El nido está lleno de pinchos

'Cinco lobitos', de Alauda Ruiz de Azúa, arranca en los primeros días después del nacimiento de una niña, y habla también de las relaciones humanas como prisión.
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¿Es que montar una familia se ha vuelto imposible? ¿Desde cuándo? ¿Es un problema de las generaciones actuales? ¿Acaso ha sido posible alguna vez montar una familia? ¿Sin arrepentirse al menos todos los días un rato?  ¿Qué sentido tiene ese arrepentimiento? Cuando hace muchos años le preguntaron a Sócrates si era mejor casarse o no, respondió “hagas lo que hagas te arrepentirás”. Estas y otras cosas me pasaban por la mente mientras veía Cinco lobitos, el largometraje de Alauda Ruiz de Azúa que se ha estrenado en España hace unos días y que arranca en los primeros días tras el nacimiento de Ione, la hija de Amaia y Javi. Para ayudarles y para conocer a la niña, su única nieta, los padres de Amaia –también hija única– están pasando unos días con ellos. Ya desde el principio la casa resulta un ámbito asfixiante, donde nos asaltan todo tipo de automatismos y reacciones viciadas igual que el timbre del horno nos avisa de que el flan ya está hecho. Me refiero a la casa como sistema: Amaia no puede estar en la suya, porque trabajar y ocuparse de un hijo parece inviable si lo que se pretende es no hacerlo todo a medias, y en cuanto a instalarse provisionalmente en la de sus padres, una vez allí tampoco parece posible recuperar una convivencia armónica que quizá nunca existió. 

Las relaciones humanas como prisión: de esto también habla la película. Lo curioso es que hemos sido nosotros mismos los que, en algún momento de descuido, nos metimos en un papel del que ya no sabemos cómo salir. La familia como teatro del eterno retorno: a este estímulo respondemos siempre de esta manera, y el motivo de nuestra irritación muchas veces no es el comportamiento ajeno sino el encontrarnos a nosotros dejando pasar otra vez la oportunidad de responder de una manera inusual, más respetuosa con el individuo que somos y con el que tenemos enfrente y de acuerdo con la liberadora conciencia de que la vida se está haciendo a cada momento y no es una cenefa que recorre la celda con el mismo motivo repetido siempre. Sé que todos creemos que no caeremos en los errores que se van replicando de generación en generación, y que casi siempre caemos, y que a veces con suerte, si la cosa no es muy grave, conseguimos encontrarle un consuelo y hasta un encanto a pertenecer a esa torpe saga, torpe pero nuestra. Es algo que tiene que ver con la compasión, o que es la compasión misma, y que se aprende en mitad de la catástrofe en la que creemos habernos empantanado. Sé que vamos a caer en todo lo que dijimos que evitaríamos, pero en la película vuelvo a aprender algo útil para las mujeres: la conveniencia de no adoptar la actitud airada de “ya lo hago yo”. Ímproba labor, porque los tíos no se enteran y están como en otro mundo y en realidad nunca hay tiempo para hacer las cosas como si viviésemos en una bienintencionada terapia y encima por qué tenemos que estar nosotras ocupándonos además de explicar las cosas.

Pero precisamente Cinco lobitos, que está escrita y dirigida por una mujer y protagonizada por dos mujeres (Amaia está interpretada por Laia Costa y Begoña por Susi Sánchez, y las dos ganaron ex aequo el premio a la mejor actriz en el Festival de Málaga), y que cuenta una historia que solo nos puede pasar a las mujeres y que es precisamente la que determina nuestras vidas, es muy cuidadosa y perspicaz en el trato a los personajes masculinos. La directora siempre les deja aire y en todas las secuencias se les comprende, se deja adivinar la naturaleza de las pesadumbres que padecen y también el candor con el que viven, y su generosidad cuando la ejercen, y está tan bien fotografiado que es posible distinguir la armazón del sistema en el que participamos todos. No se trata de que los comportamientos de cada personaje sean ejemplares o reprochables, ni de que representen una tesis, sino de mostrar con cuidado y sin subrayarlo ni juzgarlo cómo nos enredamos en cosas que nos hacen daño y nos frustran. 

Pero no es todo un psicodrama bergmaniano en la costa vizcaína. Hay mucho humor y belleza en la película, golpes que provocan risa, planos subyugantes y un retrato muy vivo del ambiente vasco. En las secuencias en la pescadería llega el olor plateado a pescado fresco. Hay una secuencia en una sociedad gastronómica que te sabe la boca a txakolí. 

Y aunque no corresponda a ninguna secuencia montada, pienso en el cartel como una clave más de la película. Aparecen, al aire libre de la playa abierta en un día luminoso, los cinco personajes como los cinco lobitos de la nana, en orden de altura descendente. Que la niña recién nacida, en brazos de su madre, esté situada en el punto en el que la línea vuelve a ascender, me lo tomo como la esperanza siempre renovada de que podemos ser libres y felices. 

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