provincia parece un problema presupuestal local. En el centro identificamos una pérdida intelectual. En la provincia contabilizamos empleos, visitantes y edificios.
La conversación nacional no ocurre únicamente donde se escriben y publican los libros; también ocurre donde alguien los descubre. No sucede solo entre autores reconocidos y lectores especializados: comienza cuando un niño entra por primera vez a un museo, cuando una familia ocupa las butacas de un teatro o cuando una comunidad encuentra un espacio para hablar de algo distinto de su presente.
Era organizó desde la capital una conversación con lectores dentro y fuera de México. Impulsora hizo lo propio desde y hacia Los Mochis. Ninguna conversación resulta menor. Sin ambas, México conversa menos y conversa entre menos.
Sería sencillo concluir con una exigencia genérica de más presupuesto. Y sería insuficiente pedir al Estado el rescate de cada editorial amenazada. Las causas son distintas y las respuestas deberán serlo.
Era necesita adaptar su oficio a un mercado transformado. Impulsora requiere un acuerdo público y privado menos vulnerable a la decisión anual de un gobierno. Lectores, empresarios, comunidades y autoridades tienen responsabilidades diferentes. La cultura no debe subordinarse al poder, pero tampoco puede depender únicamente de aquello que puede sostenerse mediante una taquilla.
Antes de dejar caer una institución cultural convendría formular preguntas elementales: ¿qué conversación organiza? ¿Quiénes participan en ella? ¿Qué dejará de ocurrir si desaparece? ¿Quién realizará después ese trabajo?
Solemos reconocer el valor de estas instituciones cuando ya están por perderse. Celebramos sus aniversarios, enumeramos sus logros y lamentamos su ausencia. Nos cuesta sostenerlas mientras descubren autores, forman públicos, reciben niños y mantienen abiertos sus espacios.
Los libros de Era seguirán entre nosotros. Los Mochis conservará sus edificios. Pero la cultura no conversa sola. Necesita editores capaces de descubrir una voz, museos dispuestos a despertar una pregunta, teatros abiertos a su comunidad y una sociedad capaz de reconocer su importancia antes de dejarlos en silencio. ~