Escena de El paciente.

Analizando al asesino

En parte thriller, en parte melodrama familiar, El paciente es una arriesgada miniserie repleta de contradicciones, que se hunde y se levanta en cada episodio.
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Gene (Domhnall Gleeson) llega al consultorio del doctor Alan Strauss (Steve Carell). Tímido e inseguro, apenas pasa de los 30 años, lleva siempre una cachucha, se oculta tras unos lentes oscuros y le dice a Strauss que ha leído sus libros y que está ahí porque sabe que él puede ayudarlo. Gene tiene problemas serios y quiere resolverlos de una vez por todas. El doctor Strauss no ha sido su primera opción: de hecho, es el cuarto “psicólogo judío” con el que ha consultado, pero el perturbado hombre cree que en esta ocasión será diferente. Más bien, está seguro de que será diferente, pues ha planeado todo de manera concienzuda para que Strauss no tenga otra opción más que ayudarlo.

Desde el primer capítulo de El paciente (E.U., 2022), miniserie disponible en Star+, ya sabemos cuáles son los planes de Gene para mejorar su salud mental y emocional, para librarse de cierta compulsión que le hace tanto daño: secuestrar a su prestigioso analista para que lo atienda diariamente, a todas horas y en exclusiva. La premisa tiene una inevitable veta cómica pero, aunque a esta miniserie no le faltan algunos momentos humorísticos, la realidad es que El paciente está muy lejos de ser una nueva versión de Analízame (Ramis, 1999).

El problema que tiene que enfrentar el doctor Strauss no es solo que el siempre amable y comedido Gene –mejor dicho, Sam, porque este es su verdadero nombre– lo ha secuestrado, lo ha llevado a una casa aislada a las afueras de la ciudad y lo ha encadenado a una cama, sino que el susodicho paciente tiene una condición psicológica muy particular: es un asesino en serie, ha estrangulado a un número indeterminado de víctimas y quiere que el respetado doctor Strauss lo cure. Por supuesto, desde el inicio queda flotando la idea de cuál será el resultado si Strauss no logra su cometido. Después de todo, ¿para que querría Sam tener encadenado a su terapeuta si las sesiones terminan siendo un fracaso? Strauss está ahí no solo para ayudar a Sam sino, al final de cuentas, para ayudarse también a sí mismo. Para seguir con vida.

Escrita y creada por Joel Fields y Joseph Weisberg –coguionista y creador de The Americans (2013-2018), respectivamente–, El paciente avanza, a lo largo de sus diez episodios, en la cuerda floja. Por un lado, tenemos el thriller más o menos convencional, centrado en el asesino en serie de la semana, en este caso, el Sam interpretado magistralmente por Domhnall Gleeson, un siniestro pobre diablo que no puede olvidar los constantes abusos sufridos en manos de su violento padre por los que, se supone, se convirtió en asesino. Por el otro lado, estamos también ante un sólido melodrama familiar sobre un psicólogo juicioso y racional que ha perdido toda relación con su hijo mayor Ezra (Andrew Leeds) a partir de que éste abandonó la cultura liberal judía en la que fue educado para convertirse en un devoto judío ortodoxo. Atrapados los dos personajes, uno en su ¿incurable? compulsión asesina y el otro literalmente prisionero y encadenado entre cuatro paredes, analizarán durante esos diez capítulos sus respectivas vidas, sus complejas relaciones familiares y hasta sus cuestionables perspectivas futuras.

Fields y Weisberg han creado una arriesgada miniserie repleta de contradicciones que se hunde y se levanta en cada episodio y hasta en cada cambio de tono dentro de cada episodio. Ya que uno de los protagonistas es un asesino serial, no pueden faltar las escenas en las que vemos a Sam estrangular a algunas de sus víctimas, aunque luego ese mismo criminal trate de deconstruir racional –¿y genuinamente?– por qué hace lo que hace. Así, después de un asesinato podemos pasar, en corte directo, a las sesiones de terapia entre Sam y el muy profesional doctor Strauss, en un interminable toma y daca psicológico que funcionará, al final de cuentas, como un autoanálisis del propio Strauss. ¿Está intentando de verdad salvar a su paciente y a sus futuras víctimas, o solo está tratando de sobrevivir? ¿Realmente siente empatía por ese desalmado asesino serial? Y si es así, ¿cómo es posible que esté dispuesto a entender más a ese psicópata que a su alienado hijo religioso?

No todas las contradicciones en El paciente están resueltas de la mejor manera. Un ejemplo nada más: esos sueños recurrentes en los que Strauss se ve a sí mismo como un prisionero en el campo de exterminio en Auschwitz son, en el mejor de los casos, de muy mal gusto, por más que se traten de justificar con la cita y la presencia, en uno de los sueños, del influyente filósofo y psicoterapeuta Viktor Frankl (1905-1997). Vamos, no quiero imaginarme lo que diría Claude Lanzmann de la explotación del Holocausto como una manera más de entretener y emocionar al respetable.

Sin embargo, al lado de este flagrante tropezón argumental y hasta ético, tenemos también un análisis serio y profundo sobre las heridas que nos hacemos al ser parte de una familia y qué hacemos con las cicatrices que todos cargamos el resto de nuestra existencia. En el inevitable y, a la vez, inesperado desenlace de El paciente, Fields y Weisberg nos presentan un provocador cuestionamiento no solo sobre los límites de la psicoterapia sino, incluso, sobre los límites de la empatía. No puedo contar en qué termina esta miniserie: baste decir que plantea que, a pesar de todo, siempre habrá, al fondo del abismo, una esperanza. Si no de cambiar, por lo de menos de vivir y morir intentándolo. Algo es algo, diría el doctor Strauss.


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