Las protestas de los estudiantes de secundaria en Francia han desembocado este fin de semana en saqueos e incendios en las grandes ciudades. Christophe Guilluy (1964), geógrafo y autor de No society. El fin de la clase media occidental (Taurus) y Los desposeídos (Katz), lleva años describiendo la distancia entre las metrópolis globalizadas y una mayoría popular que se siente expulsada económica y culturalmente. Las élites, sostiene, no entienden la realidad del país. Para Guilluy, las protestas son síntoma de una crisis más profunda. En esta conversación habla de la ira social, de la izquierda atrapada en su burbuja, de la inmigración vista desde las clases populares y de un sistema que, a su juicio, está agotado.
Lo que empezó como una protesta en el sector educativo se ha convertido en un movimiento más amplio. ¿Cómo interpreta este fenómeno?
Hay dos cosas. Está el fondo, que es un enorme problema de poder adquisitivo, de paro, de desindustrialización, que afecta al conjunto de las clases populares francesas desde hace al menos veinte años. Hay una ira social muy fuerte. Y el balance de Macron es catastrófico: es una catástrofe económica, una catástrofe financiera, con una deuda astronómica, una catástrofe cultural y educativa. El movimiento de los estudiantes de secundaria ha venido a injertarse en ese cuadro, a añadir una tensión suplementaria a algo que está presente desde hace mucho tiempo.
Esa es la primera. ¿Y la segunda?
Este fin de semana se produjo un vuelco hacia la violencia, localizado sobre todo en las grandes ciudades, que para mí es el símbolo del hundimiento. Después de No society y de Los desposeídos escribí un libro algo satírico, una pequeña fábula filosófica, Métropolia et Periphéria. Un voyage extraordinaire, que no se ha publicado en español. Métropolia representa el sistema neoliberal actual. Para mí, la imagen de este fin de semana es la del hundimiento de Métropolia. Pero Periphéria, es decir, la mayoría de la población francesa, sigue en pie, con gente apegada a una sociedad que todavía existe.
Hay, por tanto, dos cosas algo desfasadas: la violencia de este fin de semana y, en el fondo, unos problemas económicos, sociales y culturales que se han agravado con Macron.
¿Y cómo ve a Macron?
Prácticamente ya no es presidente. No sé si vio su discurso: da la impresión de ser un robot. Tenemos el primer presidente IA. Es alguien con la cabeza bien llena, que sabe muchas cosas, pero que no entiende nada. Es la paradoja de la sociedad de la IA: nunca hemos tenido tanta información sobre la sociedad francesa, o la española, o la italiana, y no entendemos nada. Las élites no entienden nada. Cuanta más inteligencia artificial hay, menos entendemos las cosas.
Creo que esto viene de muy lejos, de un proceso de secesión que Christopher Lasch ya vio en los años ochenta: la secesión de las élites, que se ha convertido en una secesión más amplia de las categorías superiores, de los intelectuales, de los titulados que encontramos en las grandes ciudades. Por eso lo llamo Métropolia. Para mí, París es igual a Barcelona, es igual a Bolonia, o a Nueva York: es lo mismo. Son espacios que han dado la espalda al pueblo francés, español, italiano, que es mayoritario en lo que llamo Periphéria. Ese desfase enorme crea una fractura, ante todo cultural, entre lo que llamo la mayoría corriente y la gente que vive en Métropolia. Y la violencia que acabamos de ver se localiza ante todo en Métropolia. Para mí, es la imagen del fin de Métropolia. Vamos a vivir un momento de vuelco. No sé si será en la calle o en las urnas, pero el sistema se ha acabado. Ese vuelco se producirá mecánicamente.
Esa diferencia entre la periferia y la metrópoli es también una diferencia de visión política. Usted dice que la división entre izquierda y derecha ya solo existe en las grandes ciudades.
Sí, ya no es izquierda-derecha. El año pasado tuvimos elecciones municipales. En París ya no hay clases populares, se acabó. Y lo interesante era que en París tenías la izquierda sin el pueblo, la derecha sin el pueblo, y también la extrema derecha sin el pueblo, con Sarah Knafo y Zemmour. Son burgueses de extrema derecha. Hay burgueses de izquierda, de derecha, de extrema derecha y de extrema izquierda. Pero en Métropolia, aunque haya diferencias políticas, no hay diferencias antropológicas: son las mismas categorías. Ese es el problema de las democracias occidentales hoy: quienes representan –partidos políticos, medios, mundo de la cultura– ya no ven la realidad de la gente corriente, solo su burbuja. Siempre digo que Métropolia se parece a la aldea de El prisionero, la serie de Patrick McGoohan. La gente está prisionera de una burbuja cultural que ya no le permite entender la sociedad tal como es.
