Regina José Galindo, La sombra, 2017. Fotografía cortesía de la artista.

Los gestos que agitan la normalidad

El Museo Universitario del Chopo expone “Los peores tiempos posibles”, muestra en la que Regina José Galindo utiliza las herramientas del performance para cuestionar los tiempos que corren.
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Llama la atención el título, Los peores tiempos posibles, que vale como declaración de carácter urgente. El nombre de la muestra de Regina José Galindo (Ciudad de Guatemala, 1974), artista visual y poeta que utiliza como medio principal el performance, se refiere al pasado y al presente.

Así lo explica la creadora guatemalteca, que expone en el Museo Universitario del Chopo: “es una reflexión sobre los tiempos en los que nací y crecí, marcados por la guerra; luego de la firma de la paz en Guatemala, en el 96, hubo una especie de optimismo, de visión utópica de que las cosas podían cambiar, hubo avances en el feminismo y la democracia. El título, también, refiere al presente y el futuro porque los peores tiempos están pasando y, de alguna manera, tenemos que enfrentarlos. La llegada de Trump al poder en 2017 significa un retroceso democrático y social en todas las regiones”.

Regina José Galindo. Galil. Guatemala, 2026, Foto: José Oquendo.

La creadora guatemalteca inició con el performance en 1999 y pronto se convirtió en una figura central del arte contemporáneo. En sus primeros trabajos la violencia contra el cuerpo, su propio cuerpo, es humillante y producto de la reflexión de la brutalidad ejercida contra las mujeres, los indígenas, y los desaparecidos de su país.

No perdemos nada con nacer (2000), por ejemplo, es una pieza en la que, metido en una bolsa de plástico transparente, el cuerpo de Galindo es colocado como un despojo en el basurero municipal de Guatemala. En 2017 recuperó el gesto cuando se metió en una bolsa de basura negra en el área de desechos de Zona Maco, en la Ciudad de México. En Hermana (2010), por otro lado, una mujer indígena guatemalteca abofetea y escupe “mi cuerpo ladino”, como ella misma lo describe.

En 2005 Galindo recibió el León de Oro de la Bienal de Venecia como Mejor Artista Joven. Dos años después vendió la presea al creador español Santiago Sierra, que, a su vez, la revendió a un coleccionista. El trofeo que se ve en el Chopo es una reproducción exacta del galardón fundido en bronce con baño de oro guatemalteco.  

La obra de Galindo es una especie de alerta y llamado de la memoria histórica de su país y, una vez más, del presente mismo. En La sombra, por ejemplo, el frágil cuerpo de la artista es acechado por un Leopard, un tanque de guerra alemán. La obra fue comisionada por Documenta 14 (Kassel, Alemania, 2017). La persecución, una carrera que agota y reduce a la perseguida, se produce como eco de la realidad.

“Mi trabajo surge de la investigación, de leer los periódicos. Escojo temas de los que siento que tengo propiedad de hablar, por el hecho de ser guatemalteca y que, de una u otra manera, tocan también la sensibilidad del país al que voy a trabajar, para que no se quede en la muestra de una tragedia que no pertenece a ese lugar, sino en la discusión de un tema que nos pertenece a ambos. Mi estrategia, generalmente, es investigar hechos, me baso en hechos”, asegura Galindo.

Uno de los aciertos de la muestra del Chopo es presentar el trabajo de la guatemalteca a la luz de estos días. Sus obras han adquirido lecturas enriquecidas con los temas y el contexto actuales. 

“Hablando con amigos comprometidos con la izquierda y anarquistas, algo que me preocupa es tratar de entender por qué las generaciones jóvenes son conservadoras, misóginas y fascistas. Soy de la primera generación de Guatemala que no sufrió persecución, violencia y desaparición. De la generación de mi hermano, que me lleva diez años, asesinaron a muchos de sus amigos universitarios en los setenta y ochenta”, reflexiona Galindo.

“El pasado es demasiado cercano. La muerte sucedió ayer, los 200 mil muertos del genocidio los tuvimos ayer, la dictadura en Chile sucedió en los setenta. Hace unos días estaba viendo a un incel argentino con millones de seguidores que decía que hay que parar a las mujeres porque llegaron demasiado lejos. Los pequeños pasos que dimos dieron vuelta atrás durante los últimos años. Las redes sociales son las que están generando el pensamiento no crítico de las generaciones que son nuestros hijos, es el destino del mundo. Tenemos que pensar qué hicimos mal. No hemos contado de forma correcta la historia. Tuvimos tanto miedo que dejamos de contarla, o, tal vez, nos acomodamos en una generación donde dejó de ocurrir la represión y por lo tanto dejamos de hablar de ella”.

En La fuerza de la izquierda (2025) un grupo de voluntarios carga en silencio a Galindo utilizando solo sus brazos izquierdos. La artista asegura que el avance de la ultraderecha está consolidado en todo el mundo: “con excepción de España, Dinamarca y Malta, toda Europa está derechizada. Es lo que está pasando en América”.

