El calígrafo y la flecha

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Nos guste o no, la épica es desde la Ilíada y la Odisea uno de los géneros más socorridos por el arte en sus diversas manifestaciones; el cine, la más joven de ellas, no ha rehuido su influjo sino que, por el contrario, lo ha potenciado a niveles que rozan la megalomanía. Un buen ejemplo es Intolerancia (D. W. Griffith, 1916), la primera gran epopeya fílmica de la historia, que consagra el que quizá sea su mejor segmento al esplendor babilónico y especialmente al festín de Baltasar, una secuencia cuyo rodaje es descrito así por Kenneth Anger:

Elefantes blancos –el Dios de Hollywood quería elefantes blancos, y los tuvo–, ocho gigantescos elefantes de yeso y escayola plantados sobre efímeros pedestales, dominando la colosal corte de Baltasar, una Babilonia de cartón piedra construida al lado del polvoriento y serpenteante sendero conocido como Sunset Boulevard. Griffith –director de cine erigido en Dios– reinaba allá en lo alto, tan arriba como jamás volvería a estar, sobre la ciudad de la ilusión, encaramado en la torre de cien metros de altura, donde se hallaba la cámara, y provisto de un gigantesco megáfono para gritar a los millares de individuos que se encontraban abajo las órdenes de ¡CÁMARA – AAACCIÓN! y convertir todo aquello en realidad.

Una realidad que, oh ironías hollywoodenses, redundaría en fracaso estrepitoso y en una atinada metáfora de los reveses de la grandilocuencia: “Cuando en la corte de Baltasar ya había germinado toda clase de malas hierbas y los muros del decorado se habían deformado, después de que el Departamento de Bomberos de Los Ángeles señalara aquel lugar como propicio para los incendios, la Babilonia de Griffith aún se mantenía allí como un reproche o un reto a la floreciente ciudad del cine.” Las doscientas cincuenta cuadrigas y las quince mil personas empleadas en tan ambicioso montaje, cifras que palidecen ahora que el CGI permite multiplicar extras y props hasta el infinito, cayeron junto con el director en el olvido al que están condenados ciertos delirios de grandeza. Aunque es un género noble, la épica también se guía por el célebre dictum de Flaubert: “Los más fuertes han perecido en la demanda. El arte es un lujo; requiere manos blancas y tranquilas.”

Justamente así son las manos del chino Zhang Yimou (1951), esteta consumado que con Héroe (2002), la primera y mejor parte de una trilogía completada por La casa de los cuchillos (2004) y La maldición de la flor dorada (2006), logra devolver a la epopeya no sólo una hermosura sino una profundidad que ya brillaban por su ausencia. Obvia respuesta a El tigre y el dragón (2000), cinta con la que Ang Lee alcanzó la fama y que trasladó las artes marciales a los dominios de la levedad preconizada por Italo Calvino, Héroe supera a su antecesora al aplicar una estrategia en deuda con Rashômon (1950), el clásico inspirado en dos cuentos de Ryünosuke Akutagawa aparecidos en la segunda década del siglo XX. A diferencia del filme de Akira Kurosawa, que acude a cuatro puntos de vista para referir un mismo episodio acaecido en un bosque –una violación y un asesinato– y para cuestionar por ende el principio de verdad, Héroe se centra en una sola perspectiva: la de Sin Nombre (Jet Li), guerrero que se presenta ante el rey de Qin (Chen Daoming) para explorar y explotar sus dotes de Sherezada. Estamos en el siglo III a.C., periodo en el que China se halla dividida en siete estados en una pugna permanente que el monarca de Qin busca finiquitar mediante la unificación, entendida como la conquista brutal de los seis reinos enemigos. Tres son los estratos narrativos que Héroe superpone con enorme belleza e ingenio: el primero lo constituye el relato de Sin Nombre, que ilustra cómo derrotó a los tres mayores adversarios del rey de Qin, Cielo (Donnie Yen), Espada Rota (Tony Leung) y Nieve Voladora (Maggie Cheung), cómplices en una conjura magnicida; el segundo atañe a la imaginación, donde ocurren dos de las contiendas cuerpo a cuerpo más notables de la película, una bajo la lluvia y otra en un lago por cuya superficie los guerreros se deslizan con liviandad de libélulas; el tercero pertenece a la realidad y su función es nutrir y contradecir los otros dos estratos para crear una suerte de poliedro, a cada una de cuyas caras corresponde un color –gris, rojo, azul, blanco, verde, negro– acentuado por la cámara plástica del australiano Christopher Doyle, colaborador de Wong Kar-wai. (Durante el rodaje, Doyle dijo: “Este filme será un auténtico viaje cromático.” Y vaya que acertó.) Más allá de la riqueza visual que permea cada una de sus escenas, entre las que destaca el enfrentamiento entre Nieve Voladora y Luna (Zhang Ziyi), aprendiz de Espada Rota, en un bosque de robles transformado en una vorágine de hojas otoñales; más allá de que restituye y actualiza los códigos propios del género épico, Héroe ocupa un sitio de honor en el cine contemporáneo merced a la manera en que retrabaja la imagen del sable y la pluma o el pincel como instrumentos hermanados en la lucha contra la barbarie. Sin Nombre llega a Zhao, sede de calígrafos y uno de los supuestos bastiones enemigos, para solicitar que se le dibuje la vigésima variante del caracter “espada”:

–La caligrafía y la espada se basan en combinar el poder de la muñeca con el espíritu del corazón. Ambas están intrínsecamente relacionadas; su misterio se revela sólo a aquellos que perciban dicha relación.

En pleno asedio a Zhao por parte de las huestes de Qin, famosas por la destreza de sus arqueros, el maestro de los escribanos anima a sus alumnos con estas palabras:

–Recuerden todos que puede que las flechas de Qin sean poderosas, puede que penetren nuestra ciudad y destruyan nuestro reino, pero nunca podrán destruir lo que escribimos. Hoy aprenderán el verdadero espíritu de nuestro arte.

¿Qué estampa más osada, en estos tiempos medrosos que corren, que la de unos calígrafos listos para retar los embates de la sinrazón con los simples trazos que surgen de sus plumas? ¿Qué mayor desafío al caos que el propuesto por Espada Rota, que continúa su labor cambiando su pincel quebrado por una de las incontables saetas que diluvian en torno suyo?

– Mauricio Montiel Figueiras