Pandillas de Nueva York en la edad dorada

A pesar de sus referencias a cintas clásicas sobre las tensiones entre la vieja aristocracia y la nueva burguesía del Nueva York de finales del siglo XIX, La edad dorada se contenta con ser un muy entretenido melodrama de costumbres, impecablemente producido y culposamente visible.
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En un momento clave del quinto episodio de La edad dorada (E.U., 2022), teleserie estrenada en HBO en enero de este mismo año, la encopetada, adinerada y clasista viuda Agnes van Rhijn (Christine Baranski, en el borde de la autoparodia consciente) dictamina ante su hermana, la apocada y discreta Ada (Cynthia Nixon) y ante su sobrina, la despierta y liberal Marian (Louisa Jacobson), que la caridad pública de los poderosos tiene, generalmente, dos objetivos. A saber, ayudar a los más necesitados y, por supuesto, darse a conocer. Si un nuevo rico quiere llamar la atención sobre sí mismo, lo más fácil es abrir la chequera y soltar una generosa cantidad de dólares.

La señora van Rhijn considera todo eso lamentable, pero Clara Barton (Linda Emond), fundadora de la Cruz Roja, no tiene empacho en recibir y usar ese dinero. La señora Barton dista mucho de ser una ingenua: sabe que los cuantiosos donativos de la señora Bertha Russell (Carrie Coon) tienen un objetivo más utilitario que noble, pero esos accidentados en un choque de trenes o esos quemados en un incendio no se atienden solo con buenas intenciones. Además, estamos en el Nueva York de 1882, en plena expansión económica del gigante norteamericano. ¿Alguien entre esos nuevos ricos tiene buenas intenciones? Probablemente ninguno. Pero tienen el dinero.

Desde su primer episodio, el piloto titulado “Never the new”, las líneas ofensivas y defensivas de La edad dorada quedan claramente trazadas. La jovencita Marian Brook pierde a su padre, se queda en la ruina y, por lo tanto, se ve obligada a dejar la casa paterna en el pequeño pueblo de Doylestown, Pensilvania, para ir a vivir a la isla de Manhattan, con sus tías Agnes y Ada. Al mismo tiempo, frente a la señorial casa de las tías ubicada en la calle 61, a tiro de piedra de Central Park, se levanta un auténtico palacio que empieza a ser habitado por una familia de nuevos ricos: el magnate ferrocarrilero George Russell (Morgan Spector, siempre con una media sonrisa en el rostro), su calculadora esposa arribista Bertha y sus dos jóvenes hijos, el educado heredero Larry (Harry Richardson) y la ingenua adolescente Gladys (Taissa Farmiga).

Agnes ve a los Russell no tanto como una amenaza, sino como una auténtica afrenta: ella proviene de una de las familias que llegaron en el Mayflower y tiene historia, porte y abolengo. Los Russell solo tienen dinero. Y mucho. Si se les deja entrar en sociedad, ¿qué será de la gente decente? Ya nomás falta que después de los Russell se tenga que aceptar a individuos de tan sospechosos orígenes como esos Vanderbilt, esos Rockefeller o ese banquero al que todo mundo conoce como J. P. Morgan. Como dice el título del episodio, la tía Agnes nunca aceptará a “los nuevos”.

El creador de la serie, el guionista, productor y ocasional cineasta Julian Fellowes, parte de un formato televisivo más que probado –él fue el responsable, nada menos, de la exitosísima teleserie británica Downton Abbey (2010-2015)– y lo adereza con una muy entretenida y bien informada crónica de las tensiones que enfrentaron a las élites estadounidenses a finales del siglo XIX, entre la vieja aristocracia fundadora de las trece colonias originales y la nueva y brava burguesía que, a través de la banca, la industria y la expansión del ferrocarril, empezó a desplazar a los añejos apellidos que conservaban todo el orgullo pero tenían cada vez menos dinero. Estamos, pues, en los terrenos dramáticos de Henry James (1843-1916) y su Washington Square (1880) y, especialmente, de Edith Wharton (1862-1937) y tres de sus mejores novelas: La casa de la alegría (1905), Las costumbres del país (1913) y La edad de la inocencia (1920).

