Foto: Luis Barron /Abaca via ZUMA Press

Ómicron, la “gripita” que no fue

La llegada de la variante ómicron fue la sorpresa más esperada de la pandemia. Pese a su peligrosidad, las autoridades de salud en México han optado por minimizar el problema.
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El 13 de julio del año pasado publiqué en Twitter un hilo en el que criticaba los pocos avances en vacunación que México tenía respecto a otros países. Al referirme a la necesidad de vacunar a menores de edad (práctica que el gobierno adoptó parcialmente), escribí: “Las mutaciones virales se dan diariamente y muchas variantes pueden surgir. Yo no sé (ni nadie sabe) si la variante “Omicron” aparezca y sea particularmente letal con los niños. Hasta el momento, la mejor defensa es vacunar a la mayor cantidad de gente lo más rápido posible”.

Cuatro meses y medio después, Sudáfrica reportaba la aparición de la variante B.1.1.529, que fue denominada “ómicron”.

Mi comentario no fue profético. Por el contrario, provino de una lógica elemental en el comportamiento de estos patógenos. Los virus mutan y las variantes de SARS-CoV-2 han sido detectadas desde septiembre del 2020. No es mi objetivo analizar los aspectos específicos de la naturaleza o la genética de esta variante, ya que hay expertos que lo hacen de manera excelente. Sin embargo, vale la pena reflexionar en dónde estamos y cómo llegamos aquí.

Al momento de publicarse este texto, México ha reportado una cifra récord de 60 mil contagios en un solo día. Y es que si algo caracteriza a ómicron es su alta contagiosidad, la cual ha sido comparada a la del sarampión. El hecho de que el virus esté presente en el aire exhalado por un paciente contagiado, aunado a su periodo de incubación más corto, obliga a tener medidas extraordinarias. El uso correcto de cubrebocas con un mayor nivel de protección, la detección de contactos mediante pruebas y la aceleración de la vacunación, con administración de refuerzos y una cobertura ampliada a niños de 5 a 11 años, son las medidas más importantes que han tomado muchos países. México no.

Con más de 4.3 millones de contagios acumulados y más de trescientas mil muertes oficialmente reconocidas, todos hubiéramos esperado que el gobierno federal fuera más proactivo en sus acciones. Por el contrario, la línea de comunicación oficial ha buscado hacer ver las infecciones por ómicron como un problema menor.

Desde que la variante fue identificada y frente al rápido incremento de contagios en el mundo, el gobierno de México subestimó el riesgo y no tomó medidas para detener o contener la nueva variante. Varios países reforzaron los requerimientos de vacunación y pruebas diagnósticas como requisito para ingresar a su territorio, pero México decidió no hacer nada al respecto.

El primer caso se identificó en nuestro país el pasado 3 de diciembre, y en poco más de un mes la curva de contagios –la “cuarta ola”– ha crecido vertiginosamente. Las autoridades de salud han optado por minimizar el problema basándose en algunas características de ómicron, como su aparente menor peligrosidad y su menor tasa de mortalidad.

El mismo presidente de la república se ha referido a la infección como un “covidcito”, teniendo como única fuente a uno de sus admiradores. Al hablar de su experiencia personal al cursar por segunda vez la infección, la compara insistentemente con una gripe, y no utilizó, estando enfermo, un cubrebocas en las reuniones con sus secretarios en su oficina, ni a su regreso a sus conferencias matutinas.

Uno de los argumentos centrales, casi una justificación para no llevar a cabo medidas extraordinarias, ha sido que, al ser ómicron una variante menos virulenta, la ocupación hospitalaria no aumentaría. Sin embargo, datos recientes del sistema de monitoreo de la Red IRAG muestran un aumento de más del 180% en la ocupación de camas desde el 1 de enero de este año, poniéndonos al nivel de julio del año pasado, durante el ascenso de la “tercera ola”.

Desde el inicio de la pandemia, se ha hablado de una menor afectación a los menores. Este ha sido el motivo central para retrasar, si no evitar, la vacunación para estos grupos de edad en México, aunque es constante en Europa y Estados Unidos. Lamentablemente ese argumento ya no se sostiene. En las siete semanas que esta variante lleva detectada en el planeta, las hospitalizaciones de pacientes pediátricos se han incrementado sustancialmente en este último país. No hay motivo para pensar que en México será distinto, con la agravante de que un número muy pequeño de niños y adolescentes han sido vacunados.

