El 15 de octubre pasado, el politólogo Daniel W. Drezner publicó en Substack una lectura sobre el momento político en Estados Unidos. La llamó “el momento Wile E. Coyote”, por el –ya saben– tísico cánido que persigue al Correcaminos en vano, porque fracasa una y otra vez, así intente tirarle encima un ferrocarril o una montaña derrumbada con toneladas de dinamita ACME.
Drezner usa al Coyote para hablar del momento político del Partido Demócrata en las elecciones de medio término del 3 de noviembre: ¿se viene una blue wave, un tsunami Dem que derrote a Donald Trump o estamos al borde de otro ataque de nervios por otro episodio masivo de autosugestión colectiva? Drezner dice que hay algo que atender en el Coyote: él seguía corriendo unos metros después de haber dejado atrás el filo del precipicio, apenas sostenido por la inercia, y entonces miraba a cámara y, con un rostro de “¿otra vez sopa?”, se despeñaba vencido por la gravedad hasta estrellarse con un ¡puf! y un hongo de polvito incluido.
Yo odiaba la confianza indiferente del Correcaminos y sufría por la derrota permanente del Coyote, mi perdedor favorito. Porque nunca dejaba de intentar, lo que significa que sufría de un mal permanente: a pesar de la evidencia, jamás dejaba de confiar. Y la confianza es traicionera.
Ay-ay-ay: yo quiero confiar. Porque quiero ser un Coyote con suerte y comerme al Correcaminos Don The Con. Motivos para la confianza, parece, debería tener: no pasa día en que alguien en los medios y las redes no mencione la paliza que se avecina a Trump. Las últimas encuestas nacionales muestran una ventaja demócrata en el voto para el Congreso que supera los ocho e incluso diez puntos porcentuales. Incluso roza los dígitos dobles en agregadores de prestigio como On Point Politics y RealClearPolling. Una encuesta de The New York Times con Siena College realizada a mediados de octubre daba a los Dems una ventaja de 11 puntos. Reuters/Ipsos, doce. Y hay fisuras inéditas en el mapa electoral: el Partido Republicano ha perdido mucho pie en Ohio y Iowa –que Trump ganó en 2024 por 11 y 13 puntos– y puede ceder asientos senatoriales incluso en Texas y Kansas. Los encuestadores ya casi no tienen prurito en decirlo: la Cámara de Representantes quedaría bajo control demócrata con una muy holgada mayoría y el Senado también podría volverse decididamente azul. Y, sin embargo, yo sigo viendo al Coyote patalear en el aire –y puf.
En verdad, uno quisiera compartir la euforia. Es necesaria. Estoy harto del cinismo, ignorancia, mala leche y estupidez de Trump. Su corrupción es tan absoluta que nada más un ciego o un necio no pueden verla. Puedo ver el tejido democrático de la nación deshilachándose hasta no sostener nada si no hay un correctivo para los próximos dos años, porque las costuras están al límite. El último informe del Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo catalogó el deterioro institucional de Estados Unidos como un proceso de autocratización acelerada sin precedentes en una democracia desarrollada. Trump erosionó las instituciones al extremo que, en apenas doce meses, el país fue degradado por V-Dem de “democracia liberal” a “democracia electoral”, un espacio gris donde conviven la casi totalidad de las naciones latinoamericanas. Politización del Departamento de Justicia, purga de la burocracia profesional, intimidación abierta al Poder Judicial y a la prensa. Violencia de Estado, persecuciones explícitas. El ICE actuando como una Gestapo del siglo XXI, deteniendo inocentes, deportando a quien se le ocurra, asesinando ciudadanos. Tráfico de influencias, extorsiones abiertas, corrupción sin prejuicios. El prestigio de Estados Unidos se ha desplomado: encuestas globales como las del Pew Research Center confirman que la imagen del país está en mínimos históricos, superada en confianza geopolítica por potencias autoritarias como China en varios países de Europa y América Latina. ¿Cómo va a seguir cayéndose el Coyote con todo esto? ACME tiene que funcionar, al menos una vez.
