El cuerpo y la violencia

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En una habitación oscura, un hombre está sentado frente a otros cinco. Salvo unos calzones negros, no lleva ropa encima. Su postura es rígida, tensa. Sólo habla cuando se le interpela. Vestidos con traje negro –impecables, a su manera–, los cinco examinadores escrutan cada centímetro de su piel desnuda. Eso les basta para saber que el hombre estuvo en prisión en Siberia, que se ha dedicado a robar y que nunca ha delatado a nadie. Los tatuajes que lleva en brazos, espalda, pecho, abdomen y muslos dan cuenta de su biografía hasta el momento de llegar ahí. Ha llegado a esa habitación para, ahora, trazar su futuro. Tras negar a su padre y madre, y prometer lealtad al código de la Vory V Zakone, Nikolai Luzhin (Viggo Mortensen) es aceptado como miembro de la mafia rusa, en este caso asentada en Londres. En la secuencia que sigue, Nikolai será marcado con uno de los emblemas que distingue al clan: estrellas tatuadas en las rodillas, y sobre el corazón.

La escena tiene lugar hasta el último tercio de la película Promesas peligrosas, y desencadena vueltas de tuerca y desenmascaramientos que se suceden, sin parar, hasta llegar a la escena final. Identidades e intenciones que hasta entonces se tenían por reales, se revelan como una fachada, y le recuerdan al espectador un hecho simple que pudo haber olvidado a lo largo de una trama imbricada, y por momentos anclada en los clichés del cine de gángsters. Este hecho simple es que se trata de una película de David Cronenberg, cuya reincidencia en ciertos temas rebasa su primera intención. Que Promesas peligrosas se considere o no una película cronenbergiana es un asunto que, si hay que creerle, aburre, divierte o tiene sin cuidado al director. Lo cierto es que para fines prácticos –la experiencia de ver la película– la presencia de obsesiones y temas que ya han transformado su apellido en adjetivo pedante consigue que la película se eleve por encima de su género y de su guión.

A grandes rasgos, el planteamiento. En el Londres contemporáneo, una niña llega con trabajos a una farmacia; pide algo indescifrable, se desangra por entre las piernas y se desploma en el piso. En un quirófano de emergencias, la niña muere un minuto antes de dar a luz. La partera, Anna (Naomi Watts), rescata el diario que la chica llevaba en su bolsa –era rusa, tenía catorce años y se llamaba Tatiana– y decide contactar a su familia para entregarle al bebé. Una tarjeta en el diario la conduce al restorán del ruso Semyon (Armin Mueller-Stahl), un hombre paternal que le promete traducir el diario.

Semyon es padre de Kirill (Vincent Cassel), un tipo impulsivo, borracho, agresivo y, se rumora, homosexual. En el código de la Vory V Zakone –sociedad de ladrones rusos que observan principios de protección mutua–, los atributos de Kirill son motivo de vergüenza, ya no se diga si pretende heredar de su padre el liderazgo de la familia. Para ayudarlo a limpiar sus excesos, Kirill se hace acompañar de Nikolai. Cuando Anna se adelanta a traducir fragmentos del diario, se da cuenta de que Tatiana era una esclava de la Vory V Zakone y la niña recién nacida, el peor de los excesos cometidos por el clan.

Como en su película previa, Una historia violenta, el tono realista de Promesas peligrosas circunscribe los temas de Cronenberg –la fusión entre tecnología y cuerpo, la duplicidad, la naturaleza híbrida de la identidad– al terreno estricto de la metáfora, muy lejos de la literalidad permitida en la ciencia ficción. Por tratarse de mundos posibles, sus preguntas filosóficas hacen eco en la experiencia de su más mundano espectador. Hermana gemela de Una historia violenta, Promesas peligrosas es menos la intriga que se cuenta en la superficie y más la historia de un hombre cuya vida pasada (y secreta) se vuelve incompatible con su nueva identidad. Si uno cambia de vida, ¿ha sepultado su esencia o está en vías de conocerla? En Promesas peligrosas, Viggo Mortensen –impecable– crea un personaje escondido tras tantas máscaras que acaba por no distinguir entre su coraza y lo que quería ocultar.

Las estrellas en el pecho de Nikolai lo convertirán, simultáneamente, en traidor, traicionado, criminal y redentor. La forma más antigua de intervención al cuerpo, el tatuaje es un rechazo de la condición natural. Por su esencia discriminatoria, es uno de los primeros vocablos en la historia de la aniquilación. Si el eje del universo Cronenberg ha sido, desde siempre, el cuerpo, y su tema más reciente, la violencia como causa y consecuencia de la evolución, la secuencia en la que Nikolai exhibe su piel grabada y acepta una nueva marca es, en el cine reciente, la síntesis más lograda del discurso de un director. ~

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