El pasado es un país extraño

El país de los sueños perdidos. Historia de la ciencia en España

José Manuel Sánchez Ron

Taurus

Madrid, 2020, 1152 pp.

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La frase de la novela The go-between, de Leslie Poles Hartley (“The past is a foreign country”), refleja el espíritu del libro más reciente de José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) que nos muestra las diferencias entre las sombras del pasado y la cadena real de hechos, muchas de las cuales no se reconocen. Luego de una larga y meticulosa indagatoria, Sánchez Ron evita el lugar común y pasa de largo sobre los saberes surgidos en la Grecia antigua, el Imperio romano y la India, o bien las hazañas ingenieriles, como el acueducto de Segovia. En cambio, empieza su incursión a ese país desconocido que llamamos pasado ofreciéndonos un panorama, inédito, el cual surge durante el dominio visigodo, alrededor del siglo V, y culmina en la Edad Media con el esfuerzo de Alfonso X. Conforme avanzamos en la lectura confirmamos que dicho periodo no es de tinieblas sino de claroscuros y que el concepto de ciencia se ha transformado a lo largo de los siglos, como lo constata el encuentro de tres culturas en Hispania: la visigoda, la árabe y la judía. Es claro desde el inicio que el autor intenta hacernos escuchar lo que Iberoamérica ha tenido que decir y no se reconoce.

Sobresale la aparición de los novatores en España, quienes a finales del siglo XVII se plantearon la incorporación sistemática de la nueva ciencia, en especial la medicina y la química. El texto más característico de su movimiento es Carta filosófica, médico-chymica, del galeno soriano Juan de Cabriada (1661-1743), publicado en 1687, el mismo año que vio la luz los Principia de Newton. Esto, visto en perspectiva, nos ilustra sobre el abismo que se comenzaba a crear entre los países donde se desarrolló la ciencia moderna (Inglaterra, Escocia, Francia, Alemania) e Iberoamérica. Sin dejar de reconocer esto, el libro sostiene una tesis anticolonialista, en la medida en que pondera el valor de América para impulsar ciertas disciplinas científicas (botánica, zoología, geología, incluso antropología y lingüística) y no solo como proveedor de materias primas. La llamada Revolución Científica, el periodo de los siglos XVI y XVII en que se sentaron las bases de la ciencia moderna, no se debe reducir a la física o la matemática, a los Galileo, Kepler, Boyle, Newton o Leibniz; en América existía un mundo natural y sociocultural que supuso un reto para incluirlo en una visión científica del mundo. Y los españoles, junto a “americanos” en número creciente, contribuyeron a estudiar ese mundo natural, con, por ejemplo, expediciones científicas y a través de la minería. Sánchez Ron enfatiza el hecho de que raras veces se dan a la España e Hispanoamérica de aquellos siglos el papel que merecen en la Revolución Científica.

Una tesis esencial del libro es que España fue la verdadera detonadora del capitalismo. El autor explica que el acceso a la plata americana –y, en menor medida, al oro– la convirtió en un imperio. Y su disponibilidad condicionó la política interior y exterior. Evitó que tuviera que desarrollar otras formas de generar riqueza. Sus necesidades y compromisos internacionales hicieron que la plata americana fluyera a Europa en cantidades gigantescas, precipitando una revolución en los precios, la cual, a su vez, influyó de forma decisiva en la transformación de las instituciones sociales y económicas en los dos primeros siglos de la Edad Moderna.

Notable es el capítulo dedicado a la probable Ilustración española y su impacto en América. La más fecunda tuvo lugar en, por ejemplo, las actividades de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, fundada en 1765, y el Seminario Patriótico que esta estableció en Vergara. Allí enseñó un ilustre químico francés, Louis Proust, y se formaron (parcialmente, pues parte importante de su educación la recibieron fuera de España) y enseñaron los hermanos Fausto y Juan José Elhuyar, que figuran entre los grandes nombres de la ciencia española de la Ilustración. No debe sorprender la decisión del gobierno español por dirigir sus carreras a América, en donde la minería constituía materia de Estado. En 1784 Juan José fue enviado a Santa Fe de Bogotá para trabajar en las minas de plata de Mariquita, departamento de Tolima. Fausto le siguió en 1786, después de haber sido nombrado director general de Minería de Nueva España. Llevaron parte de lo mejor de la Ilustración española a América.

Y otro tanto se debe decir del médico gaditano José Celestino Mutis, quien terminó pasando la mayor parte de su vida –desde 1760– en Colombia. Mutis creó instituciones científicas (como el Observatorio Astronómico de Santa Fe de Bogotá), asumió la cátedra de física del Colegio del Rosario de Santa Fe de Bogotá, donde entre sus enseñanzas figuró la de exponer las teorías de Copérnico, Galileo y Newton, e impulsó la puesta en marcha de una de las grandes expediciones científicas americanas, la Real Expedición Botánica a Nueva Granada. Habría que mencionar también a Félix de Azara y al madrileño Andrés Manuel del Río, el descubridor del vanadio, quien se instaló de manera definitiva en México, al que consideró como su verdadera patria. En el registro del Congreso de los Diputados aparece como “regidor del Ayuntamiento de México”, donde abogó por la secesión de Nueva España. Lo más novedoso de la Ilustración hispana se produjo, pues, en América. Destaca, por otra parte, la atención que pone el libro en los humanistas embelesados por las ciencias, desde Feijoo, quien no salía de los laberintos diáfanos trazados por la ciencia newtoniana, hasta Unamuno, que se burlaba cuanto podía, y Ortega y Gasset caminando sobre nubes inciertas, junto a Erwin Schrödinger. Son particularmente emocionantes las páginas dedicadas a Albert Einstein y su obsesión con el Museo del Prado.

Otra figura poco conocida y, no obstante, influyente en el desarrollo de las matemáticas en Iberoamérica fue Julio Rey Pastor (1888-1962). Cuando se considera esta disciplina en tal periodo, es difícil que su nombre no aparezca mencionado con respeto. Recibió una magnífica educación, especialmente en Alemania, que, combinada con su inteligencia, dio como fruto un puñado de trabajos publicados en algunas revistas matemáticas internacionales. Pero a partir de cierto momento se centró más en otras cuestiones. En 1917 viajó a Argentina para asumir una cátedra anual que creó para profesores españoles distinguidos la Institución Cultural Española de Buenos Aires. Las relaciones que estableció entonces lo llevaron finalmente a aceptar, en noviembre de 1921, una cátedra de matemáticas en Buenos Aires, manteniendo, no obstante, sus clases en Madrid, con las que cumplía de forma irregular (aprovechaba los veranos y vacaciones australes para viajar a Madrid). Ayudó a que las matemáticas se desarrollaran en Argentina y España, pero a costa de su producción.

Durante el primer tercio del siglo XX tiene lugar en España un despegue, si bien incipiente, de una cultura científica con la creación, en 1907, de instituciones como la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, de cuyas pensiones (becas) y establecimientos se beneficiaron una buena parte de los mejores científicos y humanistas españoles de entonces. Su creación tuvo mucho que ver con el sentimiento de frustración que surgió de la pérdida de Cuba, la última de las colonias españolas en América. Aspecto ineludible es el exilio forzado. Sánchez Ron se refiere a las diversas maneras de esta calamidad, una externa y otra interior. ¿Cómo las vivieron los científicos españoles debido a la Guerra Civil? Según él, con frustración y añoranza. Una tristeza que en el caso de los (numerosos) exiliados en América atenuó el contribuir al desarrollo de sus disciplinas en la región hispana del continente. Allí no fueron extraños, tanto por el idioma común como por la recepción que se les dio. ~