Waiting for Guffman: pueblo chico, grandes aspiraciones

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“Puedo entender cómo se sienten los Kennedy”, dice una de las concejalas de Blaine, Missouri, entrevistada a propósito de la celebración de los ciento cincuenta años de la fundación de la ciudad. Y es que, además de funcionaria, Gwen Fabin-Blunt lleva en su apellido el peso de la tradición. Es descendiente directa del fundador de Blaine, un explorador que creía haber llegado a California. Tras varios días de no ver el mar entendió que se había equivocado. Igual, él y los que lo acompañaban ya estaban a gusto ahí. Para qué moverse más, pues.

En 1997 se estrenó en pocas salas de Estados Unidos el mockumentary Waiting for Guffman, dirigido por Christopher Guest. (El término podría traducirse como documental satírico, aunque no es precisamente eso.) Escrita por él mismo y por el comediante canadiense Eugene Levy, Waiting for Guffman “documenta” los preparativos de la celebración del aniversario de Blaine. Reúne entrevistas con el alcalde, concejales y el director del museo de historia, orgullosos de la oportunidad de que, por fin, el mundo conozca la grandeza de su ciudad. Pocos saben, por ejemplo, que Blaine es la capital mundial del banquito para descansar los pies. (En inglés llamado stool, que también puede significar “heces”.) El plato fuerte de la celebración es la puesta en escena del musical “Red, White and Blaine”, cuyos actores/cantantes/bailarines son los propios ciudadanos de Blaine. A todos emociona que la obra esté en manos de un verdadero hombre de teatro: el excéntrico Corky St. Clair (Christopher Guest), originario de Nueva York, donde nadie reconoció su talento. Esta es la oportunidad de Corky de montar un musical de altos vuelos. Aún más, gracias a sus conexiones en el “Off-Off-Off Broadway”, el director logra invitar al estreno a un productor llamado Mort Guffman. Para Corky, la consecuencia natural de que Guffman vea su obra es que luego la monten en Broadway (y que, de ahí, todos salten a Hollywood).

El título del falso documental de Guest es un guiño obvio a la obra de Samuel Beckett, Esperando a Godot. Beckett llegó a quejarse del exceso de significados que críticos y todo tipo de teóricos le asignaron al personaje de Godot. Aunque las lecturas eran encontradas, la mayoría de ellas sugería que Godot era aquel o aquello a quien los personajes le atribuían el poder de dar sentido a sus vidas. Aunque si Godot nunca llega, esperarlo y/o hablar de él ya es algo parecido a existir. En Esperando a Guffman no hay ambigüedad: los actores de “Red, White and Blaine” ven en el productor neoyorquino la posibilidad de escapar del proverbial “pueblo chico”. Para Corky, la aprobación de Guffman significaría mucho más: por fin vería legitimada su convicción de ser más fino y sofisticado que sus conciudadanos. Por más que Corky aprecia el entusiasmo con el que los blaineanos lo ayudan a materializar su “visión”, los considera provincianos en comparación con él. Por no hablar de la cuadradez de Lloyd Miller (Bob Balaban), el director musical de la obra, que insiste en que las canciones deben sonar, por lo menos, entonadas. Para Corky, el arte no depende de nimiedades así.

Waiting for Guffman tiene la suerte ambivalente de ser el tipo de película adorada por miles pero no tan conocida como para merecer menciones por su primer cuarto de siglo. No es que sea la primera en su tipo: la precede la más popular This is Spinal Tap (1984), dirigida por Rob Reiner, sobre una banda de heavy metal, y los pleitos, traiciones y delirios narcisistas de sus miembros. This is Spinal Tap y Waiting for Guffman tienen en común no solo el formato de falso “detrás de cámaras” sino al propio Christopher Guest: guionista, compositor y uno de los actores protagonistas del documental sobre metaleros. Aunque el debut como director de Guest ocurrió cinco años después en la película de ficción The big picture (1989), también una sátira sobre las burbujas del mundo del espectáculo, se considera que Waiting for Guffman es la película con la que encontró su voz y a su nicho de espectadores. Le seguirían Best in show (2000), A mighty wind (2003), For your consideration (2006) y Mascots (2016), todas en el mismo formato y casi con los mismos actores.

En Waiting for Guffman nunca se ve un entrevistador a cuadro, pero las llamadas “cabezas parlantes” son clave para anclar la película en el género documental. Las entrevistas con personajes que parecen dirigirse a un interlocutor (y no a la cámara) permiten conocer la historia, profesión y rasgos de carácter de todos los que hacen posible el montaje de “Red, White and Blaine”. Entre ellos, los actores de la obra: Ron y Sheila Albertson (Fred Willard y Catherine O’Hara), un matrimonio de agentes viajeros que visten conjuntos deportivos coordinados y nunca han salido de Blaine; el Dr. Allan Pearl (Eugene Levy), ansioso de pertenecer al mundo de “los creativos”; Libby Mae Brown (Parker Posey), una empleada de la heladería Dairy Queen que habla con el chicle en la boca, y Clifford Wooley (Lewis Arquette, padre de los actores Patricia, Rosanna y David), taxidermista retirado que vive en una cámper, elegido por el propio Corky por ser un blaineano de cepa. (O sea, un aldeano, que contra toda lógica hace un papel impecable como narrador de la obra.) En sus audiciones, estos personajes cantan y bailan números musicales elegidos por ellos. Los Albertson cantan un popurrí que los confirma como los glamurosos de Blaine y, más inesperado, Libby Mae Brown hace una reinterpretación sexy del clásico de Doris Day, “Teacher’s pet”.

