Como en textos anteriores que he escrito sobre el Festival Internacional de Toronto, mi lista de favoritas deja fuera películas que, tras ser premiadas poco antes en Cannes o Venecia, llegaron rodeadas de grandes expectativas que yo también tenía. Las excluyo por no parecerme de lo más memorable.
Las que dejo fuera este año tienen algo en común: sus directores habían hecho películas sobresalientes y muy superiores. Fueron, en esa medida, decepciones. Fjord, de Cristian Mungiu, Palma de Oro en Cannes, busca señalar excesos del progresismo, pero derrapa en la sobrecorrección: retrata una localidad noruega donde este ideario se ha vuelto dogma y caricaturiza a casi todos sus defensores. Ya que no es una sátira, esa asimetría debilita su crítica. All of a sudden, de Ryusuke Hamaguchi, me resultó tediosamente expositiva (pizarrón incluido), considerando que Drive my car y Evil does not exist confiaban en los tiempos de las escenas y los silencios de sus personajes. Y Possible love, de Lee Chang-dong, celebrada por la complejidad con que aborda las relaciones de clase, me pareció más obvia en su conclusión moral que Burning, donde la atracción mutua entre personas de estratos sociales opuestos se mezclaba con la envidia, la sospecha y el resentimiento sin resolverse del todo. Las películas merecen comentarios más elaborados, que haré cuando lleguen a cartelera. (La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, premiada por mejor dirección en Cannes y ganadora del premio del público en TIFF, queda fuera de estas menciones y de mi selección porque no logré verla durante el festival.) A continuación, mis favoritas de esta edición, sin orden de preferencia.
Wild horse nine, de Martin McDonagh
Pocos directores exploran la ambigüedad moral como McDonagh. En Wild horse nine, John Malkovich interpreta a Chris, un agente de la cia ligado a golpes de Estado y supuesto asesino de Kennedy. Nada de esto impide que, desde las primeras secuencias, provoque fascinación. McDonagh ya había logrado algo semejante en Three billboards outside ebbing, Missouri con el policía racista de Sam Rockwell: hacer crecer ante el espectador a un personaje condenable.
Aquí Rockwell es Lee, compañero de Chris y también golpista. Ambos llegan a Isla de Pascua meses antes del golpe contra Allende. Chris, desahuciado, quiere morir ahí y ha pedido a Lee que lo ayude, pero este debe decidir si cumplirá una orden de la cia que implica traicionarlo. Emerge así otro sello de McDonagh: la amistad profunda entre hombres que parecerían incapaces de ella.
Las cabezas de piedra gigantes de la isla atestiguan la transformación de ambos. El poema elemental que Chris escribe al animal del título no basta como muestra de redención, pero sí un acto final que involucra a una joven revolucionaria (Mariana di Girolamo). El estilo de Malkovich puede parecer una suma de tics, pero aquí da una interpretación tan honesta que vuelve conmovedora una frase como “habría preferido matar a menos gente y pasar más tiempo entre caballos”. Por este papel obtuvo la Copa Volpi en el reciente festival de Venecia.
Tender loving care, de Mike Leigh
El director de 83 años declaró que Tender loving care podría ser su última película. No lo dijo en plan fúnebre: padece miositis, enfermedad que reduce la movilidad y dificulta el rodaje. Aun así, cuesta no ver su película –sobre la pérdida de autonomía en la vejez– como algo que le resulta cercano. Amy (Kate O’Flynn), trabajadora social, enfrenta el declive repentino de su padre Geoff (Paul Jesson, estupendo), cuando empieza a perder la memoria. Leigh construye sus películas a partir de ensayos con los actores, un método especialmente apropiado para trazar la involución de Geoff: de hombre vital y bromista pasa a mostrarse arisco con su familia y a refugiarse en recuerdos lejanos. Su esposa, su hija y una amiga de Amy lo acompañan con paciencia mientras aceptan lo irreversible de su deterioro. La naturalidad de esas escenas permite a Tender loving care esquivar sentimentalismos.
Leigh no representa al mundo como un lugar apacible. La imagen final es el rostro de otro anciano con deterioro cognitivo, que antes había rechazado la ayuda de los servicios sociales y que carece de la red afectiva que rodea a Geoff. Ese remate revela a Tender loving care como una película sobre destinos opuestos.
Faith, de Paul Andrew Williams
Ya que tuvo su estreno mundial en TIFF, Faith llegó sin premios ni hype –y fue una de las películas que más permanecieron conmigo–. Situada en un pueblo obrero inglés, arranca con elementos del kitchen sink: una madre soltera, un empleo en una fábrica, dinero para vivir al día y noches de alcohol en el pub.
Gina (Erin Doherty) conoce ahí a Michael (James McAvoy), hombre amable pero extraño. Tras la muerte accidental de su hijo, se hunde en el duelo y en (más) alcohol. Michael la cuida y le ofrece algo que suena imposible: reencontrarse con el niño. Faith da entonces un giro: Michael se revela como un ente angélico y guía a Gina por un ritual de imaginería católica en el que bebe la sangre de Michael. La escena puede provocar rechazo y resultar piadosa a la vez. Por si las alusiones al Evangelio no fueran lo bastante literales, Williams muestra en la espalda de Michael cicatrices que sugieren alas perdidas.
