Darwin en edimburgo

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En marzo de este año (Letras Libres, núm. 123) hicimos un breve recorrido por las localidades que en el Reino Unido definieron la carrera científica y literaria de Charles Darwin. Ahora detengámonos un momento en el sitio donde dio inicio todo, Edimburgo. Hoy en día es como cualquier otra ciudad, llena de hoyos y “zonas de combate” urbano donde se libran batallas para mantener el flujo. Pero en los días de Darwin se respiraba en el ambiente aquella tormentosa personalidad doble que Robert Louis Stevenson descubriría más tarde en la idiosincrasia local, luego de sus correrías por las calles de la vieja y la nueva Edimburgo.

Sabemos que fue aquí donde Darwin abandonó la medicina decimonónica, el momento de su vida en que empezó a tratar de entender el sentido de su propia búsqueda luego de tomar lecciones de taxidermia con John Edmonstone, el ilustre naturalista negro que conocía historias en las que sucedían cosas hasta cierto punto extraordinarias. En el tren que me trajo de Londres a Edimburgo venía un grupo numeroso de biólogos que se habrían de reunir en la universidad de la ciudad con objeto de intensificar sus discusiones sobre “darwinismo”. Es curioso que ahora conozcamos los postulados de la evolución orgánica como propios de alguien que apenas los comenzó a entender cuando llegó a estas calles escocesas, ideas que ya se ventilaban de tiempo atrás, al menos en el medio intelectual en que Darwin se movía.

Por ejemplo, la prueba de que las diferentes formaciones que se observan en la Tierra no habían sido el resultado de un solo diluvio sino la consecuencia de procesos geológicos diversos y continuos la ofreció James Hutton a principios del siglo XIX, mientras que en 1824 Sadi Carnot mostró que con el tiempo, tarde o temprano, todas las partes del Universo tenderán a igualar sus diferentes energías. No permanecerán iguales a su estado inicial, cambiarán con el transcurrir de las cosas y las interacciones. Esto sin contar que años antes ya se consideraba la evolución cósmica como un hecho: Laplace había anunciado su teoría nebular en 1796 y aun antes Kant se refería a ello en sus fundamentos metafísicos sobre las ciencias naturales de 1786.

Tales ideas eran conocidas en el medio donde Darwin empezaba a tender al diletantismo. No es ocioso insistir en sus inclinaciones literarias, pues el relato puede ser tan poderoso y persuasivo como la realidad misma, no importa si está en verso o en prosa. Cuando se tiene algo que contar, finalmente llegará a los oídos adecuados. John Edmonstone era un ejemplo vivo de ello, dado que hablaba de Heráclito y estaba convencido de que todo cambia y todo pasa, si bien la totalidad permanece. De esa manera Darwin inició su peregrinaje, gastando las calles empedradas de Edimburgo, recolectando pedazos de realidad en las costas de Portobello y más allá, decidido a encontrar una manera honesta de explicar cómo surgimos de “los rudimentos de la forma y el sentido”, según el verso de su ilustre abuelo, Erasmus Darwin, el cual aparece en su poema “El Templo de la Naturaleza” (1803).

Ya en su segundo año en esta ciudad había desechado la medicina como una forma de vida y la geología le parecía un exceso. Pero, en vez de deprimirse y no hacer nada, empezó a examinar la realidad que tenía enfrente junto al prominente biólogo evolucionista Robert Edmund Grant. Fue este quien le enseñó claves sobre los ciclos vitales de diversas especies marinas costeras que luego fundamentarían su propio relato. De hecho, al cabo del tiempo su persistente labor de novelista empedernido y su meticulosidad por descifrar lo que ocasiona la evolución de los organismos vivos lo enfrentaron con sus viejos maestros e inéditos adversarios, quienes lo acosaron, por el resto de sus días, desde que publicó El origen de las especies, en 1859.

Es pertinente señalar aquí que, dos años antes de la publicación del libro de Darwin, Herbert Spencer admitía la evolución natural de las lenguas y rechazaba por tanto la idea de un implante supernatural o artificial. Pero lo que lo mantuvo firme en su juventud, cuando no se imaginaba los dilemas que habría de enfrentar, por ejemplo, la sorpresiva y saética conjetura de Alfred Russel Wallace o los argumentos de su esposa Emma sobre la salvación de su alma, fue la búsqueda de un estilo, de una voz. Edimburgo, antes que Cambridge, le dio herramientas para forjar su compromiso social más que académico. Se ha dicho que si Darwin hubiera optado finalmente por guardar sus papeles y no publicarlos, otro habría postulado la teoría de la evolución, quizás el mismo Wallace. Y ahora estaríamos celebrando el “wallacismo”. Probablemente, aunque hoy no nos resta más que apreciar la capacidad de Darwin de actuar en lugar de permanecer indolente. Como dice el filósofo de la biología Carlos López Beltrán, su virtud consiste en que lo mismo explica lo funcional y útil (el mimetismo, la simbiosis) que lo aparentemente ocioso e inútil (el apéndice humano, los ojos de los topos ciegos, las alas del avestruz).