Con menos de 0.35 pruebas por cada mil habitantes, México es uno de los países que realiza menos pruebas. Por cada contagio detectado, México ha realizado tan solo 1.90 pruebas, mientras que Singapur sobrepasa las 30 para llegar a un caso. La obcecación del gobierno mexicano para no hacer detecciones lo ha llevado al extremo de sacar de contexto la recomendación de la OPS en el sentido de “optimizar las pruebas”, haciéndola ver como un llamado a no hacerlas y una justificación tácita para no adquirirlas. Mientras tanto, el gobierno de Estados Unidos ha comenzado un ambicioso programa para entregar por vía postal más de medio millón de pruebas de forma gratuita, a todas las casas en ese país.

Hay que decirlo: que al presidente le haya ido bien en su segundo contagio no significa que la variante ómicron sea menos peligrosa. Si bien la gran mayoría de los contagiados que cuenten con un esquema de vacunación completo (incluyendo refuerzos) tendrán una enfermedad relativamente tolerable, su mayor potencial destructivo lo podemos apreciar ya, en su afectación a los sistemas de salud.

Entendámoslo de esta manera. Si bien se calcula que el riesgo de hospitalización por ómicron es de la tercera parte que con delta, su capacidad de infección es mayor aun entre la población vacunada. De este modo, aunque sea menor el porcentaje de pacientes graves, es mucho mayor el número total de contagiados. Además, como lo mencioné anteriormente, la variante está ya afectando a los adolescentes y a los niños, poniendo una carga adicional al ya trastocado sistema de salud.

Desde la primera semana de enero se pudieron ver largas filas afuera de las unidades médicas del IMSS y otras instituciones. ¿Las causas? Dos principalmente: la necesidad de realizarse pruebas de detección para obtener una incapacidad laboral, y la consulta externa normal, bloqueada por la demanda y la ocupación de los pacientes sospechosos de padecer covid-19. Según se ha reportado en los medios, las infecciones en el personal de salud han aumentado de forma considerable en el último mes.

Por lo demás, aunque la gravedad de la infección fuera menor y las vacunas con refuerzos ayudaran a mantener a la gente fuera de los hospitales, las consecuencias directas en las actividades y el día a día ya se notan y son terribles. El tener a millones de seres humanos incapacitados simultáneamente por una infección está haciendo mella en la productividad y las cadenas de suministro en el planeta. Hace unas semanas presenciamos la cancelación de miles de vuelos en el mundo por personal enfermo; en México varios itinerarios han sido afectados. Y hace unos días, el Instituto Nacional de Antropología e Historia anunciaba el cierre de varios museos. Varios estados de la República han pospuesto el regreso a las aulas y no son pocas las historias de personal educativo contagiado, que obligan al regreso de alumnos a clases a distancia.

La llegada de ómicron fue la sorpresa más esperada de la pandemia. Tras dos años de lidiar con la covid-19, cabía confiar en la prevención y buen juicio de las autoridades. La pregunta es por qué no estábamos listos y porqué no había un plan de contención. (Si lo hubo, nadie nos lo mostró y, a juzgar por los hechos, no fue muy eficaz.)

Lamentablemente el panorama no pinta bien. La variante ómicron sigue llena de sorpresas e interrogantes: ¿por qué y por cuánto tiempo logra evadir la inmunidad de las vacunas? ¿Es capaz de causar igual o mayor daño a largo plazo que otras variantes? ¿Se mostrará en algún momento tan agresiva con los niños como con los adultos? ¿Hacia dónde irá la pandemia después de ómicron? No se sabe con certeza.

Los expertos son cautelosos con sus pronósticos. Algunos piensan que este virus ya ha dado todo su potencial y podríamos convivir con él en un futuro cercano. Otros piensan que el SARS-CoV-2 aún tiene capacidad de seguir mutando y dando sorpresas.

En cualquiera de los dos casos, nuestra conducta deberá ser la misma por mucho tiempo. Tenemos que continuar con las medidas de protección personal que hemos aprendido durante estos años, cambiar nuestros modelos de convivencia y de planeación de espacios para favorecer una mayor ventilación. Debemos promover y exigir un programa de vacunación amplio y agresivo, así como adoptar ya una estrategia de detecciones e identificación de contactos. Debe gastarse lo que sea necesario. No podemos escatimar. Ómicron llegó como el gran recordatorio de que no hay pandemia fácil y que encararla requiere voluntad, planeación y mucha inteligencia.

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