Hace un par de semanas apareció el que será el número final de la revista Vuelta, lo cual debería ser un motivo de reflexión y análisis. Me gustaría decir que he leído algunos ensayos interesantes, alguna discusión crítica o, cuando menos, el saludo respetuoso a una extraordinaria aventura intelectual. No ha sido así y, aunque concedo que ha pasado poco tiempo, me alarma este silencio injusto. No porque Vuelta necesite panegíricos, sino porque no quisiera que esto fuese una señal de apatía e indiferencia de nuestra comunidad. La televisión y los periódicos resaltan con frecuencia hechos minúsculos, revuelos artísticos que duran una noche, declaraciones pomposas de personajes invisibles. Los medios de comunicación actuales exigen constantemente noticias y convierten en tales los sucesos más triviales y efímeros. Entiendo que no siempre es fácil separar el trigo de la paja, pero es una obligación de todos intentarlo y crear así una versión significativa de nuestro presente. Por eso voy hablar, sin levantar demasiado la voz, de la revista Vuelta.
Su primera originalidad es haber durado veintidós años, de 1976 a 1998. Las revistas literarias –en el sentido amplio de la palabra literatura– suelen vivir mucho menos, ya sea por razones económicas, ya sea porque los grupos que las constituyen se disgregan o muchas veces por agotamiento de los programas estéticos e intelectuales que las motivaron. También, por supuesto, hay otra razón fundamental: que este tipo de publicaciones, en la mayoría de los casos, están organizadas por escritores sin experiencia alguna en el mundo empresarial. Por eso han siempre buscado un mecenas, sea institucional o con nombre propio. Se acaba la protección y se termina la revista. Pues bien: Vuelta continuaba la revista Plural, que fue una publicación de Excélsior. Cuando le cortaron la cabeza a Julio Scherer, quienes hacíamos Plural –Octavio Paz a la cabeza– decidimos fundar otra revista. Pero ya habíamos aprendido la lección: era necesario ser independientes, organizarnos como una pequeña empresa y todavía hoy me parece un milagro que lo lográramos. En esa época, no lo olvidemos, se consideraba imposible que una revista literaria pudiese sobrevivir de la venta, de los anuncios y, en nuestro caso –sobre todo al principio–, de la generosidad de tantos amigos. El relato de cómo se reunió el capital inicial no solo es divertido, es también el testimonio inolvidable de un fervor literario y cívico. Algún día habrá ocasión para narrar con máximo detalle este episodio ejemplar.
Si sumamos los años de Plural a los de Vuelta, alcanzamos los veintisiete, que, bajo cualquier criterio, es realmente asombroso.
No recuerdo en México un caso semejante y en Hispanoamérica solo podría citar a la benemérita Sur de Buenos Aires. Vuelta, por cierto, tuvo la fortuna de contar con los más célebres colaboradores de Sur: Jorge Luis Borges, José Bianco y Adolfo Bioy Casares. Lo cual lejos de ser raro es precisamente la prueba de las afinidades profundas entre determinados grupos de escritores, que se reconocen y se acercan no mediante pactos institucionales o a través de políticas partidarias o gubernamentales. No, simplemente coinciden en las exigencias artesanales y espirituales de su oficio. Vuelta y Plural fueron las herederas de las grandes revistas que, como una corriente eléctrica, han animado el cuerpo de nuestra literatura. Hay que reconocerlo con seriedad y sin modestias hipócritas: Vuelta ha sido, en el último cuarto de siglo, la revista más importante del mundo de lengua española.
¿Cuáles fueron sus méritos mayores? Destacaría, en primer lugar, un tono de escritura. Pienso en la ausencia de esas jergas seudoteóricas que caracterizan a las sectas intelectuales, pienso en la preferencia por un lenguaje de claridad ilustrada, aunque no exenta de pasión. Siempre creímos que la buena gramática era una virtud moral. Al mismo tiempo, la convicción de que la literatura es una variedad de voces individuales, necesitadas de aliento y oportunidad, jamás de órdenes, recetas o consignas. Poesía y reflexión, siempre en libertad.
Luego están los autores y los temas. Quien hojee sus índices encontrará –lo afirmo sin la menor duda– las mejores plumas de la segunda mitad del siglo. No únicamente de la lengua española, sino del mundo entero. Una revista, pues, en estado de absoluta contemporaneidad, un verdadero regalo para nuestras culturas locales, tan inclinadas a las cuevas folclóricas. Vuelta, por otra parte, se enfrentó –con valentía y soledad– a los grandes temas de la moralidad política del siglo XX. No es cosa de tocar las trompetas, pero tampoco es justo olvidar las confirmaciones históricas de las tesis esenciales de la revista, en favor de la democracia y en contra del autoritarismo y sus justificaciones ideológicas disfrazadas de filosofía y ciencia. Vuelta no fue, entonces, una revista tímida o elegantemente neutral. Condenó, defendió, alabó; prefirió arriesgarse al juego abierto de las actitudes y de las opiniones y no hacerse de la vista gorda para proteger una virginidad moral desabrida e irrelevante. Pero Vuelta es algo más que las disputas públicas, es sobre todo la literatura, el poema del autor consagrado y el texto sorpresivo del primerizo; es el gusto por la prosa crepitante, por la narración interminable de los hombres, ese murmullo continuo que las buenas revistas parcialmente rescatan.
Sospecho que los años serán benéficos para Vuelta. Será una fuente inagotable de información y quizá los lectores, los aficionados a las letras, se pregunten cómo fue posible una vida tan larga, cómo se explica ese variadísimo encuentro de escritores y pensadores. Se darán cuenta, mejor que nosotros, de lo útil que es contar con un ejemplo de severidad artística. Sería la mejor lección. ~
Publicado originalmente en El Universal,
el 20 de septiembre de 1998.