Fringe y el espectador solitario

Favorito

Probablemente una de las muchas razones por las que la gente prefiere encender la televisión a pesar de su “contenido” es que provee una sensación de persona, de compañía –de que algo más está sucediendo en algún otro lugar.

Chris Ware, The Acme Novelty Datebook Vol. II.

Me arden los ojos. En la oficina paso la mayor parte del tiempo frente a un monitor. Cuando salgo a comer aprovecho para leer un poco. Al llegar a casa, después de cenar, me siento frente al televisor. En noches recientes le he dedicado tiempo a la primera temporada de The West Wing (cuya transmisión duró de 1999 a 2006; mi objetivo es ver los 155 episodios; cada uno dura un aproximado de 42 minutos). Pero en mi cabeza esto no es ver televisión per se. Dado que veo la serie cuando yo quiera (o en las horas que soy capaz de hacerlo) experimento esto como el consumo de una sólida obra narrativa, un megafilme cuyo arco narrativo se extiende durante horas y días y semanas. Pero no escapo de la angustia que provoca la experiencia televisiva. Los lunes, sin falta, veo 24 (la temporada más reciente, la séptima, apenas finalizó el lunes pasado; es la única que he visto en televisión, es decir, transmitida y al ritmo intencionado, con cortes comerciales), los martes “llego a ver” Fringe (regresaré a esto), los miércoles, Dios santo, nada, tampoco es que sea adicto; los jueves Entourage (apenas esta temporada, la quinta, me enganchó, a pesar de haber visto episodios sueltos antes). El viernes, el sábado y el domingo los dedico a sentirme mal conmigo mismo por pasar tanto tiempo frente al monitor en lugar de sentarme a leer. Extrañamente, a veces olvido este sentimiento viendo 30 Rock, Los Simpsons o Family Guy. No es, por supuesto, que no aprecie la actividad mental que llevo a cabo frente al monitor –ya sea para ver o leer material en la red o para ver o ceder ante transmisiones televisivas– pero hay algo intensamente vergonzoso en la facilidad con la que uno obtiene sus dosis de televisión. Curiosamente, estos fines de semana, cuando realmente soy incapaz de obligarme a sentarme a leer, decido huir de la computadora o la televisión. ¿Para qué? Para entrar al cine. A veces, rento películas. Otras veces, leo cómics, que es lo mejor de ambos mundos. Sobra decir que nadie me invita a fiestas.

En Maps and Legends (2008), Michael Chabon nos recuerda el sentido original de la palabra entretenimiento, “un soporte mutuo a través del entrelazamiento, como un par de árboles que crecieron juntos, entretejidos, cada uno alimentando y sosteniendo al otro”.

A diferencia de mis padres, yo crecí viendo la televisión [1]. Con el paso del tiempo he notado –aunque ni de lejos con la agudeza de David Foster Wallace en su ensayo de 1993 E Unibus Pluram: Television and US Fiction– el modo en que este medio se ha adaptado a mi crecimiento; siempre va un paso adelante. Si en algún momento fui parte de una audiencia más inteligente que la TV, pronto dejé de serlo. Por supuesto, este medio ha marcado mi vida. Me ha reducido a un receptor capaz de advertir las complejidades intertextuales que alimenta. Foster Wallace argumenta en aquél ensayo que la televisión es atractiva porque alaba nuestra capacidad para percatarnos de todas estas finas alusiones, solapando la culpabilidad que nos provoca pasar tanto tiempo frente a ella.

De tal forma que yo me siento muy acá (pero simultáneamente, poca cosa) cuando, al ver Fringe, la serie de televisión más reciente que haya salido del coco de J.J. Abrams, pronto me percato de las relaciones que tiene con el resto de su obra. Algunos ejemplos: al inicio de este verano fui a ver su Star Trek (una película que, de creerle al listado de datos triviales ofrecidos por imdb.com, está rellena de referencias a la serie original). En ella, el mayor guiño se lo lleva Leonard Nimoy (el Dr. Spock) quien se observa a sí mismo en el pasado gracias a una no muy compleja trama de viaje en el tiempo que involucra a un material conocido como la Masa Roja (una referencia visual, a su vez, a la serie de espías de Abrams, Alias). El mismo viaje en el tiempo es un tema que recientemente ha sido protagónico en Lost (una serie en la cual Abrams colaboró cercanamente). Por alguna razón me parece conveniente apuntar aquí el episodio de Los Simpsons (“Marge contra el Monorriel”, el doceavo de la cuarta temporada) en el que Nimoy aparece como un viajero en el tiempo que se parodia a sí mismo en su faceta de presentador de programa ocupado en lo paranormal (Nimoy fue el anfitrión de In Search Of… de 1976). ¿Y en qué final de temporada aparece Nimoy como el enemigo de los personajes protagónicos? En el de Fringe, donde se revela como el doctor William Bell, el genial científico loco que dirige Massive Dynamics, némesis del Dr. Walter Bishop (Lance Reddick). Voy demasiado aprisa. Respiro explicando que Fringe (subtitulada en México como La gran conspiración) es una serie a la Los expedientes secretos X (1993-2002). Y es mi opinión, bastante obvia, que este tipo de series están en la misma tradición de Outer Limits, Amazing Stories o The Twilight Zone (recuerdo un capítulo del novelón rosa de Abrams que fue Felicity, por cierto, en el que parodian The Twilight Zone), el tipo de series, en fin, que se alimentan de la literatura de género iniciada por Poe, Lovecraft, o E.T.A. Hoffmann. Creo que hace rato se percataron ya de por qué nadie me invita a fiestas.

Hay más.

Encuentro que a pesar de los complejos guiños que se esconden en Fringe (o que, para el caso, habitaban en Los expedientes secretos X) el peso de la influencia del “subgénero” literario del cual provienen –esencialmente placentero y entretenido– de algún modo la blinda y le impide ceder ante la ironía que plaga otros programas, donde las referencias a otras series son un signo más de una actitud que parece decir “Miren cómo es que no nos tomamos en serio”, antes de sugerir “Vean a qué tradición pertenecemos”. Estas referencias, en suma, ofrecen un sistema de retribución al ñoño solitario que se sienta a verlo, pero no como un paliativo ante lo que ven. Pero intentar explicar por qué uno –a saber, yo– prefiere esta candidez a la de la constante sorna de, por ejemplo, la programación ofrecida por MTV o las series que explotan el humor humillante y autoconsciente me resulta no sólo difícil sino, de entrada, una batalla perdida. Un ataque a la ironía, especialmente desde la ñoñería, casi garantiza una respuesta irónica. Así, les sugiero: vean series entretenidas y libres de ironía. Les pido: lean el citado texto de Foster Wallace. Y les recuerdo: me siento muy, muy solo.

– Guillermo Núñez

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[1] Curiosamente, cuando les pregunté a ambos en qué momento habían adquirido el hábito de sentarse a ver television –pues ahora la ven casi tanto como yo– me informaron que fue cuando llegaron por primera vez de provincia a la ciudad. Cuando, en sus palabras, “se sentían solos”.

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