Cine de escritores

Desde His Girl Friday hasta Wonder Boys, las mejores películas con protagonistas escritores en la historia del cine. 
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Luna nueva (His girl Friday, 1940), Howard Hawks

Hay quien afirma que His girl Friday de Hawks es la película “más rápida” que se ha filmado (cf. Film art, ed. 10, de Bordwell y Thompson). Y de verdad lo parece por su mezcla de diálogos velocísimos, de intercambios que se traslapan y, sobre todo, de plazos a punto de cumplirse: la protagonista –la reportera Hildy Johnson– tiene que tomar el tren de las 3 de la tarde, debe casarse mañana, debe terminar su reportaje antes de que anochezca; el protagonista –el editor Walter Burns– debe evitar a toda costa que Hildy se vaya, debe conseguir que el ayuntamiento no cuelgue a un criminal antes de las 6 de la mañana; los antagonistas –el sheriff y el alcalde– deben colgar al criminal… La presión del reloj es permanente. Y, mientras tanto, Hawks y su actriz, Rosalind Russell, inventaban el personaje de la periodista dura con un aplomo y una ligereza inigualables. La película puede verse completa acá. –AR

 

Días sin huella (The lost weekend, 1945), Billy Wilder

El escritor alcohólico es uno de esos tópicos queridos de la literatura y el cine (Bajo el volcán, Factotum, Barfly, cien más). En ninguna película lo hemos visto con la vergüenza ajena, con el brío, con la capacidad igual para el melodrama y el horror como en Días sin huella del gran Billy Wilder. La vindicación del alcohol por Don Birnam (“¿Qué le hace a la mente? Lanza las bolsas de arena para que el globo pueda elevarse. De pronto estoy por encima de lo ordinario. Soy competente. Cruzo las cataratas del Niágara sobre una cuerda floja. Soy uno de los grandes. Soy Miguel Ángel, moldeando las barbas de Moisés. Soy Van Gogh pintando pura luz de sol. Soy Horowitz, tocando el concierto Emperador. Soy John Barrymore antes de que las películas lo ahorcaran. Soy Jesse James y sus dos hermanos: soy los tres. Soy Shakespeare. Y allá afuera ya no está la Tercera Avenida: está el Nilo. Y sobre el Nilo pasa la barca de Cleopatra) tiene su revés en el descenso al delirium. Wilder da y quita. –AR

 

 

Ocaso de una vida (Sunset Blvd, 1950), Billy Wilder

¡Ay de los escritores de Hollywood, ay de los escritores fantasma, ay de los escritores que narran su propia muerte! Pero bendito sea Billy Wilder. La ex estrella Norma Desmond contrata al escritor de cuarta Joe Billis para que le trabaje un espantoso guión de Salomé (y, de paso, para que le sirva de prostituto). Todo aquí es atroz: hay el cadáver enjoyado de un chango de la estatura de un niño de ocho años (“Must’ve been quite a chimp” apunta Joe en off); hay un sirviente devotísimo, Max von Mayerling, que escribe falsas cartas de fan para que Norma no sienta la dureza del tiempo –el tipo es, en realidad, el segundo marido de la actriz, un viejo director de cine reducido y resignado a esa mínima expresión. Norma recibe llamadas de la oficina de Cecil B. de Mille y, naturalmente, asume que tratan de su regreso al cine (“Not come-back”, nos dice, “but return!”): en realidad, la oficina quiere rentar su auto, una carcacha viejísima… Y así hasta que por piedad Norma asesina a su escritor. Esta es menos la película de un ghost writer o de una ex estrella que la de nuestro patético, ridículo, paso por la tierra. –AR

 

All the president’s men, Alan J. Pakula, 1976

La historia del par de periodistas que contribuyeron a la caída de Nixon —y al encarcelamiento de 43 personas—, Carl Bernstein y Bob Woodward, es un thriller bien construido que muestra el lado detectivesco del periodismo de investigación gringo. Bernstein y Woodward fueron los tipos que elaboraron el caso Watergate desde la tribuna del Washington Post, pero aquí lo emocionante es la ficcionalización del asunto: el uso del cliché del hombre-en-las-sombras (aquí llamado Garganta Profunda, que encontró particular resonancia en Los Expedientes Secretos X); las largas tomas y los ágiles diálogos que rebotan de un personaje a otro; la bella secuencia de la Biblioteca del Congreso: todo junto para darnos una idea del poder de las palabras, de la noticia, de los hechos presentados honestamente al lector. Ficción pura, vaya. —LR

 

