Un austero Auster

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Two Lovers confirma a James Gray, nacido en 1969 en Nueva York, como uno de los tres o cuatro cineastas norteamericanos de verdadera importancia surgidos en los años noventa y, para mi gusto, el más estimulante al lado de su gran amigo –y tan distinto formalmente– Paul Thomas Anderson, director de Magnolia y Pozos de ambición. Autor de tres obras anteriores enmarcadas dentro del género negro, Gray afina y aclara su enfoque narrativo y el alcance de su mirada al encarar en esta nueva película (del año 2008) algo que podría llamarse melodrama sin serlo estrictamente.

Two Lovers empieza mal, con unas imágenes al ralentí, que es como empezar un poema con un ripio. Lo que viene después de ese efecto tan banal no es mejor, pues vemos que el personaje ralentizado, el joven Leonard (Joaquin Phoenix), se tira a la bahía desde un puente, sin decidir ni conseguir ahogarse; se han visto ya tantas historias de suicidas inciertos e incomprendidos. Todo empieza a ir bien cuando Leonard, empapado tras salir del agua y ser amonestado por los paseantes, entra en su casa, donde vive con sus padres judíos emigrantes, una callada aunque observadora Ruth (Isabella Rossellini), y Reuben (Moni Moshonov), un tintorero bonachón que adora los shows cómicos de Benny Hill. Pronto sabremos, en una explicación algo mecánica, que el chico es bipolar y está medicado, tal vez a raíz de haberle dejado una novia. La definitiva mejora de la película se plantea desde el momento en que aparecen Sandra y Michelle, las dos muy guapas, las dos vecinas (una más que otra) y muy opuestas entre sí. Sandra (magnífica Vinessa Shaw) tiene un físico inquietante, como de retrato expresionista alemán,  pero es simple y tradicional: su película favorita de la historia es Sonrisas y lágrimas, ansía casarse, y le regala a Leonard unos guantes horrorosos, con pespuntes y un adorno colgante de metal brilloso. Michelle, una tópica rubia de calendario (el personaje está hecho a imagen y semejanza de la protagonista Gwyneth Paltrow), tiene, por el contrario, un pasado, un temperamento turbio, y le gusta además la ópera y el peligro.

Gray dice haberse inspirado en Las noches blancas de Dostoievski a la hora de escribir (con Richard Menello) el guión de Two Lovers. La verdad es que la conexión con el novelista de Moscú la veo muy tenue, y en quien he pensado a menudo viendo su cine es en Paul Auster. El austerismo de Gray también es engañoso, sin embargo. Los dos utilizan moldes y oscuridades del thriller, los dos tienen una filiación artística europea, y Two Lovers se desarrolla en un Brooklyn de tenderos y casas de ladrillo visto que podría ser el escenario de la vida y la obra de el autor de El libro de las ilusiones. Ahí acaba toda la coincidencia. Gray no es abstracto ni metanarrativo, y cuando en su relato hay opacidad es para mitigar el relámpago emocional que va a venir a continuación. En un tiempo y un entorno crítico que trata de genios a Gus Van Sant o Michael Gondry (por no hablar de otros cineastas actuales representantes del más estreñido academicismo de lo moderno), Two lovers puede pasar por sentimental y convencional. Lo primero lo es, de un modo deliberado, intenso y austero, pero casi nunca incurre en la convención, salvados esos momentos iniciales que se han apuntado. Predominan la delicadeza del trazo, la justa medida del factor costumbrista (las fiestas y ceremonias judaicas), el buen uso dramático de algo tan trillado, tan chillón, como es el teléfono móvil y su parafernalia mensajera.

La media hora final es extraordinariamente conmovedora. El tormento dostoievskiano que aflora aquí y allá en la película parece dejar paso a un happy ending impropio del alma rusa, y el espectador de corazón, para quien la felicidad de estos individuos tan atractivos y tan desdichados está merecida, se siente, por el lado racional, decepcionado, y por el de la ingenua justicia poética que todos llevamos dentro, satisfecho. No cuento lo que pasa en esos treinta últimos minutos, tan sólo lo describo. Leonard tiene una escena de escalera con su madre en la que Isabella Rossellini demuestra que la densidad y el misterio que puso de relieve en Terciopelo azul no sólo se debían a la mirada de David Lynch. Luego, en la espera del patio de la vivienda, aparece la silueta de Michelle como la de una Némesis o Matrix trágica, contrastando, en los planos de cierre, con el universo de Sandra: su guante hortera mojado en la orilla, el reencuentro en la casa, la festividad, el abrazo del desenlace. Un abrazo que podría ser el apogeo de una concesión del director y de una traición a sí mismo del personaje de Leonard. En absoluto. Las buenas películas se ruedan con ideas, y la idea de Gray de que Leonard abrace a la chica de espaldas a la cámara, sin que le veamos el rostro, lo dice todo, con reveladora elocuencia, sobre la dimensión de su renuncia. ~


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