Foto: Alfonso Manzano. Clasos via ZUMA Press

Elton John y el arte de seguir sonando

De paso por la Ciudad de México en su gira de despedida, Elton John recorrió, con dedos ágiles y buena voz, un repertorio surgido de su talento para combinar géneros y sonidos, homenajes y descalabros, en canciones memorables.
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Para Ale, que deseaba oír “Sacrifice” en vivo.

Quizás pequé de didáctico: mientras nos dirigíamos en coche rumbo al Estadio Azteca para encontrarnos con Sir Elton John, el pasado 3 de octubre, quise que mis hijos, veinteañeros, escucharan Leon Russell and the Shelter People, de 1971, segundo disco del legendario Leon Russell. Igual podía haberles recetado algo de Little Richard, Jerry Lee Lewis, Ray Charles, Dr. John, The Beach Boys, Randy Newman o hasta Cole Porter que se hallan, de uno u otro modo, en la música del inglés. Si Elton John se ha mantenido en el gusto masivo es porque supo amalgamar la rica tradición de la canción popular estadounidense y, como lo hizo la Invasión inglesa, devolverla al nuevo continente –y luego, a todos los rincones del planeta– con su toque particular. En el revelador documental Tantrums & tiaras (1997), dirigido por David Furnish, esposo de Elton John, el primero le pregunta al segundo: “¿Imaginas un día en el que no se escuche música de Elton John?”. Sin pensarlo, el pianista responde: “No”.

El oropel, los excesos, el arrollador éxito comercial, lo accesible de sus piezas y la fácil memorización que permiten sus baladas volvieron a Elton John un blanco fácil para los seguidores de las corrientes que estallaron a fines de los 70. Frente al punk, la new wave, el dark y el post punk, la impecable música pop del pianista y cantante resultó conservadora, cómoda, sin riesgo ni filo. Guardadas las distancias, Elton John había tenido en sus inicios una búsqueda de identidad similar a la de David Bowie: ambos fueron cantautores, folkies y medio hippies, hasta que se decantaron por sus personas glam, con las que alcanzaron el megaestrellato y la gloria.

Los así llamados “años clásicos” de Sir Elton John, que van de 1970 a 1975, son de grabaciones que no desmerecen frente a las mejores de The Beatles y George Martin, con el productor Gus Dudgeon y el arreglista Paul Buckmaster (ambos, por cierto, colaboraron con David Bowie en “Space Oddity”) delineando piezas memorables.

Y ahí estoy, en el Coloso de Santa Úrsula, con tres capas de ropa para defenderme de una lluvia que nunca nos maltrató durante las dos horas que duró el concierto, coreando “Tiny dancer”, “Rocket man”, “Someone saved my life tonight”, “Don’t let the sun go down on me” y “Your song”. Y no soy el único: muchos, aún más jóvenes, por lustros y décadas, también lo hacen. La balada, nacida en Europa en el siglo XIV como una forma de canto y poesía corta y narrativa que repite un estribillo, se niega a morir. Sigue siendo el vehículo musical más popular en todas las latitudes y Elton John es un maestro de la forma. También le reconozco el talento para sublimar y transformar eventos, accidentes y descalabros personales en ejemplos paradigmáticos de torch song, como “Sorry seems to be the hardest word” o “Sacrifice”, que nos quedó a deber en estos conciertos.

Le gana el sesgo y el prejuicio a quien no reconoce la versatilidad, el gusto y el oído omnívoro para incorporar diversos géneros y corrientes musicales (blues, R&B, soul, country y rock’n’roll) en melodías que difícilmente te dejan callado o inmóvil. “Bennie and the Jets” (banda tan célebre, mítica y etérea como The Spiders from Mars o The Sultans of Swing) también es un soul acompasado con falsete negroide y coro infeccioso que nomás no se desgasta. “Honky cat” tiene el espíritu y la gracia de las mejores piezas de Scott Joplin. No hay que olvidar que la gran música que el tándem Elton John-Bernie Taupin hizo en los años 70 abrevó en gran medida de la imaginería cinematográfica del western (una pasión que Taupin se tomó muy en serio, al grado de convertirse en cowboy, poseer un rancho y criar caballos, como lo relata en Scatershot: life, music, Elton & me, de 2023).

Por encima de todo, Sir Elton John y tres de los músicos que lo han acompañado por décadas (el guitarrista Davey Johnstone, el baterista Nigel Olsson y el percusionista maravilla Ray Cooper) saben roquear. “Funeral for a friend / Love lies bleeding”, que no solo abre la obra maestra discográfica del pianista –Goodbye Yellow Brick Road, de 1973, que aportó cinco canciones a sus conciertos del fin de semana– sino que inaugura de manera habitual todas sus presentaciones, es un acabado ejemplo de rock orquestal, monumental, wagneriano, que se transforma en sentida elegía para terminar como rabioso y despechado reclamo amoroso, con el mejor ritmo del hard rock de los 70 y voz y guitarra eléctrica en plan de pregunta y respuesta.

En estos conciertos chilangos, Sir Elton John acometió al hilo tres rolas de energía rocanrolera y garra irreprochable: “The bitch is back”, “Crocodile rock” y “Saturday night’s alright for fighting”. La primera es funky y mordaz (ha tenido revivals gracias las series televisivas Glee y Off campus); la segunda es claro homenaje a Little Richard y Jerry Lee Lewis con un coro elemental, pegajoso y “lalaleable”; y la tercera es una bomba que podría haber ideado un Pete Townshend en su cénit mod.

