Escena de We are aliens, de Kohei Kadowaki.

Annecy 2026: animados inadaptados

De la programación de Annecy, el festival de cine de animación más importante del mundo, destacan dos cintas que cuentan historias de crecimiento y autoaceptación.
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El Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy está llevando a cabo en estos días su histórica emisión número 50 en el pequeño pueblo del suroeste francés que le da nombre. Fundado en 1960, se trata del festival más importante de su tipo. En él se han presentado –para luego ser justicieramente premiados– algunos de los filmes animados más importantes de las últimas décadas, desde la inolvidable película de aviación porcina Porco Rosso (Miyazaki, 1993) hasta la devastadora cinta de crecimiento y maduración femenina Memorias de un caracol (Elliott, 2024), pasando por obras mayores animadas de la talla de Coraline y la puerta secreta (Selick, 2009), El fantástico Sr. Zorro (Wes Anderson, 2010), El niño y el mundo (Abreu, 2013) o La vida de calabacín (Barras, 2016).

¿Habrá alguna película de las que se presentan este año en competencia que podría unirse a esta prestigiosa lista? A la distancia y sin saber aún de qué manera los jurados decidirán repartir los premios en las distintas categorías, hay por lo menos dos filmes que, desde mi perspectiva, merecen no solo algún tipo de reconocimiento sino, también, la oportunidad de ser vistos en la pantalla grande de este lado del Atlántico. Se trata de un par de largometrajes animados que, independientemente de que vienen de distintas industrias y de muy distintos estilos de animación, tienen en común una temática idéntica: el retrato de personajes que se sienten, se saben y se reconocen como extraños ante los demás.

La más optimista de las dos películas es Julián (Irlanda – Canadá – Luxemburgo -Dinamarca, 2026), ópera prima por partida tripe de los codirectores Louise Bagnall, Guillaume Lorin y Mark Mullery, basada en el multipremiado libro ilustrado Julián is a mermaid (Walker Books, 2019), de Jessica Love. Es evidente que la fuerza creativa dominante en este encantador filme animado es la de la irlandesa Bagnall, pues Julián está claramente conectado con su anterior conmovedor cortometraje nominado al Oscar 2019 Late afternon (2017), centrado en una anciana perdida en su confusa memoria y en sus recuerdos.

En Julián hay también una enérgica abuela dominicana, pero el protagonista es, más bien, el chamaquito del título, un niño que es dejado por su papá a pasar el verano con su abuelita Carmela en una colorida calle de Brooklyn. Julián se siente extraño por varias razones: no conoce el barrio, no ha convivido mucho con su abuela, no está acostumbrado a la comida dominicana y, mucho menos, a la disciplina tradicional (“No te levantas de la mesa hasta que te acabes todo”). Julián vive en su propio mundo de fantasía acuática, soñando y dibujando criaturas marítimas, un estado anímico que no es compartido por nadie hasta que se encuentra con tres niñas que le ofrecen la oportunidad no solo de usar sus talentos artísticos sino de expresar aquello que él mismo aún no termina de entender. En unos días se llevará a cabo el exuberante Desfile de las sirenas de Coney Island, por lo que Julián decide crear su propio disfraz para poder participar en la fiesta colectiva.

Estamos, ya lo habrá adivinado, ante una conmovedora crónica de autodescubrimiento y autocelebración queer que apuesta por la generosidad y la empatía. Es cierto que no faltan los chamacos que molestan a Julián cuando lo ven probarse su traje de sirena, pero el argumento –escrito por la propia autora del libro original, Jessica Love– privilegia el sentido del triunfo, de la felicidad, de la afirmación personal. De esta manera, por más chapada a la antigua que sea la estricta abuela dominicana, la señora muy pronto entiende que su nieto es distinto, que necesita amor y, de pasada, algo de ayuda para crear el mejor disfraz de sirena posible.