Barton Fink (1991), Ethan y Joel Coen

Pocas cosas más toscas que un escritor que se ha creído su propia voz. Por ejemplo, un escritor que cree que su voz es la voz del pueblo: del Hombre Común. Semejante escritor es Barton Fink, que (aunque él no lo sabe) llega a Hollywood desde Nueva York para profesionalizarse. Presionado desde varios flancos –por la proverbial hoja en blanco, por un vecino de cuarto/Hombre Común/asesino serial, por el jefe del estudio–, el pobre Barton va descendiendo a un infierno no demasiado distinto al del Overlook Hotel en El resplandor de Kubrick. (Otro espécimen del cine de escritores que enloquecen.) Los Coen llenan su película de detalles hermosos o irritantes: un cuadro en la habitación que parece la promesa de un paraíso, un timbre en recepción que se niega a dejar de sonar, un mosquito que no ceja, un tapiz que parece vivo. Cualquier otro hubiera enloquecido. –AR

 

Deconstructing Harry (1997) · Bullets Over Broadway (1994), Woody Allen

Oquéi: es trampa incluir dos películas como si fueran una nomás porque el director es el mismo. De acuerdo, pero seamos tantito flexibles: la obra de Allen podría leerse también como un compendio de las vicisitudes de la intelectualidad. El neoyorquino sabe que poca gente tan patética como la que se dedica al mundo de las ideas, y se ha encargado de exhibir esa realidad cruel pero acertadamente. Deconstructing Harry es un descenso al infierno —literalmente— de un escritor. (Es, también, una reconstrucción de Stardust Memories, de 1980.) Pero este infierno es hilarante, aunque la carcajada provenga de observar la disfuncionalidad del protagonista, su escasa capacidad para relacionarse con otras personas, y su refugio en lo único en lo que puede hacer más o menos bien: escribir. Balas sobre Broadway cuenta la historia de un mediocre escritor de obras de teatro —John Cusack como trasunto del propio Allen— y la aparición de un gángster —el enorme Chazz Palminteri— de inusuales habilidades literarias. Aquí, Allen esboza otra idea central en torno al arte: el talento no siempre está donde uno supone que debería. Ambas, imprescindibles. —LR

 

Wonder Boys, Curtis Hanson, 2000

Michael Douglas como trasunto de Michael Chabon no suena del todo bien, pero Wonder Boys funciona de forma casi inesperada: una historia tierna y entretenida del camino que sigue, en una noche, el joven escritor James Leer —Tobey Maguire— de la mano de su profesor de escritura creativa, Grady Tripp —el mencionado Douglas—, para encubrir un pequeño crimen casi humorístico y, de paso, descubrir su sexualidad y acercarse un poco más a la literatura. Desprovista de solemnidad, como con una sonrisita sarcástica todo el tiempo, Wonder Boys tiene dos de los minutos más angustiantes y divertidos del cine de los dosmiles: aquel momento en el que los cientos de páginas de la novela inconclusa de Tripp vuelan directamente hacia el río. Cualquiera que haya pasado más de una hora trabajando con palabras y las haya perdido sabrá que la escena despierta lo mismo tristeza que hilaridad.

[Si a alguien no le molesta el spoiler de una película que se estrenó hace 12 años, aquí la escena: http://youtu.be/q5rs99ZpXCM] —LR

 

Reprise, Joachim Trier, 2006

De Reprise destacan su pulida estética de videoclip; su fotografía, tan cercana al blanco y negro; una edición y un montaje ágil e inventivo —prueba de eso es su íncipit [http://t.co/pc1DTSHv]. La historia de Erik y Phillip, dos jóvenes de 23 años que sueñan con el éxito literario captura el zeitgeist de un lugar geográficamente lejano —Oslo, en Noruega— pero no ajeno. “¿Vamos a hacer que nos publiquen, o sólo estamos cultivando la angustia?”, dice Phillip al arrancar la cinta. La frase pudo ser pronunciada por cualquier escritor en cualquier país. El debut de Joachim Trier —nominado al Oscar como Mejor Película Extranjera en 2006, pero curiosamente estrenado en EUA hasta este 2012— es un acercamiento a veces romántico, a veces cínico, a algunas de las angustiosas profundidades a las que puede llevar el oficio literario.

 

The cat piano (2009), Eddie White y Ari Gibson

Este corto cumple el sueño de todo poeta que no se respete: salvar la película y quedarse con la chica. Está protagonizado por un vate felino –voz: Nick Cave– y narrado en ondulante verso aliterado. Poco que decir salvo: helo aquí, en toda su gloria azul casi morado. –AR

 

 

The Ghost Writer, Roman Polanski, 2010

El músculo hitchcockiano de Polanski en su punto: un ejercicio formal que construye el suspenso con base en escenas con un score pacientísimo, tenso, y silencios que sólo lo agravan; una intriga in crescendo que se revela ominosa, inevitable; su descubrimiento es al mismo tiempo asombroso y aterrador. Ewan McGregor es un grisáceo escritor sin nombre —he aquí una importante clave de la cinta— que recibe el encargo de escribir las memorias de un ex Primer Ministro británico —Pierce Brosnan— con un par de sucios secretos políticos y de guerra. Verdad es que la película no se preocupa jamás —porque no es su intención— por desentrañar alguno de los misterios de la escritura, pero cualquier pretexto es bueno para escribir sobre ella. —LR

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