Candyman, treinta años después

Candyman, treinta años después

La secuela tardía de la homónima cinta de 1992 parte de una premisa similar, pero se apropia de una fuerte alegoría política y social, en un momento de crítica a los pasados y presentes crímenes raciales estadounidenses.
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Hace unas semanas, en mi reseña de la trilogía de horror Fear Street, apunté que “el slasher del siglo XXI podrá seguir derramando sangre, mutilando víctimas y degollando cristianos, pero deberá ser diverso y feminista”. Ahora corroboro esta afirmación.

Al inicio de Candyman (E.U., 2021), secuela tardía de la homónima cinta slasher de 1992, una pareja gay e interracial –uno es WASP (acrónimo en inglés de blanco, anglosajón y protestante); el otro, afroamericano– visita a la hermana del segundo. Ella, una mujer afroamericana segura de sí misma, joven y talentosa, curadora estrella de una exclusiva galería de arte de Chicago, vive con su novio, un atractivo pintor también afroamericano, que en algún momento llamó la atención por su obra pero ahora lleva un par de años bloqueado creativamente. El escenario del segundo largometraje de la cineasta Nia DaCosta no podría estar más alejado del planteamiento de la Candyman original. En esta nueva versión, los negros –su comunidad, historia, horrores y folclore– no son meros actores secundarios en la trágica historia de la socióloga entonces interpretada por Virginia Madsen, sino que, esta vez, ocupan el lugar principal. Son los protagonistas de principio a fin.

Este nuevo Candyman ha llegado en el momento más oportuno posible, en que se cuestiona, como nunca, el pasado y el presente de los Estados Unidos, ya sea por el pecado original de la esclavitud, por la criminal segregación racial convertida en segregación económica y prolongada durante décadas, por la epidemia de violencia policial infligida contra la población negra o por la persistente paranoia blanca acerca del poder del cuerpo negro y su necesaria apropiación y neutralización, tal como lo planteó la sátira racial ¡Huye! (2017), de Jordan Peele, quien participa en este nuevo Candymancomo coguionista y coproductor.

Yendo por partes, no está de más trazar el origen de la primera Candyman, adaptada del relato original Lo prohibido (The Forbidden), del escritor y director de cine británico Clive Barker, publicado en castellano en la antología de terror Sangre 2 (Editorial Martínez Roca, 1988). La historia, ubicada en Liverpool, sigue a Helen, una estudiante de posgrado de sociología que se obsesiona con la figura de un hombre, pintada en la pared de un departamento abandonado en un conjunto residencial de viviendas subsidiadas y decadentes. “Dulce para los dulces” es la frase que lee Helen, al lado de un extraño rostro amarillento y de ojos penetrantes.

El barrio que visita Helen día tras día está habitado por obreros sin empleo, pandilleros que te asaltan en el quicio de tu puerta, familias quebradas por el abandono, personas que miran con desconfianza a cualquier desconocido que se adentre en sus terrenos, como lo es ella ante los ojos de esta comunidad cerrada y aplastada económicamente, en plena reconversión neoliberal thatcherista. Barker nunca ha sido un escritor famoso por sus alegorías políticas o sociales –el monstruo que enfrenta Helen, “el caramelero”, no es más que la personificación del inconsciente jungiano de esta sociedad desplazada–, pero los ingredientes socioeconómicos están ahí, al centro del relato. De manera que, cuando la casa productora PolyGram Filmed Entertainment compró los derechos para la adaptación fílmica hollywoodense, el cineasta y guionista británico Bertrand Rose no tuvo muchos problemas para desplazar la acción de Liverpool a Chicago, sustituir las viviendas subsidiadas británicas por un ghetto negro en la llamada “Ciudad de los Vientos” y agregar un elemento de tensión racial inevitable.

Más allá del cambio de escenario, el Candyman de 1992 sigue con extrema fidelidad las líneas generales del relato de Barker. Helen es una estudiante de posgrado que, interesada en el grafiti, visita la zona brava de Cabrini Green, donde se cometió un atroz asesinato, motivo de leyenda y perpetrado por un sujeto identificado como Candyman: un hombre afroamericano alto, elegante, con un gancho en lugar de su mano derecha, vestido con un largo abrigo negro y a quien se puede invocar repitiendo su nombre hasta cinco veces frente al espejo. Entusiasmada por el hallazgo, Helen empieza a hurgar en los orígenes del personaje mítico. Aparentemente, el monstruo que aterroriza a toda la comunidad fue, a fines del siglo XIX, un acomodado afroamericano, hijo de un empresario, que se hizo de nombre y prestigio al dedicarse a pintar retratos por todo el país. Un hombre rico y poderoso le encargó hacer el retrato de su hija pero, al darse cuenta que la muchacha y el artista se habían enamorado, el furioso padre ordenó torturar y matar al hombre que había cometido el imperdonable pecado de tocar a una mujer blanca. “Sean imaginativos”, les dijo a quienes organizaron el linchamiento. Y lo fueron: luego de golpearlo hasta el cansancio, le cortaron la mano derecha, le encajaron un gancho, lo desnudaron por completo, lo bañaron en miel y le echaron varios panales de iracundas abejas para que lo picaran. Al final, quemaron su cuerpo para que ningún residuo suyo permaneciera sobre la tierra, más allá de sus cenizas. Desde entonces, el espíritu de este hombre aparece cada vez que alguien duda de su existencia, se niega a tomarlo en serio o pretende hacerlo a un lado, como de cierta manera lo hace la escéptica Helen, quien ve las tragedias que rodean a Cabrini Green como una forma de obtener notoriedad y prestigio.

