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Hay varias traducciones para el adjetivo inglés glossy. La más corriente es “lustroso”, aunque también caben “brillante” y “satinado”; algún diccionario da asimismo, un tanto figuradamente, la acepción de “superficial”. Tan genuino como el término es el cine británico glossy, que posee una larga trayectoria y un, digamos, brillo inconfundible. Por ejemplo en La Duquesa, que acaba de estrenarse y está producida por bbc Films, el sello cinematográfico de la cadena pública del Reino Unido. De hecho, las televisiones de aquel país tienen mucha culpa, es decir, mucho éxito, en la diseminación del glossy fílmico en lujosas series de época que han hecho también época en nuestra memoria; ¿quién no recuerda el peplum high brow Yo Claudio, o Retorno a Brideshead, la serie de 1981 que el año pasado tuvo su réplica en la gran pantalla?

Esos ejemplos y otros semejantes que podrían citarse estaban basados, naturalmente, en estupendos libros, de Robert Graves, de Evelyn Waugh, bastante bien glosados (pues gloss significa, además de “brillo”, “glosa”) en los correspondientes guiones. La Duquesa parte, por el contrario, de un acomodaticio bestseller de la anglo-norteamericana Amanda Foreman, adaptado para la gran pantalla, tampoco muy gloriosamente, por el guionista Jeffrey Hatcher, y dirigido por un documentalista y realizador televisivo, Saul Dibb, que se limita a cumplir con las sacrosantas normas de lustrar y glosar su material. Y es una lástima, porque la figura histórica de Lady Georgiana Spencer tiene verdadero interés, estando además situada en un contexto y un período de Inglaterra, el último tercio del siglo XVIII, que se prestaba a jugosas glosas políticas (aquí muy esquemáticas), pictóricas (era el tiempo de Reynolds y Gainsborough, pero sus correspondencias visuales en la fotografía de Gyula Pados no están a esa altura), literarias (el personaje del comediógrafo Richard Sheridan aparece circunstancial y ridículamente) y musicales (aunque en la película se escuchan piezas de Haendel y Mozart, entre otros compositores dieciochescos, la partitura original de Rachel Portman es machacona y empalagosa). Por fortuna, lo que cierta propaganda previa hacía temer, el paralelismo entre Lady Georgiana y su descendiente Lady Di, es un mero truco publicitario que Dibb no explota ni siquiera sugiere. Ambas fueron desdichadas en sus matrimonios y hubieron de aceptar públicamente un triángulo amoroso, si bien, según todos los indicios que sabemos, la duquesa, que vivió más que la desdichada princesa Diana, también tenía más sustancia y cabeza, y murió de muerte natural.

Pero dejemos de lado la casuística y volvamos a la estilística. Siempre me ha parecido portentoso que la cultura que ha producido a Shakespeare y a Dickens, la novela gótica y monstruosas pesadillas de la razón como Drácula, Frankenstein y el Doctor Jekyll, sea también la cuna de una tradición paisajística pequeño-burguesa, pastoril y suavemente rústica. Precisamente la tradición o modelo visual que está en la base del cine glossy que aquí hoy glosamos nosotros. Un cine que no existiría si Gran Bretaña no tuviera, por citar tres componentes esenciales, la nanny, la country house y la crinolina. Hay profusión de todas ellas en La Duquesa, que aprovecha la belleza de los auténticos palacios ducales de la familia Devonshire (Chatsworth) y otros que estaban más a mano en el rodaje (Chiswick House, en las afueras del Gran Londres y Somerset House, junto al Támesis también, pero en el corazón de la City) como decorado suntuoso de una trama en la que, habiendo tantos bastardos que educar, las nannies son prominentes, y las damas lucen sedas de vistosa y rígida caída en sus atuendos, premiados, como era de esperar, con el Oscar del año 2009 al mejor vestuario.

La película de Dibb cuenta con otros méritos aparte de las niñeras, los jardines y los excelsos salones de las que Noel Coward, en su maravillosa canción homónima, llamaba "The Stately Homes of England". La protagonista, Keira Knightley, que ya mostraba aplomo en una stately home anterior, la de Expiación (ejemplo de glosa lustrosa de la novela de McEwan), tiene un perfil imperfecto que la convierte quizá en lo único verdaderamente gótico de La Duquesa. Hayley Atwell, en el papel de Bess, la amiga fiel y la amante oficial del infiel Duque, también sabe moverse por aposentos majestuosos, pues interpretaba el personaje de Julia Flyte en Retorno a Brideshead, la película. Ahora bien, el fulgor dramático de Ralph Fiennes y Charlotte Rampling deslumbra. Sutiles, malignamente hermosos los dos, con unos registros de voz tan refinados como sibilinos, trasmiten elocuentemente la naturaleza de la doble moral y el fingimiento generalizado que la película narra, de modo casi siempre superficial excepto en su escena final, la de la aceptación por parte de Georgiana y su amante, Charles Grey, del principio de que en su medio social y en su tiempo la felicidad no es posible sin la mentira. ~

 

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