La situación es grave, pero no seria, dicen que decía el escritor, guionista e ídolo de Rafael Azcona Ennio Flaiano. Así, el ataque de Estados Unidos e Israel al espantoso régimen iraní puede producir caos en toda la región y consecuencias en todo el mundo, por no hablar de la estremecedora disputa entre Vito Quiles y Sarah Santaolalla. Y, por si fuera poco, La Oficina Española de Patentes y Marcas ha estimado la petición de nulidad solicitada por Italia al considerar que el nombre La Mafia se sienta a la mesa es “contrario al orden público y las buenas costumbres”. (En 2018 el Tribunal General de la Unión Europea ya se pronunció contra la empresa.) La cadena aragonesa de restaurantes ha anunciado que reclamará, pero ya está barajando nuevos nombres: mi preferido es Buscando camorra, que además permitiría mantener la temática y buena parte de la carta.
El escritor José Antonio Montano sugirió De pintxos con ETA, pero Pintxos morunos sería más atractivo para los partidarios de la teoría de la conspiración del 11-M. La Mafia se sienta a la mesa debe su nombre a un libro de recetas homónimo: esperemos que los autores no se vayan de rositas, si es que eso se puede decir, aunque ya se sabe que lo que caracteriza a la palabra es la ausencia de toda rosita. Esperemos que no se detenga aquí esta valiente ofensiva literalista. Hay que actuar sobre los establecimientos que se llaman Pasta Nostra, porque aunque disimulen es obvio que aluden a la Cosa Nostra.
Otras veces encontramos un espíritu todavía más retorcido. Por ejemplo, tenemos el caso del Audio Goya. Es de una brutalidad que impresiona hasta en Aragón que se dé el nombre de una tienda de música al sordo más famoso de la historia de la pintura. Que fuera precisamente Goya es una prueba irrefutable: escogían a un sordo local para que resultase más hiriente; Beethoven, por poner un ejemplo, no habría tenido el mismo efecto.
Pero hay muchos más sitios que deben cambiar de nombre. En Madrid una casa de comidas se llama El comunista, y qué falta de sensibilidad para los millones de víctimas del comunismo. En Zaragoza está la librería La Montonera, en Barcelona la Sala KGB, en Madrid el bar 1917. Una amiga mía fue a comprar discos este sábado en La metralleta, y anda que no tienen malas connotaciones Traficantes de sueños y la Sala X, que ahora es Musk además de porno. La ensaladilla rusa traumatiza a cualquier ucraniano, y a ciudadanos de decenas de países les puede traer malos recuerdos la mención a la tortilla francesa: no digamos el café americano. (La tienda canadiense traumatiza sobre todo a quienes no saben montarla.)
¿Y qué decir de todos esos bares que se llaman El Pirata o a los que juegan con referencias al canibalismo? ¿La piratería y el canibalismo no son “contrarios al orden público y a las buenas costumbres”? El nombre de La Bastilla no tiene un pase, porque fue una prisión y su toma derivó en el terror, y el del Club Financiero resulta intolerable. A fin de cuentas, todos recordamos la observación de Bertolt Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”.