El slasher funciona porque sus bien montadas y resueltas escenas gore están diseminadas estratégicamente a lo largo del filme, y porque las apariciones de Candyman (Tony Todd) son escasas y, por lo mismo, más efectivas. A lo largo de la primera parte del filme sabemos de su existencia pero nunca lo vemos con claridad. Es alrededor de la primera hora de duración que Candyman logra hacer caer a Helen y que vemos de cuerpo entero al orgulloso hombre afroamericano, elegante y seguro de sí mismo, que juega bajo sus propias reglas y no las del hombre blanco.

Como lo mencioné al inicio, en la nueva Candyman estamos ante una secuela tardía pero directa del filme de 1992, situada en un Chicago muy diferente al de inicios de los años 90, con matrimonios gays interraciales y una joven pareja afroamericana que puede disfrutar de una vida exitosa y opulenta sin preocuparse de nada. A primera vista, todo parece haber cambiado y ninguno de nuestros protagonistas afroamericanos sufre racismo, discriminación ni explotación. Anthony (Yahya Abdul-Mateen II) es un joven pintor que habita un elegante departamento en una zona gentrificada del centro de Chicago, al lado de su novia, la curadora de arte Brianna (Teyonah Parris), quien es codiciada por el dueño de una poderosa galería de arte en Nueva York.

Aunque la premisa es muy similar a la de la película de 1992, en este nuevo Candyman la apropiación y explotación cultural no proviene de una ambiciosa académica blanca, sino de un pintor negro que, aunque nacido en un ghetto, se siente muy alejado de ese lugar en el que creció. Buscando inspiración, Anthony visita la misma zona que investigó Helen 30 años atrás –las viviendas subsidiadas de Cabrini Green– y se encuentra con la leyenda de Candyman, la historia trágica de Helen y su supuesto descenso a la locura, que atestiguamos en el primer filme, y con otra versión del nacimiento del mito. En realidad, Candyman no era un pintor negro linchado por el furioso padre de una novia blanca, sino un tal Sherman Fields (Michael Hargrove), hombre negro, pobre, sonriente e inofensivo, mutilado con un gancho en la mano derecha, quien gustaba de regalar dulces a los niños en los años 70. “Dulces para los dulces”, decía, como en la frase original del cuento de Barker. Cuando una niña blanca se cortó la lengua al chupar un dulce que tenía una navaja en su interior, la policía cazó a Sherman y le disparó a quemarropa y sin hacer preguntas. A los pocos días, los dulces con navajas volvieron a aparecer, señalando la inocencia de Sherman.

El guion, escrito por Jordan Peele, Win Rosenfeld y la propia Nia DaCosta, engaña con la verdad: este es un nuevo Candyman pero, en el fondo, se trata del mismo –el auténtico Tonny Todd aparece a su debido tiempo. A fin de cuentas, la injusta ejecución sumaria de Sherman no es más que otra versión de la misma ejecución sumaria, que ha sucedido una y otra vez, antes de Sherman y después de Sherman. La alegoría social y política puede pecar por su extrema claridad, pero está ejecutada visualmente con brío y elegancia formal. Retomando el estilo del filme de 1992, Candyman aparece, a veces, a través de un sencillo paneo, cual espanto salido de una cinta de Mizoguchi. El ingenioso juego especular de la puesta en imágenes, en las que Candyman es visto solo a través de espejos, le sirve a la realizadora para entregarnos composiciones dinámicas e imaginativas, donde un encuadre puede esconder otro encuadre no tan evidente.

Es cierto, esta nueva Candyman no está exenta de servidumbres o contradicciones, como ocurría en la primera cinta. Si en el filme de 1992 no faltaron los desnudos parciales de una muy atractiva Virginia Madsen, y su posterior transformación en un letal ente vengador resultó más bien gratuita, aquí y ahora no deja de ser cuestionable quién es y a quién sirve este nuevo Candyman. ¿Es Candyman el héroe perfecto de los tiempos del Black Lives Matter? Si es así, habría que aceptar que, para defender a los suyos, este Candyman del siglo XXI esté dispuesto no solo a derramar la sangre de los culpables, sino también de los inocentes. Aunque, bueno, la idea ya estaba en el perturbador cuento original de Clive Barker. Después de todo, “¿para qué sirve la sangre si no para derramarla?”.

Candyman (2021) se exhibe en algunas salas de cine en México. Ambas versiones están disponibles en Amazon Prime Video de Estados Unidos.

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