Los republicanos españoles llegaron a México con la idea de que su exilio era temporal y comenzaron a vivir de acuerdo con esta provisionalidad. En un principio les pareció imposible que sus compatriotas que habían quedado atrás no terminaran por rebelarse contra el gobierno de Francisco Franco. Posteriormente concibieron esperanzas de que Francia e Inglaterra, una vez iniciada la guerra contra Alemania e Italia, intervinieran en España. Cuando las tropas de Hitler derrotaron a Francia y amenazaron a la Gran Bretaña, los refugiados españoles volvieron la vista hacia los Estados Unidos y la Unión Soviética; y cuando los aliados surgieron triunfantes en la guerra, estuvieron seguros de que pronto emplearían su poder para derrocar al general que había usurpado, apenas unas cuantos años atrás, las funciones legítimas del gobierno constitucional de la República Española. Todo fue, por supuesto, en vano.
El sentido del “inminente retorno” habría de colorear la vida de los refugiados españoles durante muchos años. Incluso antes de llegar a México, en enero de 1941, cuando se encontraba en la República Dominicana recuperándose de una enfermedad, el exdiputado socialista Vicente Sarmiento escribió a Ramón Lamoneda, uno de los dirigentes de su partido: “No estoy de acuerdo contigo en que ‘los abuelos tenemos un calvario en perspectiva’. Puede, quizás, que esto dure un año y quizás dos, pero nada más, a menos que Europa y el mundo entero desaparezcan de la civilización actual.” El establecimiento de un gobierno de la República Española en el exilio ayudó a conservar esta esperanza de retorno, que se tradujo en un sentido de falta de permanencia en la vida cotidiana. Así, el mobiliario de las familias españolas refugiadas en México se hacía viejo y raído, pero rara vez se remplazaba una silla, una alfombra o una cortina en evidente deterioro. “No tiene caso –decía siempre alguna voz razonable de la familia–: ya pronto regresaremos a España.”
El tiempo pasó, sin embargo, y Francisco Franco permaneció firme en el poder. La testaruda esperanza de muchos refugiados se manifestaba principalmente en algunos cafés del centro de la Ciudad de México, que se habían convertido en remedos de los lugares favoritos de reunión en Sevilla, Madrid o Barcelona. Durante los primeros tiempos del exilio se popularizó una curiosa imagen del refugiado en su vespertina tertulia en el café; con el habano en la boca y la boina sobre la cabeza, este exiliado arquetípico argumentaba a viva voz sobre temas políticos –en ese monólogo incesante en que el español suele transformar los debates de café– y al hablar de su tierra natal apoyaba con firmeza y en repetidas ocasiones el dedo índice sobre la mesa, mientras aseveraba: “Este año sí cae Franco.” Ya en las décadas de 1960 y 1970 el caricaturista mexicano Abel Quezada evocaba, un tanto en son de broma y con un dejo de tristeza, a este refugiado arquetípico: solo que el índice que apoyaba una y otra vez al repetir su profecía, “Este año sí cae Franco”, estaba desgastado a fuerza de uso hasta el nudillo. La gran mayoría de estos viejos refugiados murieron antes que Franco, quien falleció en 1975, y nunca tuvieron oportunidad de pisar nuevamente su suelo patrio.
No todos los refugiados, empero, compartían la misma lealtad hacia la tierra que habían dejado atrás. Muchos de ellos aprovecharon de inmediato la oferta de nacionalidad sin trámite que, por breve tiempo, les ofreció la república mexicana y nunca pensaron en volver. Otros más habían llegado demasiado jóvenes como para considerar seriamente la posibilidad del retorno. Indalecio Prieto, quien había ocupado varias carteras ministeriales en la república, escribió durante su exilio en México: “Los refugiados adultos podrán sentir nostalgia de España, porque allí vivieron años felices que no bastó a nublar el horror de la bárbara lucha, pero para los niños expatriados España solo es imagen de hambre, de muerte y de desolación. Si les habláis de volver a su patria, gimen y protestan… ¡Bendito sea México donde esos niños comienzan a ser felices!” ~