Antes, los abuelos vivían en casa de sus hijos; hoy, los hijos no consiguen salir de casa de sus padres. La imagen simplifica el pasado, pero señala una dificultad concreta: estudiar y trabajar puede no ser suficiente para independizarse. Se obtiene un título, se consigue empleo y la dependencia del hogar familiar persiste. Se cumple con lo exigido sin alcanzar lo prometido.
La promesa era construir una vida propia. No aseguraba riqueza, pero ofrecía una posibilidad razonable de avanzar: estudiar abriría puertas; trabajar permitiría sostener un hogar; la experiencia traería mayor estabilidad. El progreso tenía esa traducción cotidiana. Las dificultades podían soportarse porque había razones para considerarlas transitorias. Los hijos podrían llegar más lejos que sus padres.
Las expectativas se alimentan de resultados. Quien encuentra una relación entre su esfuerzo y sus avances dispone de razones para perseverar; quien trabaja sin poder independizarse aprende algo distinto. Un salario insuficiente describe una situación presente; anticipar que seguirá siendo insuficiente modifica las decisiones sobre toda una vida. La dificultad adquiere otra gravedad cuando deja de parecer una etapa y empieza a parecer el destino.
España permite observar esa distancia con precisión. Según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, en el segundo semestre de 2024 solo el 15.2% de las personas de 16 a 29 años vivía fuera del hogar familiar: el peor registro para un segundo semestre desde el inicio de la serie, en 2006. El acceso individual al alquiler exigía, según sus cálculos, el 92.3% del salario neto mensual de una persona joven asalariada. La independencia tenía un costo incompatible con los demás gastos de vivir.
El dato resulta más revelador porque coexistía con mejoras laborales. El sueldo mediano de la juventud asalariada había aumentado y el desempleo había disminuido. Esos avances eran reales, pero insuficientes para resolver la emancipación. Aquí está una de las claves del malestar: los indicadores pueden mejorar sin que se abra la posibilidad de establecer un hogar. El progreso se anuncia en las cifras y encuentra un límite en la puerta de una vivienda.
En ese contexto debe leerse la acampada iniciada en septiembre de 2026 en la Puerta del Sol, en Madrid. Sus demandas incluyen contratos de alquiler indefinidos, congelación de rentas y protección frente a los desahucios. La eficacia de cada medida puede discutirse. El estado previo al reclamo está documentado: trabajar no estaba permitiendo a muchos jóvenes adquirir autonomía. La protesta tiene un antecedente material.
Otros lugares muestran obstáculos diferentes. En París, estudiantes y bachilleres reclaman recursos para la educación pública y condiciones dignas de estudio. En Tirana exigen menores costos de matrícula, inversión educativa y medidas contra la corrupción. En Italia, las movilizaciones contra el encarecimiento de la vida han reunido a numerosos jóvenes; sus demandas deben distinguirse de los saqueos de Milán. En Guadalajara, jóvenes y adultos marcharon para exigir agua limpia tras meses de suministro deficiente.
En Nepal, la protesta juvenil denunció la corrupción y el nepotismo mientras las redes exhibían los privilegios de los hijos del poder. En la India, la filtración del examen de acceso a Medicina comprometió años de preparación estudiantil. Son experiencias distintas, pero permiten reconocer obligaciones concretas: ofrecer servicios funcionales, sostener la educación y garantizar procedimientos confiables. Cuando esas obligaciones fallan, disminuyen las razones para dar crédito a promesas mayores.
No basta, sin embargo, reunir protestas bajo la etiqueta de generación Z. Karl Mannheim explicó que compartir fechas de nacimiento no constituye por sí solo una generación histórica. Importa cómo ciertos acontecimientos afectan a quienes atraviesan sus años de formación. Perder una estabilidad conocida es diferente de comenzar la vida adulta sin haber podido alcanzarla. Ese enfoque permite preguntar qué aprenden los jóvenes de sus primeras experiencias con el trabajo, la vivienda y las instituciones.
Anne Helen Petersen describió un antecedente en los millennials, la generación anterior a la Z. En su ensayo de 2019 sobre la generación quemada, examinó el agotamiento de jóvenes estadounidenses educados para acumular méritos, mantenerse disponibles y competir sin descanso. Cada dificultad parecía exigir otra respuesta individual: organizarse mejor, adquirir una competencia adicional, trabajar más. La preparación se convertía en una obligación permanente.
Petersen ayuda a comprender el desgaste de seguir respondiendo a esa exigencia. La pregunta sobre la generación posterior es qué expectativas construye al observar los resultados. Quienes comienzan su vida adulta también aprenden de sus hermanos mayores y de sus padres. Si ven que la preparación y el trabajo no bastaron para alcanzar estabilidad, pueden desconfiar de la promesa antes de haber recorrido el mismo camino. (Esa es mi hipótesis, no una conclusión atribuible a Petersen.)
América Latina ofrece otro resultado que debe considerarse. Un informe de la OIT publicado en febrero de 2025 señaló que la informalidad afectaba a 60% de los jóvenes ocupados de la región. El dato no demuestra que estudiar carezca de recompensa. Sí muestra las condiciones en que muchos comienzan a trabajar: una inserción que dificulta acumular protección y planear a largo plazo. Conseguir ocupación puede dejar sin resolver buena parte de la seguridad esperada.
Aquí se debilita la autoridad de la ética del esfuerzo. Pedir perseverancia exige mantener caminos donde pueda rendir frutos. La educación conserva su valor, pero necesita encontrar oportunidades; el trabajo requiere permitir avances reconocibles. Cuando se toleran privilegios y barreras que la voluntad individual no puede remover, insistir exclusivamente en la responsabilidad personal termina convirtiendo una obligación compartida en una culpa privada.
La democracia queda expuesta a esa experiencia. Latinobarómetro 2024 registra que el 45% de los entrevistados de 16 a 25 años prefería la democracia a cualquier otra forma de gobierno, frente al 58% de quienes tenían 61 años o más. Esa diferencia no demuestra sus causas. Obliga a examinar qué resultados conocen y qué expectativas forman quienes comienzan. El aprecio por la libertad puede convivir con una profunda decepción ante los gobiernos.
El populismo encuentra una oportunidad cuando la mejora gradual pierde credibilidad. Ofrece culpables y promete que una ruptura devolverá las oportunidades bloqueadas. La frustración no conduce inevitablemente a esa respuesta. Pero pedir paciencia resulta menos convincente cuando no se puede mostrar qué está cambiando en la vida de las personas.
Ese es el agotamiento de una era de confianza en el progreso. Puede haber avances económicos y tecnológicos sin que una generación encuentre cómo convertirlos en autonomía. La promesa permanece; las razones para esperarla se reducen.
Una respuesta liberal-social debe reconstruir esa relación con resultados: educación que abra puertas, reglas confiables y trabajo que permita independencia. Salir de casa de los padres y sostener un hogar propio es una prueba concreta. La promesa volverá a generar expectativas cuando empiece a cumplirse. ~