Insisto: quiero entusiasmarme. Pero no puedo. Apenas miro las encuestas, se enciende el motor escéptico que alimento a diario a café y tocino. No puedo confiar: tengo un archivo de desilusiones hechas con márgenes de error electoral. Las encuestas fallan. Lo hicieron con estrépito cuando daban por sentada la victoria de Hillary Clinton en 2016, volvieron a infravalorar el voto conservador en las legislativas de 2018 y en las presidenciales de 2020, e incluso en 2024 se quedaron cortas para capturar la magnitud real del apoyo a Trump.
Que las encuestas fallen es la dinamita ACME del Coyote y el Coyote somos nosotros que no comprendemos por qué los números que debían dar, no dan. Los sesgos sistemáticos de los últimos diez años en las encuestas no han sido anomalías estadísticas aisladas: los especialistas electorales los ven como síntomas de una transformación estructural en el comportamiento de los encuestados. Estudios rigurosos del Pew Research Center y de la American Association for Public Opinion Research (AAPOR) revelan que el fallo metodológico se ha acentuó durante la era del populismo trumpista. ¿Por qué? Una combinación de factores: la fragmentación del consumo mediático en redes sociales, la desconfianza ciega de la base de Trump hacia las instituciones –incluidas las empresas encuestadoras, a las que rechazan responder o a las que, y quizás ya no sea anecdótico, mienten– y el fenómeno del “voto vergüenza” o la no respuesta selectiva, donde el votante prefiere ocultar su intención ante la amenaza de sanción social en su entorno familiar o laboral.
Pasa que nosotros, pequeños Coyotes, damos por hecho que las encuestas miden una realidad, cuando nada más reflejan una disposición a votar algo en un momento determinado. Y que ese momento sea diez días o una semana antes de una elección, en tiempos polarizados, puede traducirse en cambios inesperados. Porque es preciso ser realistas: estar enojado con Trump –incluso muy enojado– no implica una traslación a votar efectivamente contra Trump. Alguien puede desfogarse en una encuesta, sentarse en la mesa familiar con sus tíos MAGA y el martes 3 de noviembre ponerse en la fila y colocarse la gorra roja.
La historia política de Estados Unidos demuestra que cuando un electorado siente que su líder carismático está bajo amenaza, las métricas de participación tradicionales se quiebran. Los politólogos saben que el votante populista no actúa impulsado por la evaluación racional de políticas públicas, sino por lealtad identitaria, y que tiene que haber una ruptura fundamental en la relación con el Amado Líder para que un votante hardcore o un independiente de centroderecha –que los Dems necesitan más que el Coyote a ACME– cambie de colores. Trump no es un candidato convencional sino el catalizador de una pasión política defensiva, y eso cuenta. La participación en las elecciones de 2016, 2018, 2020, 2022 y 2024 muestra una constante entre los republicanos: los conservadores se movilizan de forma masiva si cree que “las élites” intentan desplazar a su figura tutelar. El likely voter –quien tiene un alto historial de participación– y el core voter de la base de un partido son cruciales en 2026, tanto si son independientes como si son republicanos. En el grupo del core está la reserva militante de Trump, su combustible oculto, el que le da la plataforma: suelen ser votantes de baja propensión participativa que ignoran las elecciones locales pero acuden en gran cantidad al llamado del Amado Líder, haciendo temblar en las urnas la cristalería de cualquier modelo predictivo.
Los demócratasnecesitan movilizar a su propia base, capturar a la mayoría de los independientes y moderados y confiar en que un número de votantes de Trump se haya agotado de mentiras, corrupción y desmanejo. ¿Y saldrá, entonces, la gente a votar? Parece, espero, deseo. Solo tengo un argumento circular: las encuestas dicen eso; la evidencia dice que los republicanos salieron a defender a Trump cuando su Amado Líder peligró. ¿Y si no hay suficientes votos para recuperar la cordura? ¿Y si el enojo no es suficiente? Otra vez, antes hubo enojos, y Trump salió librado, especialmente la última ocasión. Tras perder en 2020, después de hasta promover un golpe de Estado, ser condenado por decenas de cargos penales en Nueva York y sobrevivir a múltiples escándalos que habrían sepultado a cualquier otro político, Trump volvió. Y ganó, incluso, el voto popular. El Correcaminos Don The Con volvió a esquivar la explosión del ACME electoral.
