Los estudiantes franceses reclamaban profesores suficientes, instalaciones dignas y horarios menos sobrecargados. También cuestionaban Parcoursup, la plataforma de ingreso a la educación superior. Las demandas estaban relacionadas: debían competir por un lugar universitario mientras estudiaban en condiciones insuficientes y desiguales. Detrás del malestar había una pregunta reconocible para cualquier familia: ¿cómo prepararse para salir adelante si la escuela incumple su parte?
El 21 de septiembre comenzó un bloqueo en un bachillerato de Créteil. El 24 y el 25, las protestas afectaban ya a unos sesenta planteles de la región parisina; para el 29, la convocatoria buscaba extenderse a todo el país. En quince días, el conflicto alcanzó dimensión nacional. Las intervenciones policiales alimentaron la indignación. El 6 de octubre, frente al bachillerato Hélène-Boucher, padres, profesores y representantes públicos se colocaron entre estudiantes y fuerzas de seguridad. Las familias habían hecho suya la protesta.
La escalada muestra cómo una falla escolar puede llegar a poner en entredicho la confianza en las autoridades. Perder clases significa prepararse peor para competir por una oportunidad. Los padres reconocen esa pérdida: llevan años pidiendo a sus hijos que estudien para construir una vida mejor. Cuando las instituciones dificultan ese recorrido, también queda en entredicho el consejo que organiza los sacrificios familiares.
En España, la vivienda expone una fractura semejante. Conseguir empleo puede dejar pendiente algo tan elemental como salir de casa de los padres. El gobierno reconoció esa dificultad al presentar, el 6 de octubre, veintiún medidas de vivienda y señalar el ahorro para la entrada hipotecaria como un obstáculo para la emancipación juvenil. La presión política nace de esa distancia entre cumplir con lo esperado y poder vivir como se esperaba.
México debería prestar atención. La promesa de ascenso social tuvo aquí respaldo en la experiencia de numerosas familias. Antes de los años ochenta, las grandes ciudades ofrecieron oportunidades de mejora ocupacional incluso a personas con poca escolaridad. El progreso fue desigual y dejó a muchos fuera, pero permitió que los hijos alcanzaran condiciones que sus padres no habían conocido. “Estudia para salir adelante” describía una posibilidad que podía comprobarse entre vecinos y parientes.
En México se heredan las desventajas y también las ventajas. Según el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, de cada cien personas nacidas en el 20% de hogares con menos recursos, 73 no superan la pobreza por ingresos en la edad adulta. El origen también protege arriba: de cada cien personas nacidas en el 20% más acomodado, 51 permanecen en ese grupo y apenas una desciende al más bajo. Son dos expresiones del peso de la cuna: las dificultades para superar la pobreza y la protección de una posición privilegiada. Hablar del mérito sin reconocer esas diferencias convierte las ventajas de nacimiento en supuestas recompensas al esfuerzo
Estudiar conserva valor. Según Compara Carreras 2026, del IMCO, los profesionistas ganan, en promedio, 74% más que quienes terminaron el bachillerato. Entre 2020 y 2025, su ingreso real promedio aumentó 10%. Conviene decirlo frente a quienes anuncian la inutilidad de los títulos. Pero esa ventaja plantea otra obligación: abrir posibilidades de progreso para quienes no pudieron cursar una licenciatura. Una sociedad no puede ofrecerles como destino la mera subsistencia.
El 13 de octubre, CLAP, organización de la sociedad civil encabezada por Diego Alcázar y dedicada al desarrollo de centros comunitarios de aprendizaje para adolescentes y jóvenes de zonas vulnerables, presentó el reporte APUNTA CDMX. Su contribución permite discutir las escaleras sociales desde las oportunidades laborales disponibles: qué puestos existen, cuánto pagan y qué capacidades requieren. La pregunta es pertinente: ¿hemos concentrado tanto la expectativa de ascenso en el título universitario que descuidamos las demás trayectorias?
Los datos presentados muestran la dificultad. De cada cien vacantes analizadas en Ciudad de México, 41 ofrecen más de trece mil pesos mensuales, la referencia de ingreso digno utilizada en la presentación. Entre las dirigidas a jóvenes sin licenciatura, alrededor de 17% superan esa cantidad y apenas 4% alcanzan dieciocho mil. Conseguir trabajo puede resolver la urgencia de cobrar un sueldo sin permitir construir una vida independiente.
APUNTA también identifica posibilidades: el 23% de las vacantes analizadas no exige licenciatura y ofrece más de diez mil quinientos pesos; más de la mitad de ese conjunto se concentra en once trayectorias. Además, 73% de las trayectorias mejor pagadas identificadas requiere habilidades digitales. Saber utilizar hojas de cálculo o sistemas para administrar clientes puede abrir una puerta. La cuestión siguiente es hasta dónde permite avanzar.
Defiendo ampliar esas vías de ascenso. Los centros de formación deberían publicar cuántos egresados consiguen empleo y cómo evolucionan sus ingresos. Las empresas tendrían que revisar requisitos universitarios innecesarios, ofrecer experiencia pagada y establecer qué debe aprender un trabajador para ascender. La formación técnica debería reconocerse al continuar estudios superiores. Diversificar las trayectorias sería una trampa si reserváramos carreras largas para los acomodados y cursos breves como destino definitivo para los pobres.
Tampoco podemos depositar toda la responsabilidad en la capacitación. Una persona puede aprender lo requerido y encontrar únicamente puestos mal pagados. El éxito de una política de movilidad debe comprobarse en la posibilidad de mejorar y sostener esa mejora. Una beca, una constancia o una primera contratación son pasos importantes; necesitamos saber qué ocurre después. ¿Aumentó el ingreso? ¿Hay estabilidad? ¿Puede seguir aprendiendo y asumir mayores responsabilidades?
En su artículo “La factura del populismo”, Jorge Suárez-Vélez recuerda que las promesas públicas necesitan financiamiento. Comparto esa exigencia. También necesitamos examinar qué oportunidades producen los recursos invertidos. Una política que administra la precariedad sin abrir caminos de progreso deja intacta la razón del descontento.
Francia muestra cómo las carencias educativas pueden reunir agravios y llevarlos a las calles. España recuerda que el empleo puede resultar insuficiente para alcanzar una expectativa básica de vida. México arrastra su propia promesa pendiente: que el lugar de nacimiento deje de decidir hasta dónde se puede llegar. La confianza democrática también depende de esa posibilidad. Pedirle paciencia y esfuerzo a una generación nos obliga a ofrecerle algo más convincente que una explicación de por qué tendrá que conformarse. ~