Lo más importante es que las clases populares ya no se definen a través de la división entre izquierda y derecha. Eso se acabó. Lo que está cambiando es lo que llamamos populismo. Mi definición del populismo es el relato que parte del mundo de abajo. Estábamos acostumbrados, desde hace siglos, a un relato producido por el mundo de arriba: primero la Iglesia, el clero, luego la República, los intelectuales. Todos esos relatos venían de arriba e intentaban influir en los de abajo. Hoy, la mayoría de la gente en las sociedades occidentales se ha emancipado de los medios, de los intelectuales, de la clase política. Viven en una realidad que la gente muy inteligente que nos gobierna ya no entiende en absoluto.
Hay un problema con la gente inteligente. No sé si conoce al escritor egipcio Albert Cossery, que escribió un libro genial, Mendigos y altivos, uno de mis libros favoritos. Le preguntaron qué es una persona inteligente y respondió: es inteligente quien comprende las cosas. Macron está considerado alguien muy inteligente, pero no entiende nada, así que no es inteligente.
¿Cree que, en ese sentido, la situación de Francia es también la de Europa?
Sí, creo que es parecida. Necesitamos reactivar la democracia, quizá con democracia directa, con referéndums, pero en cualquier caso devolviendo poder al pueblo. Para mí, el bloqueo es cultural. En los años sesenta y setenta había representaciones culturales positivas del pueblo. Pienso en el cine italiano: era genial, porque ofrecía una representación rica y positiva del pueblo. Todo eso ha desaparecido. El cine francés de hoy es un cine parisino narcisista, que se mira a sí mismo. En ningún momento hay representaciones positivas de las clases populares.
Y la izquierda ha caído en la trampa de Métropolia. Yo vengo de la izquierda comunista y me doy cuenta de que la gente de izquierdas, que eran mis amigos, ya no consigue pensar fuera de la burbuja cultural de Métropolia. Veo el hundimiento intelectual de la izquierda: reducir el mundo a fascista o no, racista o no, facha o progre, y basta, no hay nada más. El empobrecimiento del pensamiento es alucinante. La izquierda ha sido devorada por Métropolia. Simbólicamente, sus bastiones son las grandes metrópolis –París, Nueva York–, pero son guetos culturales que ya no le permiten conectar con las clases populares.
¿Sabe qué ciudad es una excepción? Madrid.
Sí, es verdad que Madrid es una excepción, porque la derecha es fuerte allí. Pero es la excepción que confirma la regla. Entre las grandes metrópolis del mundo hay una excepción cultural madrileña, porque hay una burguesía de derechas y, además, está la especificidad española, con la cuestión de los independentistas, de Cataluña… El frente cultural es un poco distinto y eso, en mi opinión, está ligado a esa especificidad española.
Lo que dice del cine y de los intelectuales es interesante. En los años setenta, había gente de clase baja que escogía oficios creativos porque era un ascensor social. Ahora, viendo datos de Gran Bretaña, por ejemplo, casi siempre es gente de clase media y media alta.
Ese es el problema. El reclutamiento en el cine, el teatro y la literatura está ligado a la homogeneización cultural de las grandes ciudades. Desde el momento en que solo te encuentras con gente que se te parece, y todo el sistema audiovisual y editorial se concentra en esas metrópolis, ya no hay diversidad cultural. Por eso la realidad se les escapa, y por eso el sistema tal como está no es viable a largo plazo. Mecánicamente, vamos a tener un vuelco cultural. Es casi seguro.
¿Qué papel desempeña la inmigración en esto?
He estudiado las clases populares, sean cuales sean sus orígenes. Cuando sales de la burbuja política y preguntas a gente de origen inmigrante, magrebí, o de origen francés, las demandas son exactamente las mismas. La gente quiere trabajo, servicios públicos, seguridad para sus hijos y una regulación de los flujos migratorios. Esos cuatro puntos son los mismos, seas blanco, negro, magrebí, musulmán o judío. La única diferencia es social: cuanto más subes en la burguesía, menos encuentras esas demandas. Pero abajo, sea cual sea el origen, la demanda es la misma.
