Carta desde Lima. Una noche de cachascán

En el corazón del distrito limeño de Surquillo, una casona centenaria alberga desde hace ocho años el show ‘Gladiadores’, peruanísimo espectáculo de lucha libre que entre golpes coreografiados, nostalgia setentera y fervor barrial, sobrevive como honesto y brutal espectáculo de identidad urbana.
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En el barrio que rodea la municipalidad de Surquillo hay de todo. La comisaría abandonada a la vuelta, talleres de mecánica compartiendo la calle con chifas, bodegas, farmacias, billares de puerta estrecha y vecinos tomando cerveza en la vereda. Y en el número 153 del jirón Manuel Irribarren se levanta el Danzak arena, una vieja casona centenaria que en sus años mozos alojó a los notables del distrito reunidos en la Sociedad Ramón Castilla, en honor al presidente peruano que gobernó a mediados del siglo XIX. Ahora lo administran los vecinos dedicándolo a eventos varios: matrimonios, alguna fiesta de cumpleaños, un velorio. Y un sábado cada mes, aloja un espectáculo de patadas voladoras, candados y machetazos al pecho del oponente. Gladiadores es un espectáculo que, sin llamar la atención, ya lleva ocho años viviendo del golpe. 

Atravesando los cortinajes llegamos al ring. Las bancas de las primeras filas están reservadas con nombre. Es el público que cada mes goza con vivir de cerca el vuelo de los combatientes sobre ellos. Me ubico en la tercera fila y pronto el anunciador proclama la primera pelea: Alex Godfrey, representante del distrito de La Planicie, es uno de los favoritos del público aunque hable como pituco. Como la pelea juega con la temporada del Halloween, llega caracterizado como Bandana Man, disfraz que le permite engañar al juez que lo había expulsado en la pelea del pasado septiembre. 

Como en cualquier arena repleta, iluminado por modestos fluorescentes, el público lleva la voz cantante. Exige, demanda, pifia las decisiones del juez. Puede hacer lo que quiera mientras no toquen al luchador, la única prohibición esa noche. Atento a las patadas rápidas y consecutivas en la cara del rival, a los golpes directos propinados con la bota, con los sonoros golpes secos con la palma abierta contra el pecho del oponente, vuelvo a sentirme ese niño que veía el cachascán transmitido las noches de los martes por la televisión desde el Coliseo Amauta, la llamada época dorada del cachascán peruano con el recordado Max Aguirre como promotor, que floreció hasta que la dictadura militar decidió prohibir la televisación del espectáculo y con ello sentenció la caída a la lona del negocio. En efecto, buena parte del público acude sintiendo nostalgia setentera, sintiéndose dentro de una bizarra entrega del Santo donde te sirven platos de causa rellena con tu cerveza en el entretiempo. El público más joven, liberado de cualquier añoranza, llega por su vínculo con el wrestling, término gringo con el que crecieron las generaciones siguientes. 

Aquí hay lucha

En los últimos ocho años, el productor Mingo Govea Souza ha trabajado la organización de Gladiadores con rigurosa pasión. Para él, cada noche de peruanísimo cachascán significa recuperar una manifestación, actual y urbana, de nuestra cultura tras su casi desaparición en la década del noventa. Su regreso, sin embargo, supuso profundos cambios, tanto en su intensidad como en la pérdida de la inocencia del público. “La gente ha entendido que este es un espectáculo al cual debes venir con la mente muy abierta, dispuesto a meterte dentro del drama. No es como antes, en que se podía convencer al público de que las peleas eran algo real. Ahora ya conocen cómo funciona este negocio, que hay detrás un guion. Eso hace que la gente disfrute el show de una manera distinta”, me cuenta. Y a pesar de saber del truco, la gradería enloquece. 

Sin embargo, hay algo que no cambia: el riesgo. También permanece lo esencial: la huella del barrio, las contradicciones de la ciudad. Un sábado del mes se reedita el rito de las máscaras y el impacto de las carnes que chocan. Con el tiempo se ha vuelto cada vez más peligroso y más profesional. Más bien, lo que el público debate es si duele o no duele. Y vaya que deben doler los golpes recibidos en la pelea del último sábado. Se trata de un arte, a caballo entre el circo y el teatro, en que se intenta dominar al oponente a través de una violencia coreografiada. Esa tarde, León Negro, peleador proveniente “de algún lugar de la selva”, ha pateado duro a Bad Boy Jr. Alcanzando una altura que da miedo, DeLaVega aplicó una doble patada desde la tercera cuerda contra Kaiser y Reptil, uno de los mejores créditos locales, que volvió al Perú tras varias temporadas luchando a tiempo completo en la liga chilena. 

Siempre he creído que la lucha libre es fundamental y políticamente incorrecta. Se aprovecha de los estereotipos más básicos cogiendo elementos muy locales: la pelea del blanco contra el cholo, la presencia del político alucinado, el chico que se siente de menos frente al luchador más experimentado. El enfrentamiento entre el bueno y el villano debe ser claramente identificado. Ellos se enfrentan no solo en la arena sino fuera de ella: hay todo un melodrama ya escrito tras las patadas y estrangulamientos. Mingo me explica: “Nosotros siempre decimos que un luchador puede ser muy bueno en el ring, pero si no cuenta algo, la gente dejará de prestarle atención. Por eso tenemos un equipo que va desarrollando una historia”. Así, se van tomando decisiones sobre hacia dónde llevar las historias, como se hace en el teatro una creación colectiva: un luchador intentará ganarle el campeonato a otro, pero en el camino también le robará la pareja, por ejemplo. Son lineamientos muy generales, nada muy estricto, lo suficiente para apuntar la ruta que el show seguirá los siguientes meses. El día que terminas una historia se está contando la siguiente.

Terminada la función, la gente más gritona suele ser la más amable cuando termina el show se acercan a felicitar a los luchadores. El llamado meet and greet resulta un agradecimiento del público tras la intensa experiencia. Han gozado con las patadas y el melodrama, pero quizás el agradecimiento mayor radique en que en estos tiempos de posverdad, políticos cínicos, y una consolidada cultura de la hipocresía, el cachascán resulte uno de los refugios más honestos y verdaderos para guarecerse una tarde de sábado. 


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