Así como los ciudadanos de Blaine eligieron libremente su material para audicionar, los actores de Waiting for Guffman improvisaron sus líneas de diálogo en prácticamente todas las escenas. Saber esto hace más disfrutables momentos como aquel en el que el dentista, su esposa y el matrimonio de agentes viajeros (los “cuadrados” y los “de mundo”) van a cenar a un restorán chino. No encuentran temas de conversación, hasta que una espléndida Catherine O’Hara, con varias copas de vino encima, le pregunta a la esposa del Dr. Pearl “cómo es ‘estar’ con un hombre circuncidado”. Ni siquiera Guest, encargado de dirigir las escenas, podía prever qué rumbo tomarían. A su vez, los actores cuentan que el verdadero esfuerzo del rodaje era mantener la compostura ante los diálogos inesperados de Corky, cargados de una represión sexual invisible para los habitantes de Blaine. Puede que su ropa exótica (kimonos, chalecos cortos, etc.) y ademanes afeminados sean vistos por las audiencias de hoy como una representación homofóbica y estereotipada de “la gente del arte”. La crítica de Guest, sin embargo, está dirigida a un statu quo tan conservador que obliga al personaje de Corky a inventar la existencia de una esposa (a quien nadie ha visto nunca) para justificar que hace compras en tiendas de ropa para mujer. Su estrategia no lo salva de, por ejemplo, advertirles a los concejales que está a punto de pedirles algo (dinero) que duele tanto “como depilarse las piernas” o de salir furioso cuando se lo niegan, anunciando que va a ir a su casa “a morder una almohada”. El humor se deriva no tanto de la caracterización de Corky como de la ingenuidad irremediable y exasperante de los blaineanos. Esta ceguera y sus implicaciones son el blanco de la acidez de Guest.

A diferencia de otras películas consideradas “de culto”, Waiting for Guffman tuvo buena acogida crítica. Solo Justine Elias, en su reseña para The Village Voice, escribió que la película le parecía “inteligente pero un poco cruel”, refiriéndose a que Guest se mofa de personas cuyo único pecado es tener “poco mundo”. Yo agregaría que es más condescendiente considerarse a sí mismo distinto a esas personas (como seguramente se vio a sí misma una crítica de cine de una revista contracultural neoyorquina). Es verdad que Waiting for Guffman se mofa de la autopercepción inflada de la mayoría de los habitantes de Blaine, pero ¿qué espectador podría estar seguro de conocer su justa medida? ¿Cuántos no han fantaseado con recibir el espaldarazo de alguien “que sí sabe” o suben a sus redes sociales fotografías desbordadas de cosmopolitismo, en su acepción más esnob? Sobre el mundo del espectáculo, Guest afirma en la versión comentada de la película (incluida en el DVD) que los actores de Broadway reaccionan igual que los actores de “Red, White and Blaine” cuando se enteran de que alguien “como Woody Allen” estará una noche entre el público. El comentario no contemplaba la cancelación posterior de Allen, pero el punto es vigente: la fantasía de ser “descubierto” no es exclusiva de los actores de teatro comunitario (ni de los actores en general). Quizás ese puente de identificación es lo que explica que Waiting for Guffman siga siendo el mejor mockumentary de Christopher Guest. En los siguientes, la sátira está dirigida a subculturas que se prestan a ello: los dueños de perros de concurso, los cantantes de folk, las botargas que sirven de mascotas de equipos deportivos. La llamada “crueldad” es menor porque la distancia entre ellos y cualquiera en la audiencia es significativamente mayor.

Para probar al espectador que es más parecido de lo que imagina a cualquier habitante de Blaine, Guest tiende una trampa astuta. El día de la representación de “Red, White and Blaine” el asiento reservado al productor Mort Guffman permanece vacío un buen rato. Cuando por fin es ocupado por un hombre vestido de traje y aspecto respetable, uno está tan pendiente de sus gestos como los actores del musical. Al final de cada número musical –cada uno más malhecho y absurdo que el anterior–, el hombre sonríe complacido y asiente con la cabeza. Y uno se emociona, y contempla la posibilidad de que el connoisseur aprecie el ingenio de Corky o que vea en su estética camp algo digno de analizarse en Broadway. Secuencias después, esa ilusión se desinfla, y sentimos como propio el desencanto de los personajes. No importa que el resto del público haya ovacionado la puesta en escena. Esperábamos la validación de Guffman porque todos queremos huir de nuestro personal e imaginario Blaine. ~

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