En el octavo episodio, el final y apoteósico, de Carrie (E.U., 2026), la nueva miniserie creada por el prolífico cineasta y guionista Mike Flanagan, la humillada adolescente telequinética Carrieta White (la actriz infantil canadiense Summer H. Howell ya crecidita) camina lentamente, bañada en sangre de puerco, por la calle principal del pequeño y ficticio pueblo de Chamberlain, en Maine, después de haber provocado la vengativa y vengadora muerte violenta de varias decenas de estudiantes y profesores de la preparatoria Ewen.
Hasta hace unos minutos había experimentado el momento más feliz de su vida, acaso el primero: su sorpresiva coronación como reina del baile de fin de cursos, cuando ella creía que, finalmente, todos sus compañeros la habían aceptado, que por fin había encajado en el cruel ecosistema adolescente que domina en nuestra época –y en cualquier otra–. Pero unos litros de sangre de puerco caídos del cielo habían acabado abruptamente con el sueño: después de la sorpresa, llegó la vergüenza y el llanto, y luego la ira desatada e indomable. Y en ese momento, cuando empezó a usar sus poderes telequinéticos, pagaron todos por igual, los cómplices activos y pasivos, los inocentes y los culpables, los que querían ayudarla, los que le tenían lástima y los que la dañaron en serio. Lo mismo justos que pecadores, porque cuando la ira aparece –esa “locura temporal”, “la más sombría y la más desenfrenada” diría Séneca– nadie se salva.
Carrie White camina, pues, en medio de la calle principal, hacia su casa, buscando el consuelo que le pueda brindar su madre, la activista, influencer y fanática religiosa ultraconservadora Margaret (Samantha Sloyan). En esta secuencia, la cámara de Michael Fimognari sigue a la chamaca bañada en sangre mientras, al fondo del encuadre, podemos ver con claridad que en uno de los cines de Chamberlain se ha programado una retrospectiva –¡y en 35 mm!, como debe de ser– de Brian de Palma. O sea, que seguramente la Carrie de Howell pudo ver, y en pantalla grande, la primera y mejor adaptación de la novela homónima de Stephen King, Carrie: Extraño presentimiento(1976), filmada apenas dos años después de la exitosa publicación del libro.
Se trata de uno de los varios guiños metacinematográficos y metaliterarios que Flanagan disemina a lo largo de esta primera temporada de Carrie –hay referencias a la saga La torre oscura, también de Stephen King; Margaret White trabaja en el S-Mart de Guerrero de las sombras (1992); una estudiante está leyendo por ahí El exorcista–, y tampoco falta el comentario político directo sobre los Estados Unidos del día de hoy, pues cuando la curiosa Carrie, recién inscrita en la prepa Ewen, llega a la biblioteca, elige leer varios libros clásicos que, casualmente, han sido censurados, retirados o prohibidos en varios distritos escolares de ese país trumpista: Algo voló sobre el nido del cuco (1962), de Ken Kesey; Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (1969), de Maya Angelou; y El cuento de la criada (1985), de Margaret Atwood, entre otras obras subversivas. Se trata, por supuesto, del tipo de libros que su mamá no quiere que lea.
Esta nueva adaptación de Carrie –la cuarta desde la insuperable e insuperada de Brian de Palma– da en el clavo en dos aspectos cruciales que están en el libro original y en la primera película de 1976. Por un lado, la asfixiante cultura fanática ultraconservadora que produce monstruos como Margaret White, quien era vista como una loca extravagante en los turbulentos y rebeldes años setenta en los que fue escrito el libro y realizado el primer filme, pero que ahora resultan ser mucho más comunes en un país cuya buena parte de su población está rendida ante las más delirantes conspiraciones y las más radicalizadas creencias religiosas evangélicas. Es decir, Margaret White no solo resulta más normal hoy, en los Estados Unidos de 2026 que hace 50 años, sino que, de hecho, ahora está convertida en una admirada y aplaudida influencer que, si tuviera buenos contactos, podría ser parte del equipo de la Casa Blanca.
El otro elemento argumental novedoso es la naturaleza del abuso escolar que sufre Carrie. En cada versión fílmica de la novela, la pobre chamaca perpetuamente ridiculizada, descrita brutalmente por Stephen King como la perfecta víctima propiciatoria de la crueldad adolescente (“una muchacha robusta, con granos en el cuello, la espalda y las nalgas”), sufre de rechazos, insultos, violencia física y verbal, un día sí y otro también. Como la ratonil e insegura Sissy Spacek de 1976, Carrie es abusada directamente en las regaderas, en el salón, en los pasillos, en la calle y, finalmente, en el célebre baile de graduación. Es prácticamente el mismo trato que recibe la Carrie de Angela Bettis del modesto telefilme de 2002, pues todavía no existían las redes sociales con las cuales extender la crueldad y, aunque en la cinta de 2013, la Carrie de Chloë Grace Moretz sí es grabada en video en la famosa escena inicial de las regaderas, no tiene las mismas repercusiones de lo que pasa en esta nueva apropiación, pues el arma que usa la irredenta y resentida villana Chris Hagersen (Alison Thornton, perfectamente detestable) para violentar a Carrie es, precisamente, las redes sociales: una cuenta falsa que crea en Instagram no solo para burlarse de su compañera de salón sino, de pasada, para abusar de otros estudiantes y de sus propios maestros.
Cada generación merece su propia Carrie: los baby-boomers tuvieron la Carrie de Brian de Palma, los millenials la Carrie televisiva dirigida por David Carson, los adolescentes Z la Carrie adaptada por Kimberly Pearce y, ahora, los chamacos y chamacas alfa tienen esta miniserie que explora no solo la crueldad natural que existe en cualquier adolescente en cualquier época, sino que la lleva a terrenos insospechados en este bravo nuevo mundo digital en el que todos habitamos (y en el que, por cierto, está usted leyendo este artículo). Esta relectura del texto fundacional de la extensa obra de Stephen King –no fue su primera novela escrita, pero sí su primera publicada– resulta realmente valiosa porque Flanagan encontró nuevos escenarios para contar la misma historia tan leída, tan vista y tan conocida.
El único gran pero que arrastra la nueva Carrie es que, para variar, Flanagan se engolosina en sus propios logros: no era suficiente adaptar sagazmente esta antigua historia setentera a los Estados Unidos de hoy, sino que había que agregarle elementos innecesarios –un personaje nuevo y amistoso que conoce Carrie en la escuela–, digresiones inexplicables –un affaire entre un profesor y una estudiante— y la promesa de una segunda temporada, pues todo parece indicar que esta Carrie está destinada a otras aventuras más que, conociendo los desafueros anteriores de Flanagan –su quebrada miniserie Misa de medianoche (2021) que inició tan bien para terminar tan mal–, no augura nada bueno. Y, la verdad, Carrie no merece esto: si hay una segunda temporada, espero que me la respeten. Luego ya ven cómo se pone. ~