Ilustración: Letras Libres. Foto: AlejandroLinaresGarcia, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

1988, mitos y realidades

Tras la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas, el 88 ha estado en la conversación pública. Este recuento desde el interior de la campaña del candidato del PRI cuestiona versiones sobre el triunfo priista, la oposición cardenista y los resultados de aquellas elecciones cruciales.
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La campaña y las elecciones de 1988, sobre las cuales hay una extensa literatura académica, técnica y periodística, han sido recordadas en los últimos días, tras la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas, con excesos, mitos, cursilerías y envolturas en la bandera nacional. Todo lo cual hace inevitable recordar la admonición de Bertolt Brecht: “desdichados los pueblos que necesitan héroes”.

Conviene recapitular los hechos, que viví de cerca. En la campaña presidencial de 1987-88, el candidato Carlos Salinas de Gortari me pidió dirigir un área estratégica como la comunicación, en una coyuntura   sumamente difícil, con pocos aliados mediáticos, una situación económica nacional muy delicada y un ambiente de gran tensión política que se cortaba con el filo de una navaja. Desde el punto de vista del tipo de presidencia que el país necesitaba, sin duda Salinas era la mejor opción que el PRI podía presentar: conocía a la perfección el manejo de la economía –que era el problema más crítico, tras la catástrofe que dejó López Portillo y la historia de ajustes y reformas muy duras que marcaron el sexenio de De la Madrid–, contaba con una visión moderna del mundo, estaba bien preparado, tenía sentido de la historia y muy buen olfato político. Pero su candidatura tuvo que enfrentarse, en mi opinión, a tres circunstancias extraordinariamente complejas.

Para empezar, quince días después de su nominación como candidato, que fue el 4 de octubre de 1987, estalló una nueva crisis económica que, si bien tenía características técnicas distintas a las de 1976 y 1982, constituían una explicación irrelevante para la percepción social porque sus efectos sobre la población fueron igualmente graves: recesión y desempleo, entre otras cosas. El día 19 de octubre, las bolsas de valores en México y en el mundo se desplomaron (la de México perdió casi 70% en solo tres meses), lo que a su vez causó fuga de capitales, problemas de balanza de pagos, inflación del 153%, devaluación del 33%, caída de las reservas internacionales, tasas de interés altas, incremento del déficit público y la deuda externa: en suma, el ciclo perverso de las anteriores crisis, y todo en el año mismo de la elección. La campaña del candidato del PRI tuvo que cargar con esa losa dramática a ojos del electorado, parte del cual había perdido literalmente hasta la camisa.

En segundo lugar, la nomenklatura del PRI, es decir, la vieja guardia que formó parte muy relevante de los gobiernos de Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo, resintió de manera muy directa su reemplazo por un candidato y una generación de tecnócratas reformistas que tenían perfiles muy diferentes y escasos compromisos con quienes representaban ese pasado de populismo, excesos estatales e intervencionismo. Desde una perspectiva política, este antecedente tendría que haber sido una ventaja, porque suponía dejar atrás un modelo perverso –y ya en el gobierno lo fue–, pero desde el punto de vista táctico, era un obstáculo terrible para la campaña de Salinas.

De hecho, algunos de ellos, de manera más o menos abierta o soterrada, se sumaron al Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, que no era una oposición histórica ni estructural sino un desprendimiento del PRI, al cual se sumaron partidos que, con la excepción del Mexicano Socialista, tradicionalmente habían sido sus satélites.

Y este fue el tercer elemento: la emergencia de una fórmula electoral que no era propiamente una alternativa, sino más bien la restauración del viejo priismo sociológico encarnado en el apellido de uno de los mitos más arraigados en el imaginario popular del siglo XX. Cárdenas se benefició, en efecto, de esta circunstancia, pero careció de organización, aparato y estrategia, ingredientes indispensables para ganar elecciones. Además, según decía Manuel Camacho –primero aliado de Salinas y luego parte de distintos partidos de oposición, “Cárdenas era un mal debatiente y un orador aburrido que leía sus discursos y rara vez mostraba una sonrisa. Su falta de carisma nunca le hizo popular entre los pobres”.

En otras palabras, el hijo del general contaba con pedigrí histórico; Salinas con músculo político y estructura partidista.

Por años se discutieron los resultados de la elección de 1988, y fue una sombra que merodeó todo el sexenio –“la ira de las cifras y las cifras de la ira” dijo con tino un analista–, pero los datos duros documentaron que ganó Salinas y nadie pudo, con evidencia concreta, verificable y robusta, probar otra cosa.

