Entrevista con Antonio Lazcano

“El recuento de estos tres años de Conacyt ha sido de desencuentros y de crisis no resueltas”. Entrevista con Antonio Lazcano

El doctor Antonio Lazcano, una de las voces más críticas contra la política científica del actual gobierno, habla sobre la acusación contra los 31 científicos y otros fracasos de la actual administración del Conacyt.
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A inicios de esta semana se supo que la Fiscalía General de la República (FGR) solicitó órdenes de aprehensión contra 31 académicos, científicos y exfuncionarios del Conacyt, bajo la acusación de delitos de uso ilícito de atribuciones y facultades, lavado de dinero, peculado y delincuencia organizada (estos dos últimos considerados graves, por lo que ameritarían prisión preventiva automática).

La acusación se relaciona con el manejo de los recursos del Foro Consultivo Científico y Tecnológico, una asociación civil que fungió como órgano de consulta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología hasta que la actual directora del consejo modificó la relación. Aunque un juez federal con sede en el penal de Almoloya negó en definitiva las órdenes, la Fiscalía ha anunciado que las solicitará nuevamente.

La indignación ante lo que se percibe como un ataque político con nulas bases jurídicas no ha dejado de aumentar en la comunidad científica. Investigadores y profesores de la UNAM, el IPN, la UAM, la UIA, el Cinvestav y el CIDE, entre otros centros académicos, han exigido a la Fiscalía “el fin de la persecución por posturas ideológicas y políticas”. El rector de la UNAM, Enrique Graue, lo consideró un despropósito. Incluso importantes figuras del grupo gobernante, como Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno de la Ciudad de México, Ricardo Monreal, coordinador del grupo de Morena en el Senado, y Santiago Nieto, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, han marcado su distancia con las pretensiones del la FGR.

El doctor Antonio Lazcano, biólogo reconocido por su trabajo sobre el origen de la vida y la evolución temprana, ha sido una de las voces más críticas contra la política científica del actual gobierno. En esta entrevista aborda el escándalo de marras y los fracasos más profundos de la actual administración del Conacyt.

¿Cuál es su opinión sobre lo que acontecido esta semana en torno a la acusación de la FGR contra 31 funcionarios, científicos y académicos del Conacyt?

Creo que lo que atestiguamos fue la culminación patética de una serie de desencuentros entre la comunidad académica y científica y la doctora Álvarez-Buylla, que francamente comenzó a gestarse antes de que ella tomara posesión como directora general del Conacyt. Creo que además es un ejemplo bastante sórdido de las relaciones entre el poder y de cómo se cocinan a oscuras una serie de alianzas. Al interior de la comunidad todo el mundo esperaba saber cuál era el pago que el doctor Gertz Manero iba a dar luego de que una comisión especial le otorgó el acceso al nivel III del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que ya le había sido rechazado en el pasado.

Estaba yo escuchando en las noticias que agosto fue el mes que registró mayor número de feminicidios en lo que va del sexenio, un escándalo absoluto. Y que tengamos a la Fiscalía entretenida en buscar enviar a una serie de funcionarios, de científicos, a Almoloya, con una serie de acusaciones que no tienen manera de probarse, mientras el país cae más y más en un desorden provocado por el crimen organizado, es verdaderamente un ejemplo de incapacidad.

Con el golpe político que se ha llevado ella ahora, lo que espero es la renuncia de la doctora Álvarez-Buylla. Creo que lo que hemos atestiguado es una demostración del desastre administrativo que ella ha organizado. Además, tenemos un fracaso político extraordinario: en este momento, ella es una de las principales fuentes de tensiones entre el Ejecutivo y la comunidad académica. Y lo que es más terrible, tenemos una derrota moral espantosa, por este intento de meter a la cárcel a 31 investigadores y funcionarios.

¿Cuál era la razón de ser del Foro Consultivo Científico y Tecnológico?

El Foro es una asociación civil constituida de manera independiente. Conforme a la ley que existía, tenía derecho a estar representado en la Junta de Gobierno del Conacyt. El otorgamiento de recursos al foro era perfectamente legal en el contexto de las leyes de ese entonces. El Foro representaba uno de los contrapesos a la Dirección General del Conacyt, contrapesos que tienen que existir absolutamente en todo país democrático, pero además cumplía con funciones muy explícitas de asesoramiento de los gobiernos locales, estatales y federal.