El estilo de animación de Bagnall y sus codirectores obedece a este tono optimista: colores brillantes con formas y dibujos que parecen provenir del propio libro de Love, realizado en gran medida a través de acuarelas. El dinamismo de las formas y los escenarios contagia de alegría, mientras la guapachosa música afrocaribeña de La-Nai Gabriel acompaña el autodescubrimiento del chamaquito. No extraña que el libro original hay sido prohibido en innumerables distritos escolares en los Estados Unidos trumpistas, acusado de ser una peligrosa propaganda transgénero. Más allá de su desafiante posición política –que, en realidad, no es más que humanista–, Julián merece todos los reconocimientos posibles. Ya veremos si los gana en Annecy. Y ya veremos si se estrena en Estados Unidos.

Mucho más oscura, en la forma y en el fondo, es Wareware wa uchûjin (Japón-Francia, 2026), ópera prima en el cine del director de videoclips Kohei Kadowaki. El título internacional con el que será distribuido este filme animado, We are aliens, expresa con meridiana claridad el sentido dramático del guion original escrito por el propio cineasta debutante, inspirado, por lo visto, en su infancia y juventud. La complejidad narrativa de la historia –que se cuenta dos veces, desde la perspectiva de cada personaje, lo que demanda un espectador atento que vaya ordenando todos los acontecimientos que vemos en pantalla– está empatada con una búsqueda formal innegable.

Uno de los dos aliens del título internacional es el tímido Tsubasa, un chamaco que entra al tercer año de primaria en algún pueblo del interior japonés y que es tan solitario que, con tal de encajar, dice en su presentación en el salón de clases que de grande quiere ser jugador de futbol, aunque no le interesa para nada ningún deporte. Tsubasa es criado por su rígida madre en un tranquilo departamento, sin padre a la vista ni tampoco amigos. Esto cambia cuando se encuentra con su compañerito Gyotaro, un extrovertido niño que, por su carácter ingobernable, se empieza a meter en problemas sin tener necesariamente ninguna culpa. La entrañable amistad inicial de Tsubasa y Gyotaro empieza a resquebrajarse a partir de un exabrupto del segundo y por la prejuiciosa imaginación del primero, que empieza a escuchar a todos los demás compañeros hablar del “extraño”, “raro” y ¿por qué no?, hasta “extraterrestre” Gyotaro. Con el paso de cada grado y al llegar a la adolescencia, Tsubasa y Gyotaro no solo han dejado de ser amigos, sino que ni siquiera, se dirigen la palabra. Son unos extraños uno para el otro.

Sin embargo, en el minuto 52 del filme, cuando aparece, de hecho, el título de la película en la pantalla, la historia que acabamos de ver es contada de nuevo, solo que desde la perspectiva de Gyotaro, quien efectivamente es empujado hacia los márgenes sociales de su escuela después de una acusación infundada. Su alienación es tan radical que veremos cómo el alegre y expansivo chamaquito de la escuela primaria se ha convertido en un solitario, temeroso y hasta resentido adolescente.

El estilo de animación de Kadowaki cambia de piel, de la misma forma que la historia de Tsubasa y Gyotaro va cambiando en la medida que avanza. La técnica realista del rotoscopio se alterna con una animación digital que linda con lo expresionista, pero que luego puede virar hacia una técnica animada mucho más tradicional. Estamos ante un notable filme animado híbrido, cambiante, en constante estado liminal, como la vida de los dos personajes principales, a los que vemos pasar de una infancia a una juventud en la que no faltan alegrías, pero tampoco dolor.

Ni modo: este es el precio de crecer, pero también de tomar decisiones equivocadas y de elegir vivir en el pasado en lugar de ver hacia el futuro. De cualquier manera, pagado el precio, queda en el horizonte la oportunidad de crecer de verdad, de perdonar y perdonarse, de ver al otro a los ojos con la convicción de que, en el fondo, no somos extraños los unos para otros. ~


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