Por ejemplo, en noviembre de 1994, es decir, al final del sexenio, un grupo de expertos electorales, académicos, militantes del PAN, del PRI y de la izquierda, analistas, historiadores e incluso la autoridad electoral federal –entre ellos, Francisco Báez, Rafael Segovia, Juan Molinar, José Woldenberg, Luis Rubio y, ni más ni menos, Manuel Bartlett, entre otros– publicaron un estudio muy completo1 sobre esas elecciones a partir de un análisis de las actas de escrutinio de la elección y del cómputo, cuyas copias formaban el expediente original de la jornada del 6 de julio de 1988 y que estaba resguardado en el Archivo de la Cámara de Diputados, que debía calificar la elección. En su texto, Bartlett dice: “el proceso electoral federal de 1988 se ajustó a la ley y estuvo legítimamente documentado”.

Con esta información, la Cámara empezó a construir, en junio de 1993, un sistema computarizado de imágenes digitales que se almacenó en medios magnéticos para su consulta abierta y que contiene los resultados asentados en cada acta de la elección presidencial y una base de datos casilla por casilla. En agosto de 1994, la Cámara entregó al Archivo General de la Nación las cajas con las copias de las actas de escrutinio y cómputo de dicha elección, los discos ópticos con la digitalización de cada una, un lector para ese tipo de dispositivos y el sistema de cómputo necesario para leer y consultar correctamente la base de datos. El ejercicio es extraordinariamente riguroso.

Esos expertos revisaron todo a detalle, elaboraron diversos escenarios y modelos de simulación con distintos rangos de votación para cada candidato participante, tanto a nivel nacional como regional, y llegaron a una conclusión: aún si hubiese existido un determinado porcentaje de votos que hipotéticamente podrían haber sido anulados por diversas incidencias o “alteraciones”, el candidato del PRI “aparece como ganador… con 48% de los votos efectivos. Aun en el ejercicio más extremo –y aun en una versión sesgada del mismo– Carlos Salinas de Gortari aparece con una ventaja estadísticamente significativa sobre Cárdenas, el candidato que quedó en segundo lugar”.2 De hecho, todas las encuestas de cobertura nacional levantadas entre la cuarta semana de mayo y el 3 de julio, sin excepción, le daban el triunfo al candidato priista. El propio Cárdenas declaró en una entrevista de 2013 que creía haber ganado, pero afirmó no tener pruebas que respaldaran su afirmación.

Parece claro que, a contracorriente de muchas versiones, el PRI pudo ganar gracias a la combinación de un poderoso instinto de sobrevivencia, entonces amenazado por la candidatura del FDN; una buena gestión para evitar, en el curso de la campaña, otra escisión y mantener una unidad pragmática; la implantación nacional y la capacidad de movilización de una maquinaria partidista en la cual confluían el corporativismo que todavía simpatizaba con el PRI, una proporción relevante del priismo cultural que constituía el núcleo central de su voto duro; y una operación habilidosa para construir alianzas efectivas tanto con los barones del PRI en los estados como con los factores reales de poder en el país.

En abono de esta secuencia, llama poderosamente la atención que casi 7 de cada 10 votos en favor del PRI procedieron de las zonas rurales, y de las ocho regiones geográficas en que se dividió el país, Salinas gano en siete de ellas, excepto la Ciudad de México y los municipios conurbados del estado de México.

A diferencia de lo que sucede ahora, casi cuatro décadas después, en la era digital, en los años ochenta diseñar y conducir la estrategia de comunicación de una campaña era una condición necesaria pero no suficiente en términos electorales. Desde el PRI hicimos una campaña convencional y con los medios tradicionales: entrevistas diarias del candidato; una elevada exposición televisiva y radiofónica; desplegados en la prensa impresa; abundancia de utilitarios; numerosos artículos y editoriales de comentaristas simpatizantes o bien de cuadros priistas. Por razones naturales en esa época, hay que decir que buena parte de los medios tradicionales simpatizaron con Salinas y no con el FDN. El caso del candidato del PAN, Manuel Clouthier, fue mucho menos problemático porque su temperamento colérico, lenguaje corporal y vulgaridad verbal eran su peor enemigo y su candidatura se desplomó meses antes de la elección.

Hay que reconocer que, así como para el PRI el crecimiento del candidato del FDN resultó inesperado, también lo fue para los medios que, en general, estaban acostumbrados a alinearse con los gobiernos en turno –y, desde luego, con el partido hegemónico– y en ese entendido casi todos fueron bastante cooperativos con la campaña del PRI.