El foro tenía como propósito asesorar las decisiones de la dirección del Conacyty de todos los niveles del gobierno en México. Si el Foro hubiese funcionado durante la administración de la doctora Álvarez-Buylla, habría analizado muy críticamente, porque ese era su papel, el proyecto de los famosos ventiladores o la idea de los Programas Nacionales Estratégicos, que la doctora Álvarez-Buylla prácticamente decidió de manera unilateral que tenían que definir a la ciencia. Si el Foro hubiera estado, habría mostrado su preocupación por la ausencia de un proyecto de divulgación de la ciencia, la cual habría tenido un papel importante en las campañas en contra de la pandemia. Como usted sabe, eso simplemente no ha existido.

Su desaparición y sustitución por un foro a modo hay que verlo como un reflejo de la manera sistemática en el que la doctora Álvarez-Buylla ha ido acabando con los organismos participativos, donde la comunidad está representada.

La ciencia no es democrática, la ciencia es participativa. Uno no puede votar y aceptar por mayoría que el SARS-CoV-2 es un patógeno, o que los meteoritos caen del cielo o que existe la física cuántica. Hay un consenso que se va creando en la medida en que la participación, la deliberación abierta entre pares de forma crítica, informada, va avanzando en el desarrollo científico y en la toma de decisiones.

Eso es algo que la doctora Álvarez-Buylla ha estado minando, ha estado destruyendo sistemáticamente. Con el Foro lo que hizo fue modificar la ley para crear un foro a modo, en el que la representación que existía previamente de la comunidad desapareció. Hubo gente que se amparó para seguir siendo parte de la Junta de Gobierno, y ella en realidad está en desacato, no atendió las decisiones que protegían los amparos para seguir siendo parte de la Junta.

¿Cuál es el daño que se le hace a la investigación científica con esta persecución, que se suma a medidas como la desaparición de los fideicomisos de ciencia y tecnología?

En México la ciencia nunca fue vista como un elemento constitutivo de un Estado contemporáneo. A finales del XIX, se estaba comenzando a dar una inyección de recursos para crear las condiciones que necesita la ciencia –laboratorios, bibliotecas, comunidades–, pero en el México posrevolucionario simplemente no fue atendido.

Yo creo que no nos damos cuenta, por ejemplo, del valor tan extraordinario que tuvieron los pioneros que empujaron la investigación científica en las instituciones de salud, en los institutos de Cardiología, de Nutrición, en la UNAM, o del enriquecimiento que significó el exilio español para la ciencia en México. El aparato científico mexicano iba avanzando a trompicones y de una forma extraordinariamente centralista. Nunca se vio como algo que requiere un apoyo transexenal.

Incluso a nivel intrasexenal, los apoyos eran muy deficiente. Los primeros tres años y medio del gobierno de Peña Nieto la ciencia tuvo apoyo muy razonable: creció el presupuesto, creció el número de becas, se reforzaron los centros y los sitios fuera de la Ciudad de México que se estaban desarrollando. Pero los dos últimos años se cortó el apoyo a la investigación científica, y fuimos muchos los que protestamos.

Cuando llegó López Obrador a la presidencia y anunció que la doctora Álvarez-Buylla sería la encargada del Conacyt, muchos nos sentimos muy alentados, porque ella conocía de manera directa los problemas que la comunidad tiene, había trabajado en el campo, sabía exactamente cuales son las necesidades de los estudiantes que están en otras partes del país. Pero nos encontramos con esa parte autoritaria, dogmática, con una visión muy pobre de lo que es la ciencia, adornada con un lenguaje populista que la hacía encajar perfectamente desde un principio con lo que vimos en el gobierno de López Obrador.

No solo rompió las ilusiones que muchos teníamos con ella en la dirección del Conacyt, sino que además impuso mecanismos, ritmos, objetivos, vicios ideológicos, que vinieron a acrecentar el daño que ya se había ido gestando desde muchos sexenios atrás.