Todo en Faith es audaz: el cambio de registro, representar un milagro religioso sin ironía ni distancia y hacer visible el cumplimiento de un deseo compartido por quienes han perdido a alguien demasiado pronto: tener unos minutos más para despedirse mejor.
Look back, de Hirokazu Koreeda
No vi Sheep in the box, con la que Kore-eda concursó en Cannes, pero leí reproches de sentimentalismo por parte de los críticos que cubrieron ese festival. Durante la primera hora de Look back, adaptación del manga homónimo de Tatsuki Fujimoto, me pregunté si la ternura calculada no se estaba volviendo un punto débil del director. La amistad entre Fujino y Kyomoto, niñas unidas primero por la rivalidad y luego por el manga, se estanca en una dulzura redundante.
Esto cambia cuando Kyomoto, ya adolescente y estudiante de arte, es asesinada por un psicópata que irrumpe en su escuela. Kore-eda entra entonces en territorio conocido, el duelo, pero pone el acento en la culpa del sobreviviente: una veta amarga que rescata a la película de la dulzura previa. Fujino piensa que, al sacar a Kyomoto de su encierro cuando eran niñas, puso en marcha la cadena que la llevó a la muerte. La mejor secuencia parece anunciar la recreación sangrienta del asesinato –algo ajeno a la sutileza de Kore-eda–, pero se revela como una fantasía en la que Fujino, dibujada como heroína de manga, logra salvar a su amiga.
Look back registra el paso del manga del dibujo manual al digital: el software permite añadir texturas, sombras y efectos antes ejecutados a mano. Kore-eda no presenta el cambio como decadencia, lo que lleva a cuestionar el prejuicio de que un artista debe dominar la técnica tradicional.
El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen
Hablemos del elefante en el cuarto: El ser querido tiene tantas semejanzas con Sentimental value, de Joachim Trier, que el propio Sorogoyen contó que estuvo a punto de abandonar su proyecto cuando vio la película del noruego. El ser querido, sin embargo, es menos un estudio del trauma familiar que de las dinámicas de poder que se superponen en un rodaje: director y actriz que además son padre e hija.
Esteban (Javier Bardem) convoca a Emilia (Victoria Luengo), su hija distanciada, para protagonizar su nueva película. En su conversación inicial desprecia el trabajo de Emilia en series que considera menores. Luego, durante el rodaje, le reprocha no dar a su personaje el aire de una mujer de clase alta o gesticular como alguien a quien “nunca le ha pasado nada”. Es evidente que busca desestabilizar a su hija; lo que no es claro es si, dirigidas a otra actriz, serían indicaciones legítimas o excesos amparados por su estatus de director. Bardem sostiene esa ambigüedad de manera formidable: nunca es del todo claro cuándo Esteban busca una mejor actuación y cuándo utiliza el rodaje para herir, controlar o acercarse a su hija.
El conflicto cristaliza en una escena de comedor que Esteban corta una y otra vez porque un actor no mastica “de verdad”. Esto provoca risas incontrolables entre los actores mientras Emilia enfurece. ¿Es la susceptibilidad de hija la que vuelve insoportables esas correcciones o cualquier actor tendría razón en rechazarlas? El ser querido apunta así contra cierta escuela de dirección –y las vacas sagradas que se amparan en ella– sin convertir el conflicto en denuncia simple.
Musk, de Alex Gibney
Dudé hasta el último momento si dedicar cuatro horas a un documental sobre un hombre tan poco carismático. Mi única garantía era el trabajo previo del director. Fue un acierto: Gibney valida la impresión de vacío que proyecta Musk y plantea la pregunta central: cómo alguien que no parece guiado por principios rectores llegó a acumular tanto poder.
Una posible respuesta está en la leyenda de inventor visionario. Gibney recuerda que Musk no fundó Tesla y devuelve crédito a sus ingenieros. Sugiere también que, al encumbrar figuras, el público les da carta blanca para presentar como posible algo que aún no lo es. El caso más grave son los autos de conducción autónoma: Musk muestra escenas espeluznantes de accidentes causados por sus fallas.
La película va de sus proyectos tecnológicos a su misión de crear una “legión” de hijos. Como Musk se negó a ser entrevistado, Gibney creó un avatar digital suyo a partir de declaraciones reales: un guiño al futuro de simulaciones que él mismo anuncia con entusiasmo.
Mientras el avatar resulta verosímil, la realidad da a Gibney escenas como la de Musk blandiendo una sierra eléctrica –regalo de Javier Milei– para simular el desmantelamiento de la burocracia. (Alguien nunca oyó hablar de Leatherface.) Al final, Nikhil Kamath le pregunta qué beneficio tendría la “conciencia colectiva” que Musk atribuye a X. El visionario balbucea, divaga, balbucea de nuevo y responde algo absurdo. Vaya atisbo del futuro. ~