Berrio vuelve

Crónica de la presentación en Madrid de 'Absolución', el libro que reúne las letras de Rafael Berrio, que fue una despedida y abre el camino de los varios homenajes que hay en marcha.
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Había llovido todo el día en Madrid, no sé si como preludio de lo que estaba a punto de suceder. A las 20, en el cine Doré, se presentaba Absolución, el libro con las canciones de Rafael Berrio (San Sebastián, 1963 – 2020). Está editado en La Veleta, sello que dirige Andrés Trapiello, y en la selección y ordenación de las canciones ha colaborado Jonás Trueba, que fue quien la noche del jueves actuó de maestro de ceremonias y de organizador del acto. Berrio llamó a Trueba en enero de 2020 para pedirle que fuera su cómplice en esa “última coquetería”.

Llovía y había aforo reducido y la sala estaba todo lo llena que permiten las normas de sanidad. Se escuchó “Casa aislada” en la voz de Berrio, probablemente, una maqueta de lo que habría sido la canción. La voz de Berrio y su fraseo inconfundible le restaron solemnidad a la letra y al acto, que fue contenido y emocionante. Gema Amiama, pareja de Berrio, contó que siempre que iban a algún pueblo, Berrio buscaba casas y todas le gustaban. Ella le preguntaba si se veía de verdad ahí. Y él respondía: las mujeres siempre tan pragmáticas. Dice Gema Amiama que esa casa que buscaba podría ser una imagen infantil de cuando veraneaba en La Rioja en una casa familiar. “Supongo que era una especie de Arcadia”, dice Amiama por whatsapp, “pero son elucubraciones mías”. La presentación tuvo varios momentos mágicos: las actuaciones musicales, escuchar a Berrio como si no hubiera muerto en los audios que dejó o verlo en un estudio aparecer y desaparecer, también en el vals fantasmal que cerró el acto al son de “Insulsa” (“Tan insulsa fue mi vida que jamás vestí un frac / Imagínese: jamás vestir un frac”). “Qué filfa de existir”, canta Berrio en el vídeo, y yo me acuerdo irremediablemente de “La valse à mille temps” de Jacques Brel. Gema Amiama reconstruyó la conversación telefónica en la que Trueba y Berrio daban el último repaso al libro: entre debates ortotipográficos se colaba la biografía de Berrio a través de las canciones: “Esa más vieja esta canción, es más antigua, tiene qué sé, ¿veinte años? Gema no la conoce. Qué coño, más de veinte años, de cuando yo vivía en Hendaya, Francia. Nunca le puse música, pero aparte no hubiera podido ponerle porque no tiene estribillo ni nada”.

Actores y amigos, todos admiradores de Berrio, que quizá no fueran los de la canción pero se identificaron pronto con esos “borrachos distinguidos”, subieron a leer canciones de Berrio: “Saturno”, “El amor es una cosa rara”, “Como Cortés”, “El animal que has sido”, “Este álbum”, “Somos siempre principiantes” sonaron desnudas, despojadas de melodía y acordes.

Llegó después el turno de la música: versionaron a Berrio Óscar Gómez Urrea, Jairo Martín, Miren Iza, Abel Hernández y Christina Rosenvinge. “Al viento”, “No pienso bajar más al centro”, “Dadme la vida que amo”, “Simulacro” y “El mundo pende de un hilo”, sonaron nuevas y reconocibles a la vez; cálidas, divertidas, emocionantes, delicadas y familiares.

A la salida, Jonás Trueba se acordó de los conciertos de Berrio en Madrid de los últimos diez años, de que solíamos ser los mismos, ese “público minoritario y distinguido” que seguía a Berrio con admiración y entrega y cuya muerte dejó huérfanos. Para nosotros, sobrevivientes del donostiarra, esa noche tuvo algo de magia, de ceremonia de despedida del amigo, y de vuelta a la vida de Berrio.