Mientras ocurre todo esto, está pendiente la discusión y aprobación del proyecto de la nueva Ley General de Ciencia, Tecnología e Innovación. ¿Qué se espera de esa ley?

Analizando la manera en que ha actuado políticamente la doctora Álvarez-Buylla, uno puede suponer que el proyecto de ley que ella tiene, que ha sido gestado básicamente a espaldas de la comunidad, va a reflejar todos estos prejuicios y esta visión tan limitada, tan ideologizada, tan dogmatizada, de lo que ella entiende por ciencia. Hubo un primer proyecto que se filtró y que esa filtración provocó la hilaridad de la comunidad, pero al mismo tiempo la protesta, y ahora han sido más cuidadosos para evitar las filtraciones. Todo lo que sabemos es que simplemente están institucionalizando, formalizando esta visión unipersonal que limita la participación de la comunidad.

Usted ha hablado sobre la importancia de la continuidad generacional en la ciencia. ¿Qué opina sobre la situación que enfrentan los investigadores adscritos al programa Cátedras Conacyt?

Es una demostración espléndida de las contradicciones en los proyectos del Conacyt actual. Hay que hacer un poquitín de historia sobre las Cátedras Conacyt. Hace unos 25 años, en España se dieron cuenta que estaba fallando la renovación generacional en el mundo académico y en especial en el mundo científico. Decidieron enfrentar el problema con las Cátedras Ramón y Cajal, en donde se asignaba a jóvenes investigadores a distintas universidades y centros de investigación, los cuales se comprometían a abrir una plaza al cabo de cierto tiempo. Claro que ahí tenían la inyección presupuestal que permitía abrir plazas, que en muchos casos no solo implica contratar a la persona, sino también montar laboratorios, crear un ambiente académico.

El programa Cátedras Conacyt calcó partes muy positivas del proyecto español, pero las instituciones que reciben a los investigadores no están creciendo al ritmo que deberían hacerlo. Esto se traduce en que la probabilidad de que una universidad abra una plaza para una cátedra Conacyt, que incorpore plenamente a un investigador a su plantilla académica, va a ser casi nula, en la medida que no hay recursos. El número de personas que han sido contratadas de esta manera es bajísimo, alrededor de 4%, pero es gente extraordinariamente productiva que está haciendo un trabajo de primer orden en muchas disciplinas. Ahora les piden que las universidades los contraten, que les abran una plaza, para poder seguir cobrando, es una contradicción absoluta. Muchos de estos investigadores han formado un sindicato, y la semana pasada el problema tuvo atención pública, pero luego estalló el asunto de los 31.

Es decir, si uno hace el recuento de estos tres años del Conacyt, han sido de desencuentros, de crisis no resueltas, de fracaso administrativo, pérdida de funcionarios de carrera y de escándalo tras escándalo, sin tener visos de una solución integral completa.

¿Qué camino debe de seguir la comunidad científica ante todo esto que está pasando?

Contra lo que la gente cree, la comunidad científica es bastante desorganizada, en cuanto a que no se plantea actividades políticas en común para resolver problemas como este. Yo espero que el bofetón que nos llevamos todos con la experiencia que acabamos de pasar nos demuestre la necesidad de tomar acciones políticas. ¿Cómo se toman las acciones políticas en una democracia? Yo creo que presionando a los partidos, a los representantes políticos.

En México, a diferencia de lo que ocurre en otros países, la ciencia nunca ha sido vista como parte de la cultura, tal vez porque numéricamente la comunidad científica no era tan conspicua. Pero el recuento de agravios que yo he hecho no difiere en nada de los problemas con los que se han topado los bailarines o las pintoras en nuestro país, y a mí me sorprende que todavía mantengamos una visión de la cultura que separa estos dos sectores. Ninguna sociedad contemporánea puede ser plenamente democrática, si no está presente el elemento cultural, que incluyen las artes, las humanidades y las ciencias. Yo creo que ese es un defecto de organización que tendríamos que superar, no para enfrentar al gobierno, sino para dar alternativas o empujar propuestas que efectivamente hagan que estos tres campos sean patrimonio de todos y sean apoyados de manera consistente, y no se encuentren en la situación de tragedia que estamos viviendo.

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