¿Quién anda ahí?

¿De qué hablamos cuando hablamos de fantasmas? 
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Sin fantasmas, nuestra realidad sería como un Hamlet desprovisto del Príncipe de Dinamarca.

Hamlet, que fue una de las obras predilectas del autor del conocido manifiesto que inicia “Un fantasma recorre Europa…”.

Si contamos con monstruos capitalistas como el vampiro (o el muy real asesino serial), si contamos con monstruos del proletariado como el zombie, ¿hoy qué representa el fantasma?

¿Una imagen para una imagen?

Pues el fantasma no es la sábana que flota sino el espectro que la sostiene. Es decir: lo que no existe. (Por definición, los fantasmas no existen concretamente, como objetos; son, siempre, una referencia, el humo del fuego, la sombra del objeto, la impresión en la fantasía).

¿Qué representa, entonces, el tropo del fantasma? ¿Podemos hablar aquí de un referente principal?

Ah, de pronto, las referencias. Influencias y pies de páginas, vínculos y consultas, diagramas. No aclaran la realidad pero la representan. Una aparición: el denostado pensamiento complejo.

 “A la hora de la verdad”, el temeroso detective canino Scooby Doo descubre que detrás de la máscara fantasmagórica se escondía algo real: un villano menor e idiota.

¿Cuál es “la hora de la verdad”?

Carraspeo mientras escribo esto. Un perro ladra a la distancia. Es de noche y las voces y ruidos de otros seres vivos (o creo que están vivos) me alcanzan.

Sépanlo: comencé a reflexionar sobre la metáfora del fantasma hace unas noches, cuando se me apareció el fantasma del aburrimiento. Es decir: su amenaza.

Trabajaba. Escuché un ruido. Creí que era el llanto de un niño. Pensé en La puerta condenada. Más tarde decidí que era el siempre irritante maullido de un gato.

El fantasma de la distracción.

Finalmente, me percaté de algo: era el lamento de una mujer. Era real. La vecina, a quien no conozco. Murmuraba y se lamentaba, profundamente.

No fue una noche agradable.

Hace unos días fui al cine. Vi una película de ciencia ficción. Un grupo de personajes se adentra en una estructura abandonada, una nave espacial con forma de croissant. Lo conocen: el siempre saludable tropo de la casa embrujada. De pronto, uno de los personajes (un autómata habitado por un sugerente fantasma en la máquina) se percata de que algo viscoso aún permanece. Es una especie de tecnología biológica. Lo que se niega a desaparecer.

Existe un nombre para la supuesta sustancia: ectoplasma.

¿Pero desaparecer ante qué?

¿Cuál es el verdadero villano?, se pregunta el detective canino.

Una presencia vaga me rodea, tengo la impresión. Me habla ocasionalmente. En el oxxo, me pregunta si quiero redondear. En el banco, me informa que aplican restricciones. En el centro comercial me grita que hay rebajas. En los medios me invita a pasear y consumir. Promete: “no morirá ni un muerto más”. Sugiere que los mercados “se preocupan”. En la calle me invita a gastar energía en locales cerrados y consumir psicotónicos. La máquina que dispensa dinero (que, a su vez, es una especie de fantasma referencial hacia algo que no sabemos si es o no realmente valioso), me pregunta si no quiero un seguro de vida.

Un seguro de vida.

Es insistente, este fantasma.

“Todos sabemos cuán haraganes, elusivos y frígidos pueden ser los muertos”, señaló Giorgio Manganelli, “pero el fantasma tiene un enigmático fervor propio”.

Me despido, desaparezco, con esto: un par de aristócratas llega a una casa embrujada, a pesar de las claras advertencias. Gente ilustrada, no creía en supersticiones. Gente de bien, se ponía en manos de Dios. Los criados, atemorizados, escuchan ruidos y ven siluetas. Se afanan los aristócratas, entonces, por explicarles: ¡no es un fantasma, es el viento! ¡No es un lamento, es el calor golpeando las tuberías congeladas! Aún así, las molestias continuaban entre los siervos. Hartos, finalmente, los aristócratas se deshicieron de los criados y trajeron otros.

Y la cosa no mejoró tampoco entonces.

(Finalmente, el villano tarado se asomó, uno de los aristócratas sugirió: ¿Y si prescindimos de los criados?)

 

 

 

 

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