En el terreno cinematográfico hay tres obras maestras que tratan el mismo tema y cubren el mismo terreno, en todos los sentidos, porque las tres están ubicadas en Nueva York en la misma época de La edad dorada, y hasta podríamos decir que en las mismas calles de Manhattan: La heredera (1949), de William Wyler, basada en Washington Square, La edad de la inocencia (1993), de Martin Scorsese y La casa de la alegría (2000), de Terence Davies, ambas basadas en las novelas homónimas de Wharton.

En estos tres filmes, auténticos clásicos, la elegancia y los buenos modales de las clases altas neoyorquinas apenas ocultan la crueldad de sus maquinaciones. La suntuosidad de los sets cinematográficos y la perfecta coreografía de tiempos y movimientos dentro del encuadre logran que, por momentos, olvidemos que lo que estamos viendo es una cruenta lucha por el poder entre muy civilizadas pero implacables Pandillas de Nueva York.

Así, por ejemplo, la ilusa e ilusionada Catherine (Olivia de Havilland) de La heredera tiene que sobrevivir tanto a la frialdad de su padre (Ralph Richardson) como al interés de su arribista pretendiente interpretado por Montgomery Clift. Así, el Newland Archer de Daniel Day-Lewis de La edad de la inocencia ve impotente cómo la sofisticada sociedad que lo rodea se atrinchera alrededor de él para obligarlo a vivir una vida que no desea. Así, la Lily Bart de Gilliam Armstrong de La casa de la alegría se ve empujada hacia los márgenes de esa hipócrita y corrupta sociedad en la que ha nacido y a la que no puede renunciar del todo.

Fellowes conoce bien sus referencias –ha confesado que es un gran admirador de Edith Wharton–, de tal forma que en los cinco episodios de La edad dorada que se han transmitido hasta el momento es posible identificar personajes y situaciones que parecen provenir directamente de esos libros y de esas películas: la muchacha de alcurnia que ha quedado en la quiebra, la mujer aislada por un comportamiento moralmente sospechoso, el joven pretendiente que está buscando alguna heredera para salir de pobre, el resentimiento de las viejas familias por los nuevos ricos… Si acaso, la única novedad es que uno de los personajes centrales de esta serie televisiva es una joven educada y afroamericana, Peggy Scott (Denée Benton), que trabaja como secretaria de la tía Agnes y que, además, es una escritora en ascenso que empieza a publicar sus primeros textos en The New York Globe, un diario afroamericano que existió en Nueva York entre 1880 y 1884.

Por supuesto, tratándose de una serie televisiva creada y producida por el mismo escritor de Downton Abbey, es evidente que La edad dorada es más cercana a esa entretenida telenovela británica –y a sus secuelas cinematográficas– que a las obras de James y Wharton o a las películas de Wyler, Scorsese o Davies. En La edad dorada vemos una cruenta lucha de poder en el interior de la élites –que puede provocar la desgracia e incluso la muerte de alguno de los personajes–, pero la hipotética crítica esta diluida entre las ingeniosas one-liners de la tía Agnes, entre los enredos melodramáticos de los patrones y sus sirvientes, entre los secretos inconfesados de algunos y entre los sueños románticamente ñoños de otros.

Es decir, no espere ver en La edad dorada una implacable disección de la sociedad neoyorquina de fines del siglo XIX, hipócrita, materialista y corrupta hasta la médula, sino un muy entretenido melodrama de costumbres, impecablemente producido, competentemente realizado, bien interpretado por su extendido reparto y, me da pena aceptarlo, culposamente visible. Pero así son las buenas telenovelas y La edad dorada, a la mitad de su primera temporada y con una segunda cuya producción acaba de aprobarse, no es más que eso: una buena telenovela. Y no está mal. Parafraseando al torero, “hay gente pa’ tó y televisión pa’ tó”.

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