Además de la incomodidad que busca que nazca en el espectador, que surge de sus propias interrogantes, el riesgo es otra de las características del trabajo de la artista. “Regina José Galindo ha usado su cuerpo como contenedor, como escudo y como blanco, ha sido estruendo, pero también silencio”, dice Pancho López en el libro Centroamérica en acción. Una aproximación al performance centroamericano y algunos de sus protagonistas (2021), que editó el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica.

Regina José Galindo.Tierra, 2013. Fotograma, 33 min. Colección particular

Otro ejemplo notable es Tierra (2013), donde Galindo, de pie, desnuda, inmóvil, está situada sobre una extensión de tierra en la que una excavadora hace una fosa. Como una especie de King Kong, el brazo de la máquina parece que va a atrapar o arrasar el diminuto cuerpo de la artista. Mientras cava, ella permanece en un montículo aislado, frágil, que puede desmoronarse en cualquier momento. La pieza invoca la posesión de la tierra, el despojo, las desapariciones y sus estrategias de ocultamiento.

Al riesgo, Galindo prefiere llamarlo tensión: “un performance no es teatro, la diferencia es que el performance trabaja con la realidad, lo ejecuta, lo ensaya. Lo que me interesa es generar tensión en el público, porque esa tensión provoca incomodidad, provoca que la gente se pregunte y esté atenta. El peligro está producido. No hago un performance a lo loco, el peligro está controlado. Si me botan en La fuerza de la izquierda me puedo lastimar, parece sencillo, pero es muy peligroso. Entonces, claro, tengo una preproducción donde entrevisto a gente, donde le pido un video donde cargue un objeto pesado con el brazo izquierdo; confío en ella. Tierra parecía muy peligroso, pero antes me entrevisté con el operador, vi algunos de sus trabajos, vi cómo manejaba la máquina, confiaba en él. No trabajo con gente con la cual me sienta en riesgo: el riesgo es lo que el público ve, pero el riesgo previo lo contuve. En una obra de arte no se quiere provocar un accidente, se quiere provocar tensión”.

Siguiendo con la misma idea, la creadora dice que el verdadero riesgo como artista es perderse. “Es un riesgo personal, más allá del ejercicio formal del arte. Riesgo de perderse en el pesimismo de la realidad y de las vivencias. No solo es el performance, es la información que se comparte, por ejemplo con las madres de los cinco niños que fueron asesinados en las prisiones (Missing Forever, 2019). Trabajo con temas muy sensibles sabiendo que soy incapaz de resolver ninguno de esos problemas. Lo único que hago a través del arte es enunciarlos, denunciarlos en un nuevo contexto para que la gente los vea desde otra perspectiva y otra postura, pero sé que el arte no tiene la capacidad de solventar. Entonces, a veces me pierdo en esa disyuntiva. ¿Para qué hago lo que hago si no logro nada? Como artista, es una pregunta que te haces todo el tiempo. Hay que entender que el arte no tiene ese alcance. Hay un muro entre el arte y la realidad. Para cambiarla debí haber escogido otra profesión, pero elegí el arte porque mi trabajo es la creación de ideas”.

A la pregunta expresa de a quién da voz, la guatemalteca es enfática: “trabajo con gente poderosa que ha emprendido luchas incansables durante años, gente que respeto, yo pongo mi cuerpo como caja de resonancia para que su voz pueda gritar más fuerte y pueda ser oída en otros contextos. Tengo el privilegio de ser escuchada como artista y lo utilizo para que otras personas usen mi cuerpo para que las escuchen. Es erróneo decir que doy voz a quien no tiene voz. Las personas con las que trabajo, las del territorio, mujeres, pueblos periféricos, tienen una voz. Esa voz me da fuerza”.

Una de las piezas más recientes de la exposición es El conquistador (2026), donde Galindo está dentro de una caja de madera que simula un ataúd y sobre ella un bailador de flamenco zapatea. La pieza expande la conversación sobre un tema todavía en debate que saltó de la estética a la política y viceversa, la conquista. Al plantear preguntas pertinentes sobre el aplastamiento y la destrucción de múltiples culturas, Galindo continúa capturando las tensiones del presente.

Sobre la esperanza en el arte y la forma de enfrentar los tiempos que corren, abunda Galindo: “ahora estoy trabajando sobre el retroceso a la derecha que me incomoda, me hace ruido, me duele. Trabajo sobre mi propia experiencia, a través de mi cuerpo. Quiero transmitir esa incomodidad a la gente. Con el arte de los museos estás viendo algo que ves en las noticias todo el tiempo, pero lo ves en otro espacio, en uno institucionalizado, bajo otras premisas, con otros lentes, y eso hace que evalúes la realidad, que has visto de mil formas, de otra manera. Ahí es donde los artistas hacemos un aporte. De nuevo, los artistas no somos capaces de cambiar realidades, pero sí podemos provocar el debate que genere, en algún momento, pensamiento crítico. El pensamiento crítico puede generar cambio”. ~


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