The Wrestler

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Hay en The Wrestler, la premiada y multi-nominada película de Darren Aronofsky, una escena que es emblemática y en la cual está contenida toda la historia del filme, o casi toda. Después de sufrir una crisis cardiaca y recibir la consecuente admonición del médico reconviniéndolo para que abandone la lucha libre y logre salvar el pellejo, Randy “The Ram” Robinson decide salir a hacer un poco de ejercicio en los alrededores del desolado trailer-park donde vive. A juzgar por el tono del cielo, es quizás la salida del invierno. Los árboles no muestran otra cosa que sus ramas desnudas. La tierra tiene esa humedad característica de fin de estación. El inmenso Randy trota pesada y lentamente en ese paraje raquítico hasta que pierde el aliento, se dobla en el piso y profiere un cósmico “Oh-fuck” con el que el veterano y abatido luchador nos avisa que su corazón ha vuelto a quejarse. La escena concluye con una toma abierta en la que aparece la sombra de lo que antes fue una figura mítica, un semi-dios, mitad hombre y mitad carnero, postrado en medio de un bosque devastado.

La imagen bien valía un Óscar a la mejor película. No puedo ni me interesa decir lo mismo acerca de la actuación de Mickey Rourke. La película es tan buena que irse directo a lo obvio y caer en la simpleza de ver en The Wrestler un trasunto del periplo biográfico de Mickey Rourke, me parece de una puerilidad sólo comparable a la grandeza del filme, a la historia que cuenta, a lo anticuado y esperanzador que resulta para un espectador cualquiera seguir distinguiendo, a estas alturas de la noche hedionda, entre cinematografía y mero show-bizz gossip. Es tan fácil confundir a Randy “The Ram” con Mickey Rourke que, en caso de existir, sin pensarlo dos veces yo mismo le hubiera otorgado a The Wrestler el Óscar al mejor casting (por escoger al único actor posible) y el Óscar a la mejor actuación de espaldas a la cámara (por la primera y larga secuencia de la película). Pero todo esto es accesorio. Para quien desde la periferia quiera volver al centro de la historia y al corazón del oficio de hacer cine, lo mejor que se puede hacer es escuchar la espléndida entrevista de Terry Gross con el director Darren Aronofsky, en el programa de radio Fresh Air.

Con The Wrestler es la segunda ocasión en que experimento una auténtica, profunda y ponzoñosa envidia hacia un realizador de cine –la primera fue con Broken Flowers, de Jim Jarmusch. Envidia por jalar quién sabe de dónde un hilo de realidad, e imaginar el recorrido que hace un galán otoñal a lo largo y ancho de un continente vacío en busca del improbable hijo que tuvo con una amante del pasado; envidia por salir a atrapar moscas con una mano y capturar al pez gordo de la lucha libre y su historia insuperable, universal: el fracaso que llega tarde o temprano, hagas lo que hagas, seas quien seas, un mentecato o un genio, un Randy “The Ram” o un león a la Hemingway, un irremediable cero a la izquierda de la vida o un titánico novelista que publica Moby Dick a los treinta y dos años para desaparecer más tarde detrás de un modesto empleo en las aduanas del Puerto de Nueva York; el tipo de envidia que se podría sentir por un logro semejante a escribir, por ejemplo, “Wakefield”, y poseer además el superávit de talento suficiente para trasladar el relato de Hawthorne a la pantalla.

Qué bien que Mickey Rourke se sacó las viejas lesiones del cuerpo actuando en The Wrestler. Ya era hora de volver a abrir la puerta. Enhorabuena por su redención. Pero la mejor parte de todo ha sido regresar, por de vía de la historia que cuenta esta película, a esos fregados parajes de la aflicción en donde todos hemos estado alguna vez en nuestra mente: los restos de un parque de diversiones; las ruinas eternas de Ashbury Park; los reflejos de New Jersey y del viejo Este industrial estallando contra el crepúsculo visto desde la ventanilla de una carcacha que avanza en la carretera; el salto final y liberador hacia el vacío desde la tercera cuerda. Imágenes todas ellas que valen más que este u aquel Óscar y que justifican, como quería Bioy, quedarse a esperar el fin del mundo en la sala de un cine.

– Bruno H. Piché

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