En una ocasión, hacia marzo o abril de 1988, Salinas convocó a su oficina al empresario Carlos Slim. La intención era pedirle a éste que la cadena Sanborns, de la que es propietario, distribuyera masivamente un libro que se había editado como parte de la campaña de difusión del PRI. Slim preguntó su costo de producción para estimar el de venta. Como ninguno de los asistentes lo recordó, pedimos el dato. Mientras llegaba, el empresario tomó el texto, lo hojeó y ojeó, vio el gramaje del papel utilizado, calculó el peso con sus manos y, concluyente, mencionó una cifra: 161 pesos. Era, en efecto, casi exacta: 159 pesos. Lo que quiero subrayar con esta anécdota es el grado de apoyo que tuvo la campaña.

Lo mismo pasó con los medios del interior del país, sobre todo prensa y radio, que, a diferencia de lo que se percibía desde la capital, eran proporcionalmente mucho más influyentes que los llamados de circulación nacional. También hicieron aparición por vez primera fueron los medios extranjeros, básicamente por dos razones: una, que Salinas y su equipo fueron vistos como una generación por primera vez más próxima a los Estados Unidos, y la otra, por el inédito nivel que alcanzó la competencia con Cárdenas.

Tras la elección del 6 de julio, los vacíos informativos que se generaron esa tarde, la llamada “caída del sistema” de Bartlett y Diego Fernández de Cevallos y la controversia por los resultados, la operación comunicacional pasó a un segundo término, porque toda la energía del candidato, de los dirigentes del PRI y de los principales actores políticos se concentró, primero, en el desahogo de toda la secuencia procesal que sigue a una elección y en reducir el nivel de tensión política por la negativa de las oposiciones a reconocer los resultados y, en segundo lugar, en los preparativos para instalar, en la segunda quincena de agosto, la cámara de Diputados, erigida en el Colegio Electoral que, de acuerdo con la legislación de la época, debía calificar la elección presidencial, además de la suya propia. Desde la fecha de los comicios, fueron sesenta días en extremo tensos.

Por un lado, Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, seguidos por el PAN, llamaron a la movilización callejera, la cual se dio básicamente en la Ciudad de México, y trataron de orientar a los diputados de su coalición a que hicieran lo necesario para abortar la calificación de Salinas y por ende impedir que asumiera la presidencia de la República. El planteamiento de Cárdenas no fue declararse él mismo presidente –como lo hizo en 2006 López Obrador por ejemplo–, sino que, mediante una formulación elíptica, claramente orientada a imaginarse una salida más o menos digna del conflicto, habló de que se le reconociera su “derecho a la Presidencia” y propuso “limpiar” la elección.

Como esta opción nunca transitó porque no había fundamentos legales que la sustanciaran, se empezó a proponer, desde la prensa que le era favorable, “negociar” algún tipo de arreglo o de composición en la integración del gobierno, lo que tampoco tenía pies ni cabeza, y fue una ocurrencia que hasta donde supe nunca se tomó en serio en el equipo del candidato ganador ni en el PRI. A mi juicio, la indecisión de Cárdenas para seguir dando impulso a su movimiento en ese punto preciso no era por respeto al orden constitucional, como adujo reiteradamente, sino porque calculó correctamente que no tenía datos duros ni argumentos sólidos y documentados de orden técnico, procesal o aritmético que modificaran el resultado del 6 de julio.

Por otro lado, varios dirigentes priistas se movieron rápidamente para mantener compacta la diputación tricolor y cooptar a quien se dejara de entre las bancadas opositoras, lo que eventualmente comenzó a eviscerar al FDN. El propio comisionado del PMS, uno de los partidos coaligados, ante la Comisión Federal Electoral, Jorge Alcocer Villanueva, que además era y es un riguroso experto en la materia, afirmó sin eufemismos el 16 de agosto que “la izquierda no ha podido demostrar con suficiencia que la votación en favor de Cárdenas fue superior a la que obtuvo Salinas” y directamente concluyó: “como soy muy práctico, creo que Salinas de Gortari será presidente electo”.

El 9 de septiembre, por consecuencia, el Colegio Electoral calificó las elecciones como “válidas y legítimas” y con 263 votos a favor, 85 en contra y la ausencia de los diputados del FDN, confirmó que Salinas había obtenido el 50.7% de los votos; Cárdenas el 31% y Clouthier el 17%, y sería el presidente de México para el período 1988-1994.

Cárdenas, por su parte, volvió a competir en dos ocasiones más, 1994 y 2000, y en ambas perdió.

La vida, como la historia –diría Séneca–, “se divide en tres tiempos: el que fue, el que es y el que será. De ellos, el que vivimos es breve; el que viviremos, dudoso, y el que hemos vivido, inamovible”. Así fue. ~


  1. Arturo Sánchez Gutiérrez, Elecciones a debate 1988. Las actas electorales perdidas, México, Diana, 1994. ↩︎
  2. Ibíd. ↩︎


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