En los barrios del norte de Marsella, la gente quiere seguridad. No está en absoluto a favor del desorden, lo cual es lógico. Cuando ganas 1.500 euros al mes y tienes hijos, quieres que tu instituto sea decente, que la calle sea segura y que tu barrio no sea el receptáculo de la inmigración. Eso es común a toda la gente modesta, sean cuales sean sus orígenes. El discurso de la izquierda, en resumen, es: si estás a favor de regular los flujos migratorios, eres fascista. Es estúpido. El trabajador magrebí de Seine-Saint-Denis que hace repartos quiere que su barrio esté tranquilo. No quiere una inmigración abierta, quiere algo racional. Eso no significa que sea racista.
Esa es la trampa. La acusación de racismo y de fascismo es el rayo paralizante de La guerra de las galaxias: dices que estás a favor de la regulación, eres fascista, y la gente tiene miedo. Pero en las encuestas, entre el 70 y el 75 % de la población está a favor de regular los flujos migratorios. No solo los blancos: también la gente humilde de origen magrebí, africano, que piensa exactamente lo mismo. En Mayotte, en los territorios de ultramar, son negros, y están a favor de detener la inmigración. Todo eso es perfectamente racional. No digo que el racismo no exista; evidentemente existe. Pero no es el motor de la protesta. En absoluto.
¿Le sorprendió la violencia del fin de semana?
Sí, porque fue un saqueo organizado. Vivo en París. Vi a gente prender fuego a edificios, vi a gente saquear. Hubo un verdadero problema de mantenimiento del orden; creo que el Ministerio del Interior organizó mal a las fuerzas de seguridad. Fue la impunidad total. Vi a gente marcharse con iPhones, con ordenadores, con cazadoras, con percheros. No había policía, cero. Fueron dos días de caos.
Para mí, es la imagen del hundimiento de Métropolia. Este sistema no funciona, y la organización de las grandes ciudades no funciona. Me parece muy chocante que esas grandes ciudades de izquierdas acojan a inmigrantes para tener esclavos que les lleven el Uber Eats por la noche, mientras están en el sofá viendo Netflix. Es la esclavitud moderna organizada por la izquierda. Es un poco paradójico, lo sé.
Me recuerda una definición del confinamiento en la pandemia: “gente de clase media escondida en casa a la que gente de clase trabajadora le llevaba la comida”.
Sí, es eso. Y es muy chocante. Por eso digo que la izquierda de hoy no tiene nada que ver con la que conocí de joven, anclada en el proletariado, en la cuestión social. Siempre recuerdo que en 1980 el Partido Comunista estaba a favor de regular los flujos migratorios. Y en lugares donde la izquierda se mantiene en Europa, en Dinamarca por ejemplo, los socialdemócratas aceptan la idea de que hay que regular los flujos migratorios, y la extrema derecha se hunde. Cuando uno se hace cargo de esa cuestión, se convierte en una cuestión banal. Lo es en todas partes, salvo en los ambientes intelectuales. Hay un hundimiento de los ambientes intelectuales. Y aunque me gustan, es una gran decepción: sobre todo la incapacidad de pensar por uno mismo, al margen de un discurso ideológico. La ideología es la peor de las catástrofes.
Yo veía estas manifestaciones como algo que podría influir en las elecciones, pero para usted la crisis es más profunda.
Sí, mucho más profunda. Es una mecánica autónoma respecto a los acontecimientos, anclada en treinta años de desindustrialización. Tenemos un nivel de industria inferior al de Grecia. Es una catástrofe. España ha adelantado a Francia en materia industrial, Italia también. Hay un hundimiento total de lo que era el mundo del trabajo en Francia. La gente lo ha entendido y quiere un cambio radical del sistema. Eso es lo que crea una dinámica, no los acontecimientos. De hecho, creo que lo ocurrido este fin de semana ha reforzado aún más el voto a Reagrupamiento Nacional. Es casi seguro. Esa es otra paradoja: la extrema izquierda ayuda a la extrema derecha.
[Imagen: Cortesía Taurus.]