Salgo de ver la de Torrente, que me ha divertido muchísimo y que me ha parecido, hasta esa última media hora tarantiniana en la que el argumento descarrila, una obra magna del difícil género de la tontuna-sátira costumbrista, y confirmo mi pasmo ante las reacciones que ha desatado la película: desde las de los que la toman como una reivindicación de los valores de la caspa y una llamada a la subversión voxera y se entusiasman o indignan dependiendo de sus querencias ideológicas, hasta las de los que se sienten ofendidos porque estiman que sus animales favoritos en el circo político han sufrido más maltrato que los otros y que eso no puede ser. No voy a hablar de Torrente, en cualquier caso, más que como pretexto para abordar otro tema: el de la incapacidad carpetovetónica para captar las segundas lecturas, las ironías, las hipérboles y cualquier cosa hablada o escrita que se aparte de lo literal. Una incapacidad que tiene el efecto secundario de convertir al espectador literalista en el verdadero objeto, y objetivo, de la sátira.
Hagamos algo de arqueología de la costra capilar, sin abandonar el universo torrentiano, para encontrar un ejemplo seminal de todo esto. Cuando Torrente, en la primera película de la saga, sueña que lanza un filete crudo para distraer a un moro que lo ataca, el satirizado no es el moro, sino el propio Torrente, y, en segunda instancia y de manera sobrevenida, el ciudadano que se horroriza con el chiste. El autor no puede impedir que una parte de la audiencia sea incapaz de trascender la literalidad e interprete la broma como un ataque al moro, ni que otra parte haga lo propio y además se identifique con Torrente y su bestial animalización del prójimo, pero es que el artista no debe crear adecuándose a las limitaciones de la audiencia o cualquier posibilidad de ironía desaparecerá. Tampoco es probable que, en el momento del rodaje de la primera entrega del ciclo, previa a la oleada de bienquedismo acojonado de la que parece que empezamos a salir, Segura previese esa torcida recepción del mensaje y que planease su guión como una desternillante trampa para indignados, pero la trampa funciona, y en ella caen muchas víctimas, cuyas mojigangas y alaridos se ven intensificados por la sospecha de que se la han jugado y se están riendo de ellos. No hay nada más cómico que un tonto cabreado, pero tampoco hay demasiadas figuras más peligrosas, y aquí es donde, en democracia, vienen los problemas, porque los tontos son mayoría y a las mayorías las tenemos que complacer.
Para seguir exponiendo mi tesis debo dejar de hablar de Torrente y pasar a hablar de mí mismo y además de mi circunstancia, lo cual me hace plantearme en qué me he convertido. Si yo enuncio —he enunciado, enuncié— titulares dementes sobre la noticia de un niño que se cae a un pozo, el objeto de la burla no es el niño, sino los titulares reales e igualmente demenciales por oportunistas y pseudocompasivos que lo inundan todo, y, de nuevo en segunda instancia, el lector que aplaude y finge consternación ante los titulares y se santigua o prorrumpe en amenazas ante los chistes. Es inevitable que este lector exista, pero qué menos que pueda uno chotearse de sus actos y reacciones. No es ya la suya una simple cuestión de literalidad, sino que con él entran en juego todo tipo de fenómenos psicosociológicos: proyecciones, sobrecompensaciones y demás golosinas para el entendimiento. Es decir: si alguien se da constantemente golpes de pecho exhibiendo su bondad, lo más probable es que sea un perfecto hijo de puta tratando de encubrir su condición. Tampoco puede uno evitar que haya jueces literales que no capten las segundas lecturas de un texto —esperemos que estos no estén sobrecompensando nada—, pero cachondearse de ellos ya es más peligroso.
¿Y los medios? Los medios no son solo una posible vía de difusión, previa criba, de lo humorístico, sino ante todo el principal cauce de exposición y amplificación de la reacción al chiste. En algún momento desde que Hearst lo pintara todo de amarillo, la prensa ha pasado de ser un cuarto poder a la herramienta de los poderes ejecutivo y contraejecutivo para expandir su mensaje. No es, por tanto, un contrapeso o un instrumento popular de fiscalización, sino un altavoz. En este caso concreto no ya un altavoz para lo que el poderoso quiere que se oiga, sino para lo que el pueblo quiere oír. La comedia no abiertamente política es un artefacto neutro y avalarla o denostarla no tiene demasiada trascendencia ideológica: el medio va a contarnos sobre ella lo que el oyente reclama que le cuenten y el grueso de sus opinadores van a opinar lo que el oyente estima correcto. Catalizaré tu indignación si eso me da audiencia y deja en buen lugar a quien me maneja, como la ridiculizaría si eso surtiera los mismos efectos. Estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros que en el fondo siguen siendo los mismos. No en todas partes cuecen habas, claro está, pero sí que cuecen muchas en muchas partes. Hay gran cantidad de ollas, aunque la receta de los diversos potajes viene a ser siempre más o menos igual.
Así, el humorista que renuncia a la blanquitud en su mensaje se encuentra más o menos protegido si tiene detrás un poder que lo respalde. En el caso de Segura, como en el de otros tocapelotas de alta repercusión, sería el simple poder de su éxito. Podemos intentar estigmatizar a Torrente o a los muñecotes de South Park, pero los respaldan multitudes y no queremos indisponernos con ellas, como no sea para complacer a otras multitudes a las que nos pretendemos camelar. Podemos cargarnos a David Suárez por un chiste sobre felaciones trisómicas y echarlo de cualquier medio que aspire a contentar a las masas, pero no impedir que él, con suerte, encuentre el nicho de espectadores que le asegure el sustento y la libertad de seguir hiperbolizando sin miedo a irritar a ese nicho. Hasta aquí bien, dentro de lo que cabe, que es muy poco, porque esa suerte hay que tenerla y saber trabajársela, y no todo el mundo está in it for the money: para el chistoso amateur que pregona su soledad y su mercancía en internet, en un boletín parroquial o en un fanzine no hay red, no hay beneficios y sí puede haber repercusiones. La otra alternativa para el cómico aficionado al exabrupto lúdico es convertirse en un cómico al servicio del poder político, de un signo u otro. Se me ocurren unos cuantos humoristas “de partido”, algunos muy graciosos y otros no tocados por la varita de los dioses en eso de hacer reír. Uno puede jugar duro sabiendo que cuenta con un aparato detrás que le va a perdonar las boutades y le va a respaldar si vienen mal dadas, pero debe pagar el peaje de que le señalen el objeto de la risa, y eso no tiene gracia.