Tal vez Edimburgo haya tenido algo que ver en la germinación de ciertas ideas poco consideradas en el pensamiento de Charles Darwin. Se pondera, desde luego, su capacidad (así como la de Wallace) de articular una teoría a partir del estudio de algunas especies en su medio natural, su distribución geográfica y sus similitudes con otras especies. Pero no se comprende bien que estas ideas aparecieron en una época en que el capitalismo industrial era ferozmente competitivo y en que el individuo debía prosperar con base en su capacidad empresarial, como si esta fuera un músculo a dominar. Darwin difería en forma radical de tales principios, no sólo por el obvio argumento de que ninguna sociedad de ese tipo puede contener muchos empresarios exitosos, pues el éxito de unos cuantos está basado en las necesidades y debilidades de muchos. Difería sobre todo porque sus conclusiones, al igual que las de Wallace, reconocían el papel del azar en el desarrollo biológico (natural) de las especies.

Sin embargo, estaba lejos de entender o siquiera intuir los verdaderos mecanismos de la herencia que un desconocido monje (Gregorio Mendel) estaba descubriendo en el claustro de Brno, Moravia. Tanto Darwin como los criadores de especies domesticadas pensaban erróneamente en un fluido interno que permitía la mezcla de caracteres. De hecho, la propuesta de Lamarck sobre la forma como se heredaban los caracteres adquiridos parecía más coherente en ese entonces, pues la afirmación de Darwin de que procedemos de un antepasado común podía ser refutada, como lo hizo el zoólogo Richard Owen, arguyendo que en realidad podría tratarse de variantes producidas en respuesta a diferentes entornos. Todo esto fue aclarado cuando a lo largo del siglo XX se descubrieron los genes y el ADN, y se desarrolló la genética.

Poco se ha dicho de los años formativos de Darwin en Edimburgo. Muchos historiadores de la ciencia coinciden en señalar que si la medicina lo decepcionó, la geología lo hizo renunciar a ese mundo académico y lanzarse de lleno a contar las historias que los organismos y las formaciones geológicas tienen para decirnos. Quizá su obra no sea más que una respuesta a la obsesiva búsqueda de perfección y progreso unidireccional, la necesidad industrial de ser más eficientes a fin de obtener las mayores ganancias posibles en el menor tiempo.

Biólogos contemporáneos como Richard Lewontin estarían de acuerdo en señalar que quienes defienden paralelismos entre los argumentos de Darwin con respecto al papel de la selección natural y la teoría económico-social dominante en esos días no toman en cuenta la diferencia fundamental entre lo que el naturalista deseaba comunicar y la economía política imperante, mencionada antes, esto es, que ninguna sociedad por más próspera que haya sido permitió nunca realmente seleccionar a los más aptos. Así, lo que la teoría de Darwin y Wallace trata de demostrar es cómo operan la adaptación y el éxito en términos biológicos de una especie (aunque ahora sabemos que es más realista hablar de poblaciones de especies) como resultado de la desaparición de los menos aptos.

Si una especie evita llegar a ser muy numerosa y no acaba con sus fuentes de energía y alimentación, entonces tampoco hay razón para no pensar que todos los individuos de esa especie serán igualmente aptos. Según Lewontin, algo inesperado en la teoría darwiniana-wallaciana es descubrir su habilidad de adaptar una teoría que ya estaba ahí, y cuyo propósito era explicar el éxito de unos pocos, convirtiéndola en una teoría sobre el triunfo de la mayoría. No sabemos si Darwin y Wallace estaban conscientes de semejante desafío pero caló hondo en las raíces del egoísmo decimonónico.

En particular Darwin cimbró el pensamiento biológico y cortó las raíces del pensamiento prelógico y animista al poner en tela de juicio lo que significa la vida, desde luego a través de sus argumentos científicos pero también mediante su gusto por el relato literario, adquirido en sus días de Edimburgo. Mirar hacia la ciudad desde las suaves colinas de Portobello permite tomar un respiro y tratar de adivinar cuáles de las historias que dan vida a su obra le permitieron evitar el olvido y decidirse a publicarlas, a pesar de los terribles augurios sobre el destino de su alma. ~

 

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