¿Se acabó ahora su magia? Parece, espero, deseo. Tiendo a creer que a Trump lo jubilará la senilidad, que incluso con un triunfo demócrata masivo nadie arriesgará un juicio político que anime a Trump a desatar una crisis civil. Pero, si acabó su encanto tóxico, ¿acaso eso garantiza que la gente irá a votar en un volumen suficiente como para convertirlo en un lame duck, un presidente sin mucho margen de movimiento? Nope. Existe la tentación de asumir que la indignación progresista se traduce, casi de forma automática, en votos efectivos, pero la fatiga democrática suele generar el efecto opuesto: cinismo paralizante. El mero rechazo al adversario es el cohete de propulsión del Coyote: se queda sin combustible, como siempre, justo encima del vacío.1
No quiero analizar en profundidad el temor postelectoral –y eso es qué puede pasar el 4 de noviembre–, no porque sea poner el carro delante del caballo, sino porque mi escepticismo me lleva a pensar que no hay carro ni caballo. Pero, ya que estamos, un par de líneas para no perder el “momento Wile E. Coyote”. Digo: si los demócratas consolidan una victoria en una o ambas cámaras del Congreso, la Casa Blanca abrirá un escenario de altísima volatilidad. No es una conjetura descabellada suponer que el gobierno de Trump recurra a vías ilegales o ejecutivas para impugnar los resultados, porque el Departamento de Justicia ya adelantó que no certificará los resultados de Alaska si no gana el candidato republicano2 y el gobierno está usando sus fuerzas parapoliciales de migraciones para amedrentar a activistas y ciudadanos. Trump sabe que una derrota lo coloca en el centro de una diana con cientos de ansiosos arqueros al frente.
¿Qué ocurriría si la Casa Blanca desconoce la validez de los escrutinios en distritos ajustados invocando supuestas irregularidades cometidas por votantes no ciudadanos? ¿Tienen los demócratas suficiente artillería financiera para una guerra de desgaste legal y político que resista un conflicto constitucional abierto en la Corte Suprema? La transición del Poder Legislativo podría no ser un acto protocolario en enero, sino una batalla institucional cuerpo a cuerpo en los tribunales. No hay malos agüeros: un gobierno tramposo como el de Trump nada más precisa una protesta callejera para denunciar alguna forma de riesgo desestabilizador o terrorista, declarar una emergencia y echar al basurero de la historia los restos de la democracia estadounidense.
Lo que más me ocupa, mientras, es el desajuste. Suele haber una dolorosa distancia entre el deseo colectivo de restauración democrática y las dinámicas inflexibles de la realpolitik. Max Weber advertía sobre la necesidad de distinguir entre la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”. El ciudadano biempensante suele caer en la trampa de confundir el deseo moral con la mecánica del poder real. Las encuestas son analgésicos de expectativas,3 un espejo complaciente que promete que el orden institucional se restablecerá sin dolor. Es otro “momento Wile E. Coyote”: el dolor no se siente al caer, sigamos intentando perseguir lo que se escapa. ~
- El enojo por sí solo puede movilizar y hasta puede ganar, pero luego debe convertirse en burocracia administrativa que gestione el triunfo con un proyecto que sea algo más –mucho más– que evitar que Sauron vuelva al poder. ↩︎
- La razón es absurda: en la misma boleta donde figuran los cuatro candidatos de Alaska al senado, hay un independiente llamado “Daniel J. Sullivan Jr.”; el actual senador republicano que busca la reelección –y figura en la misma boleta– es “Dan S. Sullivan”. El gobierno de Trump sugiere que los demócratas “plantaron” a Daniel Sullivan en la campaña para que la gente lo vote confundida. The New York Times afirma que es cierto, pero que también “las tácticas de manipulación de votaciones son habituales en la política”, que ambos partidos “las han empleado en Alaska” y que, por lo general, “se consideran legales”. Más aun, Dan S. Sullivan es el único candidato con una inscripción, muy notoria, en la boleta: “Republicano registrado. Titular del cargo”. Mi hija de ocho años tiene argumentos más sólidos para defender por qué debe ver TV durante la cena. ↩︎
- Como si aventajar en una encuesta ya fuese arrasar en una elección, ¿para qué ir a votar si mi opinión nos dio ganadores? ↩︎