Spider-noir: estilo sobre sustancia

Spider-Noir es una galería de referencias literarias, musicales y cinematográficas, que nunca se toma demasiado en serio y demanda del espectador la misma complicidad.
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Parafraseando a Groucho Marx, debo confesar que he pasado un maravilloso tiempo viendo una aventura del Hombre Araña… aunque no del Hombre Araña que usted se imagina. Unos meses antes de que la más reciente aventura arácnido-marvelita se estrenara en cartelera –la descaradamente desechable pero exitosísima Spider-Man: Un nuevo día (Cretton, 2026)–, Amazon Prime Video estrenó en su plataforma Spider-Noir (E.U., 2026), una serie televisiva de ocho episodios creada por el guionista Oren Uziel. La serie está inspirada, más que basada, en el cómic homónimo publicado en 2009 en la serie Marvel Noir, en la que, además de este Hombre Araña, se presentaron otras versiones alternativas del universo marvelita, todas ellas ubicadas en el Nueva York de la Gran Depresión, mediante una forma y un fondo que, por un lado, remiten al lector a las novelas hard-boiled de Dashiell Hammet o Raymond Chandler y, por el otro, a la estética del film noir de los años 40.

En este sentido, Spider-Noir no pretende ocultar la evidente cruz de su derivativa parroquia: Uziel ha retomado la premisa del cómic –en ese ya mencionado Nueva York alternativo de la histórica Gran Depresión hay un superhéroe con poderes arácnidos que combate a los criminales más desalmados– pero la ha filtrado a través de una interminable serie de juegos referenciales en la que el estilo se impone, desde la misma secuencia de créditos, a cualquier asomo de trascendencia temática. Spider-Noir se nos presenta como una gozosa galería de referencias literarias, musicales y cinematográficas que nunca se toma demasiado en serio y que, por lo mismo, demanda del espectador el mismo sentido de complicidad.

Los guiños se apilan desde el inicio: desempleo rampante en ese Nueva York de inicios de los años 30 en estilizado blanco y negro; voz en off narrativa por la que se nos presenta a nuestro cínico y melancólico protagonista, el alcohólico detective privado Ben Reilly (Nicolas Cage); un trabajo aparentemente sencillo –seguir de cerca a la atractiva cantante Cat Hardy (Li Jun Li)–, que se convierte en algo mucho más peligroso cuando Reilly termine descubriendo la relación del corrupto alcalde neoyorkino con el poderoso gánster irlandés Silvermane (Brendan Gleeson), y así hasta el desenlace del primer episodio, cuando la obvia femme fatale Cat Hardy embruja a Ben, a todos los clientes del estilizado centro nocturno y, de pasada, a nosotros, los espectadores, interpretando su propia versión modernizada del clásico “Dream a little dream of me”.

El universo del film noir hollywoodense –con todo y las inevitables referencias visuales a El halcón maltés (Huston, 1941) y La dama de Shanghai (Welles, 1947)– se fusiona con el universo fantástico de los superhéroes marvelitas. La historia creada por Uziel inicia cuando La araña, un enmascarado que solía combatir el crimen en Nueva York, ha desaparecido de la ciudad, dejando a sus habitantes a merced de Silvermane y sus achichincles. Por supuesto, sabemos desde el inicio que Ben Reilly es La araña, que abandonó su justiciera tarea después de haber sufrido la trágica pérdida de su enamorada y que ahora, entre trago y trago, sobrevive haciendo trabajitos vergonzosos, siguiendo mujeres o maridos infieles, con la ayuda de su claridosa secretaria Janet Ruiz (Karen Rodíguez, salerosa) y el apoyo del inquisitivo periodista afroamericano Robbie Robertson (Lamorne Morris). Llegado el momento, Ben tendrá que ponerse su máscara de nuevo, no solo para enfrentarse a Silvermane, sino a otros tipos que también tienen superpoderes y que, bajo el mando del ambicioso gánster irlandés, quieren tomar la Gran Manzana.

Si bien es cierto que la historia no ofrece ninguna gran novedad, me parece claro que este no era el objetivo de Uziel y compañía. La aportación está en la forma, no en el derivativo y previsible fondo. La tonada puede que sea la misma de siempre, pero está ejecutada con una gracia muy superior a la de cualquier entrega fílmica super-heroica reciente: la más satisfactoria aventura arácnida en varios años, si no desde la insuperada trilogía dirigida por Sam Raimi, por lo menos sí desde la cinta animada Spider-Man: Un nuevo universo (Persichetti, Ramsey y Rothman, 2018) en la que, de hecho, hizo su aparición este Spider-Noir, con la voz de Nicolas Cage aunque, en sentido estricto, no sea exactamente el mismo personaje.

De cualquier forma, si hay un último argumento a favor de invertir las siete horas que duran, en conjunto, los ocho episodios de Spider-Noir es, precisamente, el hecho de poder disfrutar de la imprevisible interpretación de Cage como ese fracasado detective privado transformado en insólito superhéroe arácnido. Y es que, como es su costumbre, Cage presume esa rara habilidad de hacer interesante hasta el momento más casual posible –digamos, cuando le explica a una desconcertada transeúnte que él la ha engañado mientras sigue masticando despreocupadamente un emparedado–, para después ejecutar de forma impecable el más desaforado slapstick –la pelea en el bar, sus flashbacks alcohólicos– o, luego, representar un pathos que se ve genuino, cuando se da cuenta que ha sido, para variar, usado y engañado otra vez.

En el cuarto episodio, a la mitad de la temporada, el Ben Reilly de Cage se refugia en el cine para ver a James Cagney en Great guy (Blystone, 1936), una olvidada serie B en la que el actor interpreta a un honesto inspector de pesas y medidas que no está dispuesto a aceptar ningún acto de corrupción ni, mucho menos, a ser sobornado. Ben mira la pantalla con los ojos bien abiertos, recitando de memoria los diálogos de su admirado Cagney.

Se trata de una digresión clave en la que se define el tipo de actor que ha sido Cage en toda su carrera: el que no teme salir del propio personaje con tal de explorar, sin miedo alguno, una nueva faceta como intérprete, tal como lo hizo, precisamente, James Cagney. Su Ben Reilly es algo más que un mejor homenaje a Cagney: es una emocionante declaración de principios. El desafuero es su estilo. ~


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