El magnífico Anderson

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Como todos los rótulos artísticos, el del cine indie esconde en sus productos fílmicos una gran cantidad de basura. Basura epocal, eso sí, dotada de los caracteres más acreditadamente contemporáneos: bajo presupuesto, rodajes cortos y lejos de Hollywood, actores marginales, premio en Sundance, estreno asegurado en los cines Renoir o Golem. Recuerdo que mi primer indie fue Welcome to L. A. de Alan Rudolph, aunque no creo que entonces (la película es de 1976) el término se usara en Inglaterra, donde yo la vi. Rudolph fue una estrella fugaz del mejor cine independiente norteamericano de los años setenta y ochenta; después de realizar alguna obra maestra (como Recuerda mi nombre y Elígeme), este discípulo y ayudante de dirección de Robert Altman se disipó lastimosamente, y apenas se sabe de él. Los nuevos indies se llaman ahora Vincent Gallo, Wes Anderson, Alexander Payne, Spike Jonze o Harmony Korine, por citar a los quizá más conocidos y, a mi juicio, más vacuos directores de moda, pero la lista es larga, y el interesado podrá encontrar en el número de febrero de la revista Cahiers du Cinéma España un diccionario heterodoxo muy exhaustivo. En el cuadro de honor que figura al final de ese recuento hallamos, en el pelotón de los indies consagrados, el nombre de Paul Thomas Anderson, que, al igual que Rudolph, se reclama discípulo de Altman y no duda en rodar dentro de los esquemas financieros de la gran industria del espectáculo y con estrellas de Hollywood. Se trata para mí del guionista y realizador más interesante del cine norteamericano actual, y de un autor insobornable que logra, con fórmulas misteriosas, filmar películas de gran presupuesto vistas sólo por públicos selectos, lectores, digámoslo así, de la poesía y no la prosa del cine.

La última (y quinta de las suyas) se llama There Will Be Blood [Habrá sangre], aunque los distribuidores le hayan puesto en España el convencional y poco adecuado título de Pozos de ambición, y confieso haber ido a verla con prevención: su anterior Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, del año 2002), me pareció un insufrible cóctel de onirismo felliniano, desarrollado con una autocomplacencia narcisista que el gran director italiano sabía al menos castigar gracias a su católico sentido de la culpa. Anderson es agnóstico, y vorazmente proclive a todos los pecados, de la carne, de la gula, de la soberbia. Cuando su pecaminosidad expresiva tiene un sustento dramático articulado el espectador puede participar en una verdadera orgía cinematográfica: la que ya se daba en varios momentos de su estupendo thriller parabólico Sidney, en las escenas más esquinadamente pornográficas de Boogie Nights, y desde luego en esa desaforada obra maestra que fue Magnolia. Pozos de ambición es casi jansenista: siendo larga, 158 minutos, dura media hora menos que aquella, y mientras que su reparto lo encabeza uno de los grandes del momento, el magnífico Daniel Day-Lewis (premiado con el Oscar por su interpretación), no dispone de la galería de grandes figuras (Tom Cruise, Alfred Molina, Jason Robards, Julianne Moore, Philip Seymour Hoffman) que, algunas en pequeños cometidos, completaba el elenco de Magnolia.

Hay pocos cineastas actuales con el talento narrativo y la invención visual del “magnificent Anderson”, y el guiño a Orson Welles viene a cuento, pues Pozos de ambición le debe mucho en inspiración e imaginería al director de El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons) o Ciudadano Kane. En su arranque, dentro de los pozos donde el joven buscador Plainview encuentra el oro negro y se hiere gravemente, el film parece que va a ser una saga petrolífera, en la estela del clásico Gigante de George Stevens, pero, sin abandonar nunca una cierta anecdótica ligada a ese trasfondo, inspirado someramente en la novela Petróleo de Upton Sinclair, Pozos de ambición se va desarrollando como una ficción sin centro, sin definición, sin dirección precisa y, también, sin desenlace. Oscura pero radiante, la historia del enriquecimiento y miseria (moral) de Plainview fascina por sus aperturas a lo que nunca llegamos a vislumbrar enteramente: ¿aporía sobre el poder, relato histórico sincopado, fábula bíblica, análisis jungiano de un conflicto paterno-filial? Estoy convencido de que una segunda lectura aún ampliaría el yacimiento de significados de There Will Be Blood, dotada por lo demás de una de las bandas sonoras más hermosas y originales que yo recuerde, en la que el guitarrista del grupo Radiohead Jonny Greenwood, lejos de ilustrar, anticipa, (des)acompaña y disputa con gran libertad de registros sonoros el texto de una película tan silenciosa como resonante. ~

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