Foto:NASA, dominio público, via Wikimedia Commons

El 11 de septiembre y el retorno de Dios

Más allá de la experiencia del horror, el 11 de septiembre tuvo un legado de largo aliento: el regreso de la religión como fuerza movilizadora de la política.
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En la mañana del 11 de septiembre del 2001, me preparaba a salir del departamento que habitaba en la calle 21, entre Park Avenue y Broadway, con el edificio Flatiron a unos pasos.

La cita era en Radio Pacífica para hablar de rock en español. El edificio de esa estación de radio se encontraba en la zona de Wall Street.

Ingresar al elevador y escuchar los gritos de uno de mis compañeros de piso, todo fue uno. Bajé a la calle y luego pensé que era mejor regresar a ver qué había ocasionado tal aullido.

Subí y encontré al roomate frente a un televisor que segundos más tarde mostraba el choque del segundo avión contra las Torres Gemelas: un agujero negro que se agradaba en el centro de la torre sin fuego. El anuncio del nuevo milenio. Después me subí al metro, que aún funcionaba, y me bajé a unos pasos de Wall Street.

Las torres ardían en la parte de arriba y del cielo caían los papeles del capitalismo todavía con fuego. Acudí a mi cita pero en lugar de hablar de bandas de rock, lo hice sobre el significado de los ataques en Nueva York y Washington.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no surgieron de la nada. Tuvieron un antecedente decisivo veintidós años antes, en 1979, cuando la Revolución iraní llevó al poder al ayatola Jomeini y sustituyó la monarquía secular, aunque autoritaria, de los Pahlavi por una teocracia chiita. Ese acontecimiento marcó el regreso de la religión como fuerza organizadora de la política internacional, algo que buena parte de Occidente daba por superado tras siglos de secularización. Diez años más tarde, en 1989, la fatua de Jomeini contra Salman Rushdie por Los versos satánicos mostró que ese nuevo poder teológico-político no se conformaba con gobernar Irán: aspiraba a dictar normas de conducta  –incluso de vida o muerte– más allá de sus fronteras. En el camino, atentados como el de la embajada estadounidense en Beirut, el primer ataque a las Torres Gemelas en 1993 o los bombardeos a embajadas en África en 1998 fueron escalones de una violencia que Occidente tardó en tomar en serio como proyecto político-religioso y no como mera criminalidad dispersa.

El 11 de septiembre culminó esa trayectoria y, al mismo tiempo, abrió una nueva. He descrito ya la experiencia personal del horror. Lo que quiero subrayar aquí es su legado de más largo aliento: los atentados aceleraron, en escala global, lo que los franceses llaman le retour de Dieu, el retorno de la religión revelada a la esfera pública como categoría explicativa y movilizadora de la política. Ese giro hacia la teología política no se limitó al islamismo radical que lo detonó, sino que se convirtió en un fenómeno transversal a religiones y regiones.

En Rusia, Vladimir Putin ha construido una teología política que funde a la Iglesia Ortodoxa, la idea de un “mundo ruso” y una misión civilizatoria frente a un Occidente descrito como decadente y post cristiano. En Estados Unidos, el nacionalismo cristiano que rodea al trumpismo reformula la identidad nacional en clave providencialista, con America First operando casi como un destino manifiesto reactualizado. En India, el nacionalismo hindú ha transformado la laicidad constitucional nehruviana en un proyecto de Estado explícitamente religioso, donde la mayoría hindú se concibe como portadora de la identidad nacional. Y en América Latina, la teología de la liberación  –de origen católico y progresista, distinta en signo ideológico pero convergente en su lógica– demostró ya desde antes que la fe podía ser fuerza política movilizadora contra el orden establecido, anticipando ese mismo patrón de politización de lo sagrado que hoy vemos multiplicado en versiones conservadoras. Ese es el significado del chavismo.

Lo notable es que estos fenómenos, tan distintos entre sí en contenido doctrinal, comparten una misma estructura: la convicción de que el liberalismo secular –procedimental, neutral ante las concepciones del bien, escéptico de las verdades trascendentes– es insuficiente para dar sentido a la existencia colectiva. Frente a ese vacío, las teologías políticas ofrecen una narrativa totalizante que combina identidad, trascendencia y enemigo común.

Por ello, el desafío que dejó el 11 de septiembre no es solo de seguridad o de política exterior: es filosófico. El liberalismo que emergió victorioso de la Guerra Fría, el de “el fin de la historia”, subestimó la persistencia de lo religioso como fuente de sentido político. Un cuarto de siglo después, necesitamos una reconsideración seria del liberalismo, capaz de reconocer la legitimidad de las preguntas últimas –sobre el sentido, la comunidad y lo sagrado– sin renunciar por ello a la tolerancia, el pluralismo y los límites al poder que lo definen. La alternativa no puede ser un liberalismo vacío de contenido moral frente a teologías políticas que sí ofrecen sentido, ni tampoco la claudicación ante ellas. Ese es, quizá, el verdadero legado pendiente del 11 de septiembre. ~


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