El Sir Elton John para Disney no apareció en estos conciertos y así brillaron por su ausencia “Circle of life” y “Can you feel the love tonight”. Si la del sábado hubiera sido noche de complacencias, este comentarista habría solicitado “Pinball wizard” (es Townshend, pero Elton la hizo suya), “Island girl”, “Philadelphia freedom” y, aunque mis amigos más exquisitos y malotes me apliquen pamba con picahielos, “Don’t go breaking my heart”.

En medio de corrientes musicales que amenazaban con volverlo irrelevante y borrarlo del escenario de la cultura popular, el inglés salió con “I’m still standing” en 1983, que sigue estimulando baile y coros; mucho después, en 2021, Dua Lipa y el trío australiano Pnau, con “Cold Heart”, también ayudaron a que Elton se mantuviera presente entre las nuevas generaciones y en el entorno musical pandémico y post pandémico.

Condena de las estrellas es verse obligadas a revisitar una y otra vez en sus conciertos sus grandes éxitos, los de mayores ventas, amplia difusión radiofónica y que exige el gran público. Quizás para ejemplificar sus amplias capacidades como compositor y ejecutante, el inglés desempolvó “Have mercy on the criminal”, incluida en Don’t shoot me I’m only the piano player, álbum de 1973; un intenso blues que podrían haber firmado Ray Charles, Leon Russell o Dr. John y que muestra el talento y versatilidad del binomio John-Taupin.

Esa misma maldición, si no exagero con el término, podría explicar que salvo la ya mencionada “Cold heart”, que es un certero bicho dance, no haya interpretado en estos conciertos más canciones de su producción de este siglo. Desde Songs from the west coast (2001) hasta Who believes in angels? (2025), que recién hizo con Brandi Carlile, Sir Elton John transita un período de madurez con producciones más que dignas y un adecuado maridaje musical con los apuntes de Taupin.

Particularmente recomendable es el álbum The union, que Elton hizo con Leon Russell, y con el que lo resucitó profesionalmente. Considerado por Rolling Stone el tercer mejor álbum del 2010, fue, también, el que logró mejor posición en las listas de popularidad para Russell desde Carney, de 1972. “If it wasn’t for bad”, una de sus piezas, fue nominada al Grammy en la categoría de mejor colaboración pop no instrumental. Así le agradeció Elton a Russell su admiración e influencia. Seis años más tarde, a los 74 años, el pianista estadounidense fallecía.

El sábado vi a un artista de 79 años con buena voz y dedos ágiles, que jugueteaba con imaginación al extender sus piezas en el teclado y agradecía de pie tras cada canción. Apenas tuvo que retirarse unos minutos por un malestar atribuible a la altura de la capital. También registré beisbolistas, anteojos, estolas y patos. 

La amena y exitosa biopic Rocketman (Dexter Fletcher, 2019) ficcionalizó el pasaje en el que cobró forma “Your song”, composición insignia de John y Taupin y con la que el pianista cerró sus presentaciones en México al encender luces y sumar miles de gargantas. En la película, Bernie le entrega a Elton el manuscrito con la letra y al poco rato ya ha tomado forma la canción.

Mientras la escucho en ese templo futbolero y miro a mis hijos entonarla, recuerdo el pasaje de Yo, la autobiografía de Elton John (Reservoir Books, 2019), en el que rememora su primera presentación en el Troubadour de Los Ángeles. Se trata de su primera visita a Estados Unidos, impulsada en buena medida por el éxito de “Your song”. Al ver hacia el público, John se percata de que en la segunda fila está Leon Russell. No había localizado la galaxia de artistas que le habían dicho que estaría, pero a él no puede dejar de verlo. “Tenía un aspecto increíble –cito ahora al cantante–, con una gran mata de pelo plateado y una barba larga que enmarcaba su rostro duro e impasible. […] Tenía que calmarme. Tenía que hacer algo para olvidar que Leon Russell me miraba. […] Cuando todo acabó, me vi en medio de la atmósfera viciada de un camerino abarrotado, aturdido. Había salido increíblemente bien. […] Periodistas. celebridades. Quincy Jones. La mujer de Quincy Jones. Los hijos de Quincy Jones. Parecía haber venido la familia completa. Yo no podía asimilarlo todo. De pronto me quedé paralizado. […] Vi a Leon Russell en la puerta. Empezó a abrirse paso a través de la gente en dirección a mí. Su rostro era tan duro e impasible como me había parecido desde el escenario: no daba la impresión de haber pasado la mejor noche de su vida. […] Me estrechó la mano y me preguntó qué tal estaba. Su voz tenía un ligero acento de Oklahoma. Luego me dijo que acababa de dar un gran concierto y me preguntó si quería hacer una gira con él.” La noche estaba completa. Elton y Leon se daban la mano.

Y a casi medio siglo de distancia, por el rumbo de Santa Úrsula Coapa, el Capitán Fantástico nos decía a mis hijos, a mí y otras 87,000 almas: “Esta canción es de ustedes”. Ya lo sabíamos, pero aún así, nos